A medida que el entusiasmo del primer momento por la liberación comienza a apagarse, las diferencias entre los rebeldes que tomaron el poder en Libia pueden empezar a agrandarse. Hay riesgo de que prevalezcan islamistas radicales. El futuro aparece mucho más confuso.
Después de una semana de dudas, a la luz de la fuga del coronel Muamar Gadafi, los habitantes invadieron la plaza central de la capital para celebrar toda la noche. Trípoli busca enderezarse con asombrosa rapidez. Un jerarca de la Policía local, que levantaba el puño en gesto victorioso mientras la muchedumbre gritaba "¡Dios es Grande!", dijo que todos los hombres habían retornado a sus funciones. Las tiendas de ropa abrieron durante la festividad de Eid El-Fitr, los cafés extendieron los toldos de sus terrazas en las encantadoras plazas de la ciudad y los hoteles, que colgaron con nerviosismo la bandera rebelde, ahora están orlados con ese emblema.
Pero, persisten miríadas de impedimentos para una vida normal. Las carencias de servicios públicos mantienen a la gente en sus casas. La capital no tiene agua corriente y la energía eléctrica es esporádica, dejando a la ciudad totalmente a oscuras durante la noche. El precio de las papas se multiplicó por veinte. Todavía no se pagaron los salarios.
Sin embargo, hasta los escépticos dicen que esos contratiempos son "un impuesto" que deben pagar por la transición de décadas de dictadura errática. Por sobre todo, advierten mejoras. Después de trece días, los vegetales y los pollos congelados se venden de nuevo en los mercados. En los puertos se realizan operaciones de descarga de petróleo, lo que ha permitido reabastecer de nafta -cuyo precio aumentó del equivalente a US$ 8 a US$ 200- a las estaciones de servicio, a un precio que es la cuarta parte del que rigió antes de la guerra. Los bancos reabrieron, aunque con un límite de retiro de US$ 208.
Después de décadas en que cada uno sospechaba del otro, las penurias han creado una extraña sensación de buena voluntad común. Los propietarios de viviendas con pozos han conectado canillas externas para las personas que carecen de agua. Chicos de Zanzur, un poblado situado en la periferia de Trípoli, que tiene un gran sistema de irrigación, han transportado agua para los sedientos en el centro de la ciudad, de manera gratuita.
Los estudiantes buscan pacientes en el hospital, ocupando los lugares de las enfermeras extranjeras que huyeron. Los devotos religiosos dan asistencia espiritual y material a los pobres para la celebración del Eid. Hasta en Abu Salim, el último suburbio de Trípoli que cayó en poder de los rebeldes después de una intensa lucha, los jóvenes comenzaron a barrer las calles.
Después de las oraciones del viernes, los habitantes se congregaron en las mezquitas y designaron comités de entre cinco y diez miembros, elegidos entre los lijan al-suhl, organismos tradicionales que median en las disputas. A su vez, los lijan asignaron responsabilidades para establecer y armar los puestos de control y despejar las calles de basura y escombros.
Los primeros miembros del gobierno que llegaron desde el cuartel central rebelde en Bengasi se instalaron en la oficina que ocupó el primer ministro del gobierno del coronel Gadafi. Guardias voluntarios mantuvieron a raya a los saqueadores y las nuevas autoridades reciben a los visitantes en los mismos sillones de cuero blanco y en las salas revestidas de madera lustrada y alfombras rojas.
Milicias actúan sin un control central
La nueva administración es desesperadamente insuficiente. La mayoría de los concejales, incluyendo su presidente, Mahmoud Jibril, todavía están en Bengasi, debido a preocupaciones por la seguridad, o en el exterior. El nuevo Ministro de Salud, que lucha por reabrir los hospitales, es una figura solitaria. El Subsecretario de Defensa mira televisión. El canoso Ministro del Interior pide moderación, de manera reiterada, a los jóvenes que festejan en una de las plazas de Trípoli, en medio de canciones que se mofan del coronel Gadafi. "No se tiene la sensación de que son suficientemente fuertes para resistir un desafío enorme", indica un político de Occidente que llegó a Trípoli antes que la mayoría del nuevo gobierno de Libia.
Pueden comenzar las disputas internas. Se hacen designaciones y se cambian. Nuevos cargos surgen a cada hora. Están destinadas a surgir divisiones entre los oriundos del Este y del Oeste del país, gente de las tribus y de las ciudades, civiles y milicianos. No resulta claro cuánto se mantendrá del sistema instaurado por el Coronel. Los burócratas de Trípoli, que están ansiosos por mantener sus empleos y presentarse como profesionales apolíticos, argumentan que solo estaban corrompidos los niveles más altos de los ministerios. "Si se desprenden de esas personas, se desplomará el funcionamiento del Estado", indicó un jerarca que opera el "mecanismo financiero temporario" establecido por británicos y franceses para canalizar los fondos de los donantes.
