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Bovarismo crónico

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Es en ese preciso momento, cuando la ola rompe, que ella salta, salpica y sonríe. El viento tiene que estar soplando de frente para que el pelo vuele y no le tape la cara, y su sonrisa y pose tienen que quedar perfectas, para que no se vea ninguna imperfección y su cara demuestre felicidad absoluta. Ese es el momento del clic. Así se pasaron no menos de media hora dos amigas en la playa, en la que una le sacaba fotos a la otra, y viceversa, seguramente para sus cuentas de Instagram. Terminada la sesión, las sonrisas y la euforia se apagaron, se sentaron en sus sillas a mirar sus teléfonos por horas, en una escena monótona y aburrida. La asimetría entre la pretendida imagen y la realidad resultó llamativa. Aunque, desde hace un buen tiempo ya, es cada vez más frecuente verla por ahí. La reacción más fácil es echarles la culpa a las redes sociales, pero este síndrome tiene más años de lo que podemos imaginar.

El “bovarismo” toma su nombre de Madame Bovary, la novela de Gustave Flaubert, un clásico de la literatura francesa de 1857. La novela narra la historia de Emma, cuya vida no colma sus expectativas, por lo que tiene la tendencia a negar la realidad y escapar de esta fantaseando. El origen de esas altas expectativas, y por ende, de su frutración, son las novelas románticas que leía de joven, gracias a las cuales desarrolló una idea ficticia e idealizada del amor.

En la vida adulta, al no parecerse su vida a las novelas, Emma se aleja cada vez más de la realidad, al punto de no ser capaz de distinguir fantasía de realidad. Así que vive en un mundo paralelo, de fantasía.

En 1892, el filósofo francés Jules de Gaultier acuñó el término “bovarismo”, haciendo referencia a un estado de insatisfacción crónica, por el que se niega o se rechaza la realidad, idealizando la vida. En psicoanálisis este síndrome comenzó a ser estudiado por 1940, haciendo referencia a esa insatisfacción y frustración por aspiraciones desproporcionadas y obsesivas que no se ajustan a la realidad.

Así que no hay nada nuevo en esa escena de la playa. Pero es verdad que las redes sociales lo han potenciado, porque es ahí donde las personas tienden a crear un relato virtual de perfección y felicidad permanente bastante irreal.

A su vez, quienes miran esas publicaciones idealizan la vida de los demás, creando falsas expectativas de lo que debería ser la suya, generando un efecto contagio.

Pero seamos realistas, que levante la mano a quién no le gusta presentarse públicamente como la mejor versión de sí mismo; o quién no se imagina, al menos por un rato, con una vida un poco diferente, con esto o aquello mejorado. Todos somos un poco Madame Bovary y todos somos un poco esas chicas de la playa. Desde la Francia rural del siglo XIX al día de hoy, todos caemos en esa trampa, en mayor o menor grado. No cuesta nada reconocer en Emma a cualquier persona de nuestro tiempo, oscilando entre un aspiracional social (determinado aspecto físico, cierto estándar de vida o sensación de éxito) y la realidad. El tema es cómo no caer en el bovarismo crónico.

Se requiere de mucho autoconocimiento, pies en la tierra y fortaleza interior. Pero, sobre todas las cosas, pensamiento crítico para distinguir los relatos con los que vale la pena soñar de los que no.

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