Italia no crece y Monti se queda sin tiempo

Contradicción. Es un líder popular, pero la falta de soluciones a la crisis ya lo afectan

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El tecnócrata que llegó para salvar a Italia es el político con más popularidad de la historia reciente. Pero agotado el relumbrón de sus primeras medidas, empiezan los problemas. Nadie ve en Italia el final del túnel ni signos de crecimiento.

No hay capítulo de la historia antigua o reciente de Italia que no esté envuelto en el papel de regalo de los misterios. También el reinado efímero de Mario Monti al frente del gobierno -fue colocado en el cargo en noviembre de 2011 y tendrá que dejarlo en la primavera de 2013- está salpicado de preguntas sin respuesta. La primera de ellas: ¿qué dedo, con nombres y apellidos, lo colocó en el cargo? La última puede girar en torno a su popularidad: ¿por qué un primer ministro que recorta las pensiones, abarata el despido, pone la gasolina por las nubes, resucita el impuesto de bienes inmuebles y deja sin sustento a decenas de miles de prejubilados sigue gozando de una popularidad, adentro y afuera de Italia, sin precedentes?

CULPABLE. Hace unos días, en el transcurso de un vuelo entre El Cairo y Roma, el flemático Mario Monti, de 69 años recién cumplidos, perdió la calma. La Bolsa de Milán, que desde hacía semanas experimentaba una ligera mejoría, había caído de nuevo y, por si fuera poco, la dichosa prima de riesgo estaba otra vez en el palomar de los 400 puntos. "¡La culpa es de España... y la Marcegaglia!", dijo.

Sus colaboradores se fueron de la lengua ante la prensa y al día siguiente la ira inusitada del primer ministro presidía las portadas. Lo de España tiene fácil