La semana pasada mencionamos la necesidad de pensar muy en serio en un nuevo modelo civilizatorio, si es que pretendemos hacer realidad, en nuestras sociedades, el tan reclamado paradigma de desarrollo sostenible. Será una nueva experiencia para todos, como muchas otras que nos imponen los tiempos modernos. El nuevo modelo debe ser discutido, preparado, e instrumentado entre todos los estamentos de la sociedad. Tanto el sector académico, como el gubernamental, el productivo, el de los saberes tradicionales y el social, no puede eludir sus responsabilidades en esta titánica empresa que enfrenta la humanidad. Nada de ello tendrá sentido si no modificamos nuestra percepción del entorno. La visión fragmentada de los ecosistemas, de las distintas actividades humanas que realizamos y hasta de los pueblos que integramos, es causa importante de muchos de nuestros problemas. Pero, al mismo tiempo, padecemos una crisis en la elección de nuestras prioridades, tanto individuales como colectivas. Comenzamos a sospechar que muchos de los problemas sufridos por millones de personas no nos son del todo ajenos; e, incluso, cada vez nos llega más información acerca de la incidencia que podemos tener en ellos, mediante nuestro estilo de vida y pautas de consumo. ¿Es posible cambiar en planos tan profundos? Acotemos nuestro radio de acción. Las estrategias y acciones regionales a "consensuar" resultan fundamentales, porque así lo impone la dinámica ecosistémica que rige los ciclos de vida. Será impensable un siglo XXI próspero, por ejemplo, si fracasamos en el uso sostenible de los recursos hídricos, y ello se logrará solamente poniendo en práctica la gestión integrada de las cuencas hidrológicas y de los acuíferos.
Los artificios impuestos por las fronteras políticas solamente dividen los territorios en la mente humana. Por lo tanto, los cambios más importantes deben ocurrir en la cabeza de la gente. Entonces, la educación, la comunicación y la divulgación serán los vehículos principales para la promoción del cambio civilizatorio. Aunque no sepamos muy bien los qué, los cómo, los quiénes o los cuándo, será a través de una novedosa estrategia educativa de enfoque regional y de valoración local que avanzaremos con pasos firmes. Esperemos lograr muchos éxitos en la aplicación del Programa Latinoamericano y Caribeño de Educación Ambiental para el Desarrollo Sostenible, a ponerse en práctica dentro del marco de la Red de Formación Ambiental del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente que funciona en la región.
Sus principales objetivos procuran tanto establecer una fructífera alianza entre educadores como generar mecanismos de coordinación entre instituciones, redes y organismos dedicados a la educación ambiental. ¿Para qué? Para: 1) Promover un mayor intercambio de información y experiencias en la región. 2) Articular procesos en marcha. 3) Fomentar nuevos proyectos educativos. 4) Capacitar educadores y comunicadores. 5) Formar actores relevantes de la sociedad civil.
Dejemos de lado el pesimismo de muchos y confiemos en que estos emprendimientos no son uno de tantos que se han intentado sin mucho éxito en el campo de la educación ambiental.