El Uruguay está soportando y aguantando a pie firme un desaforado ataque desde la República Argentina con motivo de la construcción de las plantas papeleras en Fray Bentos. El ataque es de lo más hipócrita que se puede concebir. Se busca encubrir rivalidades comerciales bajo el manto políticamente correcto de la defensa de la ecología y se trata de disfrazar una acción oficial del gobierno argentino bajo simulación de espontaneidad popular.
Pero el Uruguay se viene defendiendo bien. Da gusto. Lo primero que debe notarse (y valorarse) es que, efectivamente, es el Uruguay quien se defiende. Están en la misma línea el gobierno y la oposición: el Frente Amplio, el Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente. Todo el mundo, codo con codo. Esta unidad es muy importante: es lo más importante que ha sucedido en esta tierra en los últimos tiempos. La ciudadanía se está dando cuenta, con íntima y postergada satisfacción, de las posibilidades prácticas de empeño mancomunado entre todas las fuerzas políticas del país. El fantasma de los dos Uruguay, al que me he referido tantas veces con obsesión, ha desaparecido de esta escena.
Sin desmedro de lo anterior, el episodio resulta importantísimo para otra cosa. Es público y notorio el empuje que ha cobrado en nuestro medio la noción o el concepto de afinidad ideológica tendido sobre la región y sobre los presidentes que recientemente han accedido al gobierno en ella. Es directamente asombroso el injustificado impulso que ha cobrado la tontería —repetida por algunos periodistas y creída a pies juntillas por varios dirigentes políticos oficialistas— sobre la convergencia o coincidencia ideológica que se daría entre los gobiernos de Kirchner, Lula, Chávez y Vázquez. Vea Ud. lector, en los hechos, dónde está la tal afinidad. ¡Cuánta teorización sabihonda y de espaldas a la realidad circula en nuestro medio!
El gobierno de Kirchner no tiene ninguna ideología con la que se pueda coincidir: funciona en base a la prepotencia de hecho, enmascarada en discurso bonito (lo mismo que el gobierno de Chávez, la otra punta de lo que Gargano, con la visión que lo caracteriza, definió como el arco virtuoso de América).
El gobierno del Dr. Vázquez, por otros motivos y circunstancias, tampoco tiene una ideología con la que se pueda coincidir porque cobija una pluralidad de sectores con visiones notoriamente distintas. Esa es la realidad uruguaya que nadie puede negar; así es el gobierno que el país se dio (y es una suerte que así sea).
La ideología que sí tiene el Uruguay en su conjunto, como país, la que ha tenido antes con otros gobiernos y sigue teniendo ahora, la que lo aproxima a unas naciones y lo aleja de otras, la que nos distingue y nos enaltece, es la que inspira un funcionamiento institucional sujeto a la ley y obliga al cumplimiento fiel de los compromisos. En el Uruguay los particulares están subordinados a la ley y los gobernantes también. Aquí no se gobierna a los pechazos y los Presidentes no son monarcas (en el sentido etimológico del término). Es por eso que toda nuestra gente, con la espontaneidad que se está viendo, se ha unido en el rechazo a la postura argentina. Con ese estilo K no tenemos coincidencia, ni ideológica ni de ninguna clase.
El Uruguay, en cuanto país, se siente hermanado y se identifica con los países y los gobiernos que practican lo que los anglosajones llaman "the rule of law". La única coincidencia ideológica a la que el Uruguay debe estar atento es aquella que deriva de la valoración superior del derecho. Las demás coincidencias son jarabe de pico: puro blablá (como está quedando de manifiesto en los días que corren).