Joseph Brodsky madrugó para todo. Joven sintió el llamado de la vocación. Ganó el Premio Nobel de literatura a los 47 años. Murió a los 55. Quiero recordarlo a diez años de su muerte, no sólo porque es una de las grandes voces de la poesía del siglo XX, sino porque se trata de uno de mis escritores preferidos.
Nacido en 1940 en Leningrado (hoy San Petersburgo); a los 15 años abandonó los estudios para escribir sus primeros versos. En 1964 fue sometido a juicio por el Estado tutelar soviético. ¿Razones? Una: "parasitismo social".
Cuando los jueces le preguntaron quién le había otorgado el título de poeta, se atrevió a decir que la poesía es "un don de Dios". Naturalmente, fue condenado a la cárcel, a trabajos forzados, por cinco años.
Dice un pasaje del acta condenatoria (del 18 de febrero de 1964): "En 1961 y 1962, los órganos del MGB (la KGB de la época) le habían advertido. El prometió tomar un empleo regular, pero no cumplió lo acordado y continuó escribiendo y leyendo poesías decadentes. De los informes resultantes de comisiones de trabajo de los jóvenes podemos deducir que Brodsky no era poeta".
Gracias a la presión ejercida por algunos intelectuales fue liberado antes de que cumpliera la totalidad de la condena. Las obras de Joseph Brodsky, que circulaban clandestinamente, retrataban al régimen al hablar de la realidad soviética. En sus poemas habló de hombres que sabiéndose mortales se dejaron llevar por la ilusión de la existencia de un lazo de unión con la vida eterna.
Como consecuencia de estas palabras y el miedo que ellas inspiraban, fue expulsado por el gobierno de la ex Unión Soviética, en 1972.
Abandonó su patria. Vivió un tiempo en Viena, en Londres, y en 1974 llegó a los Estados Unidos, donde dio clases de literatura en universidades. Hacia 1977 adoptó la ciudadanía estadounidense.
Escribió en inglés y tradujo sus propias obras del ruso. Entre ellas, las espléndidas "Menos que uno", las deliciosas estampas venecianas de "Marca de agua" y su testamento literario, los ensayos de "Del dolor y la razón", entre las más conocidas.
Considerado "un escritor majestuoso", por el "New Yorker", ganó el Premio Nacional. Fue miembro de la Academia y del Instituto de Artes y Letras de los Estados Unidos, y en 1987 ganó el Nobel de literatura.
Al recibir este premio su discurso alcanzó momentos de luminosidad. Rindió homenaje a sus poetas queridos (Mandelstam, Marina Tsvetaeva, Anna Akhmatova y Auden) y señaló que "la estética es la madre de la ética".
Y dijo, también: "Aquella generación -la generación que nació precisamente cuando los crematorios de Auschwitz estaban trabajando a todo tren, cuando Stalin estaba en el apogeo de su deiforme, absoluto poder, que parecía patrocinado por la Madre Naturaleza- aquella generación vino al mundo, apareció para continuar lo que, teóricamente, se suponía debía interrumpirse en aquellos crematorios y en las fosas comunes anónimas del archipiélago de Stalin. El hecho de que no todo fue interrumpido, por lo menos no en Rusia, puede acreditarse en gran medida a mi generación, y no estoy menos orgulloso de pertenecer a ella de lo que me siento por estar parado aquí, hoy".
Nos acompañan sus magníficos libros sobre la libertad, la risa, la pena, lo bello, el sueño, la esperanza y "la necesidad del regocijo".
RUBEN LOZA AGUERREBERE
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Fallecido hace diez años, condenado por "parasitismo social" en la ex URSS y expulsado del país, ganó el Nobel literario.
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