DIVERGENCIAS. Muchos funcionarios del antiguo régimen, que están nerviosos, se reúnen en torno de Jibril, quien hasta fecha reciente, era uno de ellos como jefe del Directorio Nacional de Desarrollo Económico, que supervisaba las privatizaciones. Un comité de estabilización, dirigido por Aref Nayed, un pariente designado por Jibril, preparó un informe en el que advierte contra la reiteración de los errores cometidos por Estados Unidos en Irak, cuando la destitución masiva de las personas que pertenecían al Partido Baath de Saddam Hussein y la abolición de los funcionarios de los ministerios frenó al Estado y ayudó a generar el caos. "Libia para todos, Libia con todos", proclamó Mahmoud Warfala, el nuevo jefe de la radio y la televisión, quien también ha negociado en nombre de su fuerte tribu Warfala, que es la misma de Jibril. Las personas que estuvieron en los medios de comunicación del coronel mantendrán sus empleos, indicó, con excepción de Hala Misrati, que de manera amenazante exhibió una pistola en su programa de entrevistas.
Otros no están dispuestos a perdonar. Los islamistas y muchos de los exiliados que retornan, un grupo poderosos en el Consejo nacional, se muestran menos proclives al mensaje de inclusión y reconciliación que expone Jibril. Aceptan con desconfianza que la Suprema Corte continúe administrando la ley, pero solo por ahora. Algunos de los exiliados más radicales quieren destituir a Jibril. "El público reclama sangre fresca", indicó Abdulrazaq Mukhtar, quien encabezó el primer contingente de ministros del Consejo en Trípoli. "Tenemos el derecho a objetarlo. Queremos personas capaces, pero su equipo ha dejado un gran vacío".
AL ACECHO. Los pragmáticos y los ideólogos parecen estar actuando en campos rivales en la capital. Si bien la oficina del primer ministro se ha convertido en sede el Comité Ejecutivo del Consejo, una suerte de gabinete interior provisorio liderado por Jibril, que es el Consejo nacional más amplio en sí, ocupó el antiguo palacio del rey Idris, para simbolizar la ruptura con el régimen de Gadafi. Idris fue el Rey derrocado por Gadafi hace 42 años.
En el campo secular moderado se habla de elevar a Ali Essawi, una figura prominente, aunque también controvertida en el nuevo orden, en tanto algunos islamistas respaldan a Liamine Bel Haj, un miembro del Consejo nacional que es de los Hermanos Musulmanes. "El gobierno interino no puede provenir del régimen de Gadafi", manifestó.
Los islamistas parecen tener las de ganar, ya que disfrutan del auspicio de Qatar, el pequeño y rico emirato del Golfo Pérsico que alberga a Yusuf Qaradawi, un influyente mentor de los Hermanos Musulmanes en su alcance global, y Al Jazeera, el canal de televisión satelital que moldea las percepciones a lo largo del mundo árabe. Algunos consideran que Qatar podría desempeñar el mismo papel de alimentar a los islamistas en Libia, que Pakistán tuvo en Afganistán.
Las mezquitas ya están influenciando el nuevo orden. con frecuencia para bien. Pocos días después de la victoria rebelde en Trípoli, los imanes difundieron llamados a los pistoleros para que dejaran de hacer disparos al aire. Han aprovechado las oraciones del viernes para decirle a los saqueadores que registren sus armas en oficinas locales que responden al Consejo nacional y han distribuido recordatorios para ser colocados en las columnas del alumbrado público. En muchos distritos, la mezquita es la sede del nuevo consejo local, que recibe diezmos para subsidiar sus actividades. Muchos tienen pozos y el Consejo nacional ha declarado que suministrar agua fresca es la máxima prioridad.
El nuevo comandante militar de Trípoli, Abdel Hakim Bel Haj, que en otros tiempos perteneció al Grupo Combatiente Islamista Libio, considerado un afiliado a Al Qaeda, pero renunció. Su segundo, Mehdi Herati, viajó con un grupo turco islamista fiero en la flota que intentó quebrar el sitio a Gaza, el año pasado. Ali Al Salabi, un académico de los Hermanos Musulmanes, retornó desde Qatar. Se sospecha de diversos islamistas en la muerte de Abdel Younis Fattah, el comandante rebelde que fue abatido en las afueras de Bengasi, a fines de julio, en circunstancias misteriosas.
ADVERTENCIA. Las exuberantes milicias rebeldes, que llegaron a Trípoli, ponen nerviosas a mucha gente. Sus disparos al aire en celebración y desplantes alocados llevan una advertencia implícita: si no les dan un lugar en el centro de las decisiones, utilizaran su poderío para alterar.
Nayed, un arquitecto del plan de estabilización, sostuvo que las milicias serán integradas al Ejército y Policía remodelados. En su condición de emprendedor de la tecnología de la información, propuso un audaz esquema, por el cual las personas que entreguen sus armas recibirán como recompensa una laptop, accesorios de telefonía móvil y enseñanza gratuita de idiomas.
Si la experiencia reciente en Bengasi es indicativa de lo que puede ocurrir, no resultará fácil abordar a las milicias. Hay unos 40 grupos privados de milicianos, -conocidos como katibas o brigadas- muchos de los cuales han dedicado más energía a formar organizaciones ilegales de protección que a combatir a las fuerzas de Gadafi.
Habitualmente, cada katiba proviene de un poblado, es comandada por un veterano militar local respetado o, en algunos casos, por el empresario que la financió. "Tenemos milicias y no un Ejército nacional", se queja el nuevo subsecretario de Defensa, Mohamed Taynaz. Tienen que ser domadas o integradas con rapidez.
La cifra
1,6 Millones de barriles de petróleo por día producía Libia antes de la guerra. Confían en normalizarla en un mínimo de seis meses.