Los dones de la naturaleza y el tamaño de los países y aún el capital acumulado, dejaron de ser lo más importante para el bienestar de la gente.
Importa para la economía, el valor humano: conocimiento capacidad, modo sabio de producir y de tratarse. El saber y el talento (sustancia muy rara) dan la medida del desarrollo.
No es un hecho casual que los entusiastas del materialismo histórico que todo emparejan para luchar (que confunden economía con enconomía), hayan quedado en la peor ruina, que es la ruina de la mente. Se cosificaron y después se supo, que el origen del valor no estaba en las cosas; al revés: estaba en la renovación de las cosas, en su cambio perpetuo para mejor. Los países que evolucionan venden genialidad, tienen minas de sabiduría, universidades, respeto intelectual, patentes, comprobaciones; están en la punta de los procedimientos.
Allí, cualquier muchacho inteligente puede tomarse un ascensor social y salir del pozo; puede "hacerse". Este fenómeno, el más admirable en el rubro igualdad, se llama "rompimiento general de las rutinas" y es el delicioso cabito de anarquía que sigue a nuestro alcance: llegar a pensar lo que nadie pensó nunca.
En la Universidad querida no hay autoridades, hay autores; lo que importa es lo que pueden llegar a ser los estudiantes; no el cogobierno.