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¡Basta de Marset!

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Suficiente de nuestro “narco top”. Solo vamos a decir una cosa: la entrevista era más que pertinente, y Patricia Martín es una de las mejores periodistas de nuestro ambiente. Al que se crea con derecho a cuestionar cómo fue la nota, que la consiga él, y listo.

En realidad, hoy, sobre lo que habría que escribir es sobre la muerte de Henry Kissinger a sus 100 años. Más allá de posturas políticas fue la figura que moldeó el mundo actual. Y su libro, “Orden Mundial”, donde analiza el “orden westfaliano”, y sus consecuencias, debería ser lectura obligatoria. De hecho, si se leyera más, no se escucharía el 99% de las estupideces que oímos hoy sobre la creación de Israel, por decir algo.

Pero eso sería muy pretencioso para esta modesta columna.

Lo que nos estimuló a acudir al teclado fue el evento del Centro de Estudios para el Desarrollo, donde el presidente Lacalle Pou disertó para un grupo de empresarios y figuras políticas.

Lo más rico de esos eventos, y no es por minimizar el picante discurso presidencial, es conversar con gente interesante. Y allí surgió una charla con dos personas que calzan muy bien en esa definición, el abogado Nicolás Herrera, y la economista, docente y empresaria Isabelle Chaquiriand. Sobre todo porque ambos defendían un tema sobre el que venimos teniendo mirada crítica, eso que hoy se denomina el “propósito social” de las empresas.

Si sigue las interesantes columnas de Chaquiriand en este diario sabrá de qué hablamos. Una demanda para que las empresas cumplan un rol más allá de simplemente ganar dinero.

Algo parecido decía una experta en marketing argentina hace unos meses, en otro evento al cual asistimos como parte de las obligaciones menos gratas de este trabajo. Allí la señorita, con una pasión contagiosa, planteaba dos cosas: que las empresas tenían que tener una postura firme en temas sociales. Y que las nuevas generaciones, dominadas por un idealismo que vino a cambiar el mundo, basaban sus decisiones de consumo en esos aspectos.

Escuchando a la experta, el cínico “detector de humo” generado en tres décadas de periodismo, casi nos explota. Más que nada, porque se da de trompa con nuestra experiencia personal.

Empezando por lo segundo, es irritante ese fogoneo marketinero sobre que hay una nueva generación, ya no sé si son los millennials, los centennials, o cuáles, que tienen valores morales superiores.

Mire... agotado de ver gente, conspicuos integrantes de estas camadas juveniles que dejan su trabajo en la redacción de un diario, donde tenemos el potencial de ser los interpelantes del poder (que lo hagamos es otra cosa), para irse a trabajar a empresas donde muchas veces se hace justamente de escudo de esos poderes. Y ni siquiera por más plata, sino por alguna hora libre más.

Comparar eso con generaciones que bancaron la salida de la dictadura, los 60, guerras mundiales, porque comen palta orgánica, o eligen jabón porque en el aviso aparece una joven aceptando feliz sus kilos de más, parece... bueno, usted me entiende.

Pero, además, hay ejemplos recientes de lo poco confiable que es cuando una empresa se “pega” a ciertos temas.

Hace unos meses la cerveza Bud Light, decidió dar un giro radical a su estrategia comercial en EE.UU. Bud es considerada allá la cerveza del pueblo, la preferida de obreros, “rednecks” y estudiantes con tantas ganas de fiesta como poca plata en el bolsillo. Una gerenta “woke”, recién salida de una universidad Ivy League, decidió que había que dar un giro. Y contrató para ser cara de la cerveza a Dylan Mulvaney, una activista trans, que había logrado cierto impacto en el mundo Tik Tok, contando paso a paso su transición a mujer. Incluso fue recibida por Joe Biden, y subió chispeantes videos con su Bud Light en la Casa Blanca. Como era previsible para cualquiera que no viva en una burbuja, eso no cayó bien en la base de clientes de la cerveza. Furia que representó como nadie el cantante Kid Rock, destruyendo una caja de Bud Light con un AR 15, arma preferida en 4 de cada 5 tiroteos escolares. El boicot lanzado por grupos conservadores costó a la empresa casi 400 millones de dólares, y bajó por primera vez en décadas a Bud del tope de las cervezas más vendidas. ¿La consecuencia? Tanto la experta en marketing como la señorita influencer recibieron un delicado y socialmente consciente puntapié en las posaderas.

Si le confesamos, para nuestra ya claramente avejentada forma de ver el mundo, era bastante obvio que a los accionistas de una empresa lo que importa son los dividendos. Y que todo lo demás, necesariamente encarna dosis de hipocresía que por algún lado siempre decantan. Pero hay que estar abiertos a estar equivocados. Otra charla prometida con Nicolás e Isabelle, nos debería ayudar a abrirnos los horizontes. Ojalá no haya que esperar hasta la próxima cena del CED.

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