Antonio Mercader
Antonio Mercader

Un sindicato que amparó ladrones

Conaprole es una de las instituciones emblemáticas del país, la más premiada por el monto anual de sus exportaciones y una de las más queridas -si no la más- por los uruguayos. Es la cooperativa de los productores de leche integrada por 2.000 tamberos y 2.000 trabajadores (incluidos los zafrales) que ganan sueldos superiores al promedio de lo que se paga en la actividad privada.

Suena idílico ¿no es así? Empero, desde hace tiempo tiene problemas por culpa de su sindicato que busca cogobernar la cooperativa y nada le resulta suficiente. Un sindicato cuyos paros afectan al consumidor, perjudican a los productores y minan la continuidad de las ventas al exterior. A tanto llega la crisis que algunos tamberos hablan de liquidar Conaprole.

Si los conflictos gremiales mellan a la cooperativa no es porque sus empleados estén mal. Aparte de buenos sueldos cobran aguinaldo y medio, reciben cuatro litros diarios de leche, tienen un fondo de retiro que les da una prima al jubilarse y otros muchos beneficios. Haciendo un balance los empleados -créase o no- ganan más que lo que reciben la mitad de los tamberos, o sea los dueños de la cooperativa. Pese a ello, siguen reclamando.

Así, Conaprole es un símbolo de ese país creado por el Frente Amplio en donde mandan los gremios. Hasta el gobierno cede ante su presión y acepta sus desplantes. Hace poco, a Lucía Topolansky, actuando como presidenta de la República, el gremio de AFE la dejó en la vía cuando iba a inaugurar un servicio. El ausentismo aumenta en los sectores público y privado (abundan certificados médicos truchos), se trabaja cada vez menos y el Pit-Cnt es, por decir lo menos, el cuarto poder del Estado.

Hasta Tabaré Vázquez -permisivo con los gremios desde que fue intendente capitalino y mimó a la insaciable Adeom- está harto de los abusos. Con los tamberos que lo visitaron días atrás coincidió en que los sindicatos “se han desmadrado”, según Búsqueda. Incluso recordó el caso del Frigorífico Nacional, enterrado entre otras cosas por las desmedidas exigencias sindicales. Parece que el conflicto en Conaprole le ayudó a abrir los ojos. Muy tarde.

Ya en su primera presidencia se toleró el objetivo sindical de cogestionar la cooperativa. Su gobierno dejó hacer hasta que en 2010, en el mandato de José Mujica, la sangre llegó al río. Fue cuando el directorio de Conaprole despidió a dos empleados por robar y el gremio fue a la huelga. Había pruebas de to-do tipo, incluidas filmaciones. La justicia procesó a uno y Mujica en persona convenció al directorio que retomara al segundo como forma de lograr la paz sindical.

Solo uno de los directores, su vicepresidente, Álvaro Lapido, discrepó con esa decisión y renunció. Hasta hoy sostiene que Conaprole perdió la oportunidad de ganar aquella “batalla” y pararle el carro al gremio. Fueron tres semanas de conflicto “todo por culpa de un ladrón”. En efecto, el segundo acusado también terminó procesado y condenado, pero la debilidad de la directiva quedó en evidencia y a los sindicalistas -siempre apoyados desde el ministerio de Trabajo- se les hizo el campo orégano.

Y como dice el refrán, de aquellos polvos vinieron estos lodos.

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