Aquí está el concurso de noticias de la semana. Es sólo una pregunta pero es una grande: ¿quién está a cargo de la política estadounidense en Irak?
No, en serio, hágase una prueba sencilla. Sólo mírese en el espejo y pronuncie estas palabras: "coordinador general y estratega de la política estadounidense en Irak el día de hoy", y dígame de quién es la imagen que le viene a la mente.
¿George W. Bush?, ¿Donald Rumsfeld?, ¿Porter Goss?, ¿Dick Cheney?, ¿Condi Rice?, ¿Colin Powell?, ¿el general Casey?, ¿Karl Rove?, ¿Bono?, ¿Arnold Schwarzenegger?, ¿David Stern? (El debería estar a cargo).
Confieso que cubro esta historia, y nunca me ha quedado claro quién es nuestro principal estratega en Irak; quién está realmente orquestando la inteligencia y las relaciones públicas, las operaciones políticas, diplomáticas y militares, en torno a un plan coherente que le está siendo comunicado a los iraquíes y al mundo. En efecto, nunca he entendido cómo un gobierno que quería desesperadamente una guerra y al que la historia juzgará en profundidad por ello, se las ha podido arreglar para hacerla en forma tan descuidada.
Considere un pequeño ejemplo. La semana pasada, el corresponsal para la defensa de The New York Times, Thom Shanker, escribió sobre un estudio realizado por el Defense Science Board (Consejo de Ciencia para la Defensa), que encontró que a casi dos años de iniciada la guerra en Irak, las instituciones estadounidenses encargadas de las "comunicaciones estratégicas" —respecto a qué estamos haciendo en el mundo y por qué— están cortadas. El estudio establece que "hoy, EE.UU. no cuenta con un canal de comunicación que funcione hacia el mundo musulmán y del islam".
No es broma. Estamos perdiendo la guerra de las relaciones públicas en el mundo musulmán con personas que cortan la cabeza de otros musulmanes con sierras. Sin embargo, esta es solo una dimensión de un problema mayor, que no se puede permitir que continúe.
Aquí está el por qué: anteriormente, el equipo Bush comparó la caída de la estatua de Saddam en esa plaza de Bagdad con la caída del Muro de Berlín. Incorrecto. El Muro de Berlín era una barrera totalmente artificial que no tenía ninguna conexión orgánica con la sociedad a la que reprimía. Una vez que fue removido el muro, pudieron resurgir el libre mercado, la sociedad civil y las tradiciones democráticas que ya existían en lugares como Alemania del Este, Polonia y Hungría. Todo lo que tuvimos que hacer fue hacernos a un lado.
En Irak y en Palestina, cuando Saddam y Yasser Arafat fueron derribados como muros, su desaparición no dejó atrás a sociedades civiles que anhelaban ser libres, estaban unidas y eran democráticas. Saddam y Arafat fueron productos de sus sociedades más de lo que queremos admitir, y no imposiciones artificiales.
A largo plazo, su partida constituye una gran oportunidad. Sin embargo, en el corto plazo, han dejado atrás dos ollas que están bullendo a derramarse: dos sociedades demasiado tribalizadas, llenas de problemas reprimidos, con pocas instituciones de la sociedad civil o líderes por consenso. Dejaron detrás dos grandes retos de reconstrucción. El equipo Bush ayudó a remover las tapas de estas dos ollas. Sin embargo, la primera regla en la cocina y la guerra es: "Nunca hay que retirar la tapa de una olla hirviente a menos que también se tenga una estrategia para bajar el fuego". El presidente Bush sólo contaba con una estrategia para quitar la tapa. Desde entonces, ha estado improvisando en la parte del calor.
El tiempo de la improvisación ya se acabó. Esta es la hora de la verdad. Irak se va a ganar o perder en los próximos meses. Sin embargo, no se ganará con retórica elevada. Se va a ganar en el terreno, en una guerra por la última milla.
Ganar en Irak ahora se trata de quién tiene cacumen, centro, sentido común, estrategia, habilidades de coordinación y capacidad para continuar y obtener el control en la última milla. ¿Podemos lograr unas elecciones decentes en Irak, con cierta participación sunnita, y generar un gobierno razonablemente legítimo allá, por el que peleen la policía y el ejército, o los insurgentes van a obstaculizar esto? ¿Podemos conectar la electricidad y el alcantarillado, y hacer que haya más trabajos para que sean más los iraquíes que estén investidos de paz, o los insurgentes van a obstaculizar esto? ¿Podemos finalmente armar una efectiva campaña informativa estadounidense en Irak y el mundo árabe o en lugar de eso vamos a cederle el campo a Al-Jazeera? ¿Podemos neutralizar las intromisiones iraníes y sirias en las elecciones iraquíes, o van a ser más listos que nosotros?
Las guerras se combaten por fines políticos. Los soldados sólo pueden hacer lo que hacen. Y, en toda guerra, la última milla se trata de reclamar los frutos políticos. Los malos en Irak pueden perder cada milla de cada camino, pero si ganan en la última milla —porque pueden intimidar mejor de lo que EE.UU. puede coordinar, proteger, informar, invertir y motivar—, ellos van a ganar y EE.UU. va a perder.
© The New York Times News Service