Afinidades ideológicas

JUAN MARTÍN POSADAS

El término puede ser invención de algún periodista creativo pero la sustancia de la cosa tiene efectivamente raíces en una convicción generalizada dentro del Frente Amplio. En todo caso, la afirmación de que existe una afinidad ideológica entre los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay se viene repitiendo sin salvedades hace años. Está documentado.

En el caso de Argentina y Uruguay la especie tomó status de indiscutible cuando Mujica arregló, mano a mano con la Presidenta argentina, el levantamiento del bloqueo al puente de Fray Bentos. Dejando piadosamente de lado que el bloqueo, a esa altura, ya era una parodia agónica mantenida por un puñado de entrerrianos de tercera edad, la relación interpresidencial mostró otra cara al poco tiempo. Progresivamente desagradable. Pero, ya se sabe, para los dirigentes políticos ideologizados es más fácil negar la realidad que desistir de la ideología (tan ruda la primera como gentil la otra). La frase se mantuvo (y la esperanza también).

El concepto de afinidad ideológica no es, naturalmente, una ideología: es un slogan, una consigna tranquilizadora y gratificante. Se apoya en una vaga cosmovisión de izquierda light y por eso allí fue acogida a priori sin mayores reservas ni análisis. El problema es cuando se lo creen y luego se desorientan cuando no funciona. No pueden entender que Argentina nos trate como nos trata, pero no pueden despojarse de la creencia de las afinidades ideológicas, aunque ésta sea un cuento autogenerado. De ahí el desconcierto del gobierno en el decir, en el actuar y hasta en el infrecuente callar. A tal punto se habían creído el cuento que extendían el certificado de afinidad aún por sobre sonados episodios como la valija que Antonini Wilson trajo de Venezuela con los no sé cuántos miles de dólares para los Kirchner.

La Presidenta argentina pisotea la libertad de prensa, sojuzga a los jueces, se ha enriquecido en el cargo; aún así insistían en la afinidad. Con Lula pasaba algo parecido (aunque el brasileño, más diplomático, aprieta con una sonrisa). No olvidemos que Tabaré Vázquez (a quien, supongo, deberían reconocerle alguna afinidad ideológica con el Frente Amplio) armó y tenía pronto un tratado de libre comercio con Estados Unidos que él consideraba bueno para el Uruguay y una oportunidad que no había que dejar pasar. Brasil, a través de Marco Aurelio García, gran amigo de Gargano, consiguió que éste le escupiera el asado a Vázquez y se frustró un buen tratado comercial por presión de esa afinidad ideológica.

Chavez también es nombrado entre los ideológicamente afines. Mujica así lo cree y por eso se avino al atropello a Paraguay y a la violación de los tratados para meterlo en el Mercosur. Pero Chavez -que tiene el discurso que tiene- mantiene excelentes relaciones comerciales con Estados Unidos: no sólo les vende su petróleo sino que, en pleno territorio del imperio y sometidos a su ley y su jurisdicción, tiene varias refinerías y muchísimas estaciones de servicio sin consideración ideológica alguna.

Mujica se creyó el cuento de las afinidades ideológicas, en toda la cancha y contra todas las evidencias; el Frente Amplio también. Los resultados están a la vista (se ven desde Martín García) ¡Cuánto estorba y perjudica al interés nacional el sedimento ideológico-poético que habita la cabeza de nuestros gobernantes! ¡Con qué aplomo repiten sentencias que la realidad desmiente! ¿Cómo puede ser que manejen de modo tan infantil un asunto como la diplomacia que está basada en la sutileza, la astucia, la información y la reserva?

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar