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Unasur

SEGUIR Luis Alberto Lacalle Introduzca el texto aquí Nunca serán suficientes las veces en que afirmaremos que la política exterior de nuestro país debe de regirse por el principio de contemplar el mejor interés de nuestra nación. Así lo hacen los países serios, los que mantienen un rumbo principal, más allá de las adecuaciones tácticas, por encima de los cambios de gobierno y demás avatares de la democracia. Nuestra condición de puerto, pradera y frontera marcó, no solo los límites de nuestra entidad patria sino también la vigilante actitud en que se debe permanecer, atentos a las dimensiones e intereses de los dos grandes vecinos y a la experiencia histórica de su indisimulado deseo de prevalecer sobre nosotros. Así como en nuestro caso, en el del Paraguay, encerrado en su mediterraneidad; en el de Bolivia, en similar cepo ajustada. Durante años, siglos, la política pendular entre Buenos Aires y Río de Janeiro-Brasilia fue la manera de lograr espacios, con habilidad y sentido patrio, sabiendo que la independencia nacional era, es y será un bien onerosamente adquirido y conservado. A la hora del Mercosur originario, el económico y comercial, creímos que esta era la de la articulación, la de reafirmar nuestra condición de bisagra platense para beneficio propio y ajeno. Hoy sabemos que este proyecto yace sepultado por el carácter de "político" que se le dio en el período neocastrista del Comandante Chávez Frías y sus clientes y socios. En 2008 nació la Unasur Otra organización más de las muchas que alegremente paren los países de nuestra región. Desde su nacimiento se trataba de una gran maniobra política del Brasil tendiente a formar a su alrededor un sistema satelital con el que podía comparecer ante el mundo tal como los Estados Unidos, el eterno espejo de Itamaraty y su permanente objeto de competencia. En ese sentido y con esa finalidad es que se entiende que se excluyera a América Central y —sobre todo— a México en el nuevo organismo. Dos debilidades raigales se advertían en el intento. La ya anotada amputación y el ligamen ideológico que unía a los pactantes principales. No es sustentable una edificación con voluntad de permanencia cuando se la basa en circunstanciales coincidencias de pasajeros regímenes gubernativos en materia de filosofías políticas parecidas. No es así ni puede serlo. Pensemos por un instante en que nuestras relaciones con la Argentina o el Brasil se basaran en ese tipo de parecidos. ¿Serían viables los vínculos? ¿Podría variar nuestra política exterior según sean Lula o Fernando Henrique, Macri o Kirchner los titulares de los respectivos gobiernos? ¡Por supuesto que no! Lo que importa como permanente es la navegación del Plata, las relaciones de los puertos, la facilidad del tránsito fronterizo, el ingreso de las mercaderías a los países vecinos. Estos son temas independientes de los gobiernos de allí... o de aquí. Es en función de ellos que nos debemos relacionar. El tema de peronismo o no, es de los argentinos; el de Lula o los otros, de los brasileños. De la misma manera no admitir que, al amparo de mal entendidos internacionalismos o solidaridades, se entrometan en nuestras campañas políticas los de afuera que son, por ley, de palo. Para comprender estos acontecimientos hay que mirar más las manos del tallador que el naipe. La creación del Foro de San Pablo es uno de los tientos de la trenza, al decir de Sergio Abreu. Nace al impulso brasileño de Lula y marida enseguida con el neocastrismo de Chávez, vicario del moribundo Fidel. ¿Cómo Venezuela cede ante Brasil? No está del todo claro pero lo cierto es que la caja de dólares del Comandante, las obras públicas gigantescas de Odebrecht y demás, la cuenca petrolera del Orinoco, tuvieron mucho que ver. El rosario de regímenes amigos se alargaba: Ecuador, Bolivia, Argentina, Paraguay, Uruguay. Los nuevos héroes eran el militar populista y el metalúrgico gobernante. Sin el estorbo de México y con una Argentina dispuesta a ceder al Brasil la posición de preeminencia atada como estaba a la economía de San Pablo y la Fiesp, se estructuró la nueva entidad. Foro de San Pablo y Unasur deben de entenderse como complementarios. La OEA fue creada como instrumento de acción política hemisférica funcional al Departamento de Estado de los EE.UU. en el tiempo de los desembarcos e intervenciones; de los "marines" a los que tanto nos opusimos. El ingreso de Canadá a la Organización y la paulatina democratización real del continente, cambiaron las circunstancias de su funcionamiento. Allí, en el edificio de la Unión Panamericana, se reúnen todos los países, allí se tiene a tiro a un representante de los Estados Unidos. ¿Por qué no usar plenamente este foro? ¿Por qué no enfrentar, denunciar, atacar, allí? Parecería que un temor reverencial lleva a irse a otro lado, cobijarse en otra carpa para, desde allí sí, criticar. No se debe lamentar el fin de la Unasur, sí el tiempo y el dinero malgastados. Sí se debe ganar en experiencia antes de entrar en similares caminos que no sirven a los intereses esenciales de nuestro país.
EDITORIAL La suerte del TLC con Chile depende del Plenario del FA, un órgano de nula representación democrática donde tienen un peso exorbitante los comités de base vacíos de personas y donde no se respeta el voto del ciudadano frenteamplista en las urnas. La mesa política del Frente Amplio decidió este fin de semana que el tratado de libre comercio con Chile que duerme la siesta de los justos en el Parlamento sea puesto a consideración del próximo plenario de la coalición. Esta noticia no es un buen augurio para la apertura comercial de nuestro país, a juzgar por el antecedente del TISA que fue liquidado incluso antes de entrar a negociarse por meros prejuicios ideológicos. La aprobación del TLC con Chile en la Cámara de Diputados del Parlamento trasandino y su pasaje al Senado pone ahora el foco de atención sobre nuestro país, que debería resolver si ratifica lo actuado por el presidente de la República y su canciller o si los deja pegados y antepone sus prejuicios al interés del país. El presidente Vázquez y el canciller Nin Novoa han intentado en este tercer gobierno del Frente impulsar acuerdos comerciales que abran posibilidades de crecimiento económico sustentable para nuestro país. Sin embargo, hoy ha quedado en evidencia que estos esfuerzos han quedado en la nada ya que no se ha concretado un solo acuerdo comercial. La oposición de la mayoría radical del Frente Amplio a todo lo que aporte a la inserción internacional del país es una de las principales razones, pero también la falta de coraje del Poder Ejecutivo para avanzar con el apoyo que existe de las grandes mayorías sociales que todas las encuestas marcan es ampliamente favorable a los acuerdos comerciales y con el apoyo explícito de la oposición, que podrían y deberían haber sido factores determinantes. Hace ya un buen tiempo el senador Luis Lacalle Pou le comunicó al gobierno que contaba con los votos del Partido Nacional para aprobar el tratado y ciertamente también cuenta con los votos de los restantes partidos de la oposición, por lo que la negativa a avanzar se debe a una decisión política que procura no generar problemas a la interna del partido de gobierno cuando notoriamente no existe una imposibilidad real. Es claro que más allá de las intenciones aperturistas del presidente y su canciller han sido grandes equilibristas en las relaciones internacionales. Han evitado las condenas explícitas al régimen criminal de Maduro, han tenido gestos de genuflexión con los países del llamado "socialismo del siglo XXI", y la frutilla de la torta más recientemente es que han decidido permanecer en la Unasur, un organismo que han abandonado todos los países serios y en el que hoy solo quedan Venezuela, Bolivia, Ecuador, Guyana, Surinam y Uruguay. Como el lector habrá observado, un bloque decisivo para el destino de la humanidad. La decisión sobre el TLC con Chile quedó en manos del Plenario del Frente Amplio y, lamentablemente para el país, su resolución está cantada. En un órgano de nula representación democrática donde tienen un peso exorbitante los comités de base vacíos de personas hace años y donde no se respeta el voto del ciudadano frenteamplista en beneficio de los sectores radicales, difícilmente ocurra otra cosa que una negativa rotunda al TLC con Chile. La opinión de todos los expertos en materia de inserción internacional, la abrumadora evidencia empírica y la teoría económica, en otras palabras, la opinión de la razón, va a ceder paso a ideologías vetustas, prejuicios injustificables y la necedad sin sentido, en buen romance, la irracionalidad. Este bloqueo político producto del irracional funcionamiento del principal partido y su negativa a considerar la opinión de la otra mitad del país condena al Uruguay a no poder hacer lo que han hecho todos los países que han logrado desarrollarse. Los sectores radicales del Frente Amplio que dominan a los más moderados en la infernal maquinaria interna de esa colación política, tienen como rehenes maniatados a todos los uruguayos. El resultado es predecible, incluso porque los moderados acatarán y terminarán votando en el Parlamento contra lo que saben con cabal convicción que es lo mejor para el país. La disciplina partidaria del astorismo y sus aliados votando contra lo que saben es lo mejor para el país en forma consistente, durante décadas es una de las constantes más lamentables de nuestra política vernácula. El presidente de la República tiene la palabra en esta encrucijada. Deberá resolver si se resigna a que su gobierno no tenga absolutamente ningún logro o, al menos, alcanzar uno modesto como un TLC con Chile. A juzgar por lo que ha sido hasta aquí su gobierno no podemos abrigar muchas esperanzas de que cambie y esta vez termine haciendo lo correcto.

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