JORGE ABBONDANZA
En esta época de información hipertrofiada y noticias que cruzan el mundo, no conviene creer que el público se entera de todo. De hecho, en los grandes temas de actualidad siempre queda una zona en sombras que es la que impide conocer toda la verdad. Eso ocurre porque inicialmente no hay acceso a ciertos pormenores, porque operan intereses, o porque los implicados en el caso ocultan esos detalles por razones políticas, económicas o familiares, de manera que una cuota de secreto persiste. El secreto funciona como un reverso que desmiente la amplitud de la información y aconseja ser cauteloso ante cualquier noticia, ya que el flujo posterior modificará en muchos sentidos la imagen. Episodios de índole tan dispar como el arresto de Strauss-Kahn, la enfermedad de Hugo Chávez o el casamiento de Alberto Grimaldi (cuyo denominador común es el manejo incompleto o engañoso) se asemejan a la Luna, ese cuerpo que no muestra su otra cara. La pobre mucama africana que figuraba como víctima del caso Strauss-Kahn resultó ser una mentirosa contumaz. El absceso pélvico de Chávez se reveló como un cáncer que exigirá meses de terapia. La boda en Mónaco descubrió un fondo menos idílico, con tres intentos por eludir su llegada al altar. Hay un área de disimulos y ocultación por detrás de la fachada de cada revuelo.
Lo ingrato es que junto con el diluvio creciente de información va girando la naturaleza misma de una historia y el papel que dentro de ella juegan los personajes. En el escándalo Strauss-Kahn hay nuevas víctimas y el villano ha sido desagraviado en su país. En el capítulo de la dolencia de Chávez, un público irritado por el hermetismo que cubrió esa crisis durante 18 días, puede ahora compadecer al convaleciente ante su tardía confesión. En el casorio del príncipe, el embeleso de los feligreses de la prensa del corazón ha ido agrietándose por el entretelón de las fallidas fugas de la princesa. El vientre de las noticias solo se abre poco a poco y a veces ni siquiera permite llegar al fondo de las cosas.