RIcardo Reilly Salaverri
Por estos días un uruguayo, candidato a presidente de la República ha visitado Brasil con el propósito de agregar gráficamente a su imagen la del primer mandatario norteño, popularmente conocido como "Lula".
El tropel de disparates que este compatriota ha dicho y la oscuridad de sus propósitos es tan grande que una consideración seria de las cosas que manifiesta, resulta tarea harto difícil.
Su admiración por la forma de vida de una primitiva tribu africana, que tiene la virtud de practicar la indolencia y dedicar poco tiempo al trabajo; el levantamiento del secreto bancario; su admiración por el boliviano Evo Morales y sus andanzas de la mano del matrimonio Kirchner o del venezolano Chávez. Predicar sin mayor convicción políticas económicas, como no sea para otra cosa que poner contenta a la derecha; el decir que "así como te digo una cosa te digo la otra"; y la falta más absoluta de experiencia de hacer cosas o de formación intelectual para asumir una responsabilidad de gobierno, conforman en definitiva, una constatación indeseable de la decadencia a que va llegando nuestro país. Que ha sabido ser otra cosa.
En la cumbre de la incertidumbre, y sin que se le conozcan mayores inquietudes por conocer lo que es la Constitución de la República y el estado de derecho vigentes, su pasado ciertamente que lo condena.
El personaje en cuestión de a ratos dice que de ser electo, va a convocar a un asamblea constituyente para reformar la carta magna que nos fija reglas de convivencia a todos los orientales, y de a ratos lo niega.
Anuncia en horas de rapto reformista, que va a tocar cosas tan pequeñas como los derechos fundamentales, incluido el de propiedad y la forma de integración del Parlamento nacional.
Como hay pocas cosas para arreglar en la nación, según sus dichos en el primer año de gobierno llamaría a una reunión constituyente, con lo cual superada la carrera de obstáculos de las elecciones nacionales en curso, habría que hacer otra elección para dicho propósito, con lo cual la clarinada inmediata y dilatada al caos está totalmente asegurada.
Brasil es un continente. Hay muchos Brasil. Una cosa son los estados del sur, otra lo es San Pablo o Rio de Janeiro y otra sus lugares del nordeste y realidades amazónicas, sin ingresar en más detalles.
Alguna vez lo hemos dicho: nuestro vecino norteño tiene una elite empresarial poderosa y eficiente, una cancillería -Itamaraty- de celebridad universal y una columna vertebral que son sus fuerzas armadas, a las que pese a su intervención contra las guerrillas marxistas, no se les ha sometido a revanchismo alguno por más que hayan cambiado los gobiernos electos democráticamente.
A diferencia de lo anterior el gobierno frenteamplista que sobrellevamos en el Uruguay, ha atacado a todo el empresariado privado, ha patrocinado una dirigencia sindical dogmática que pregona la lucha de clases, no tiene política exterior y ha desplegado una actitud de disolución de nuestras fuerzas armadas.
Consecuente con lo que viene de expresarse la publicitada visita del candidato vernáculo a que aludimos, disfrazado de acuerdo a lo que es su trayectoria y presencia tradicional con un terno hecho a medida, de tela italiana, cabe concluir que no se parece al presidente del Brasil en nada como no sea el publicitado traje de reciente corte y fugaz uso.
Pertenece a una fuerza política arraigada a contramano de la Historia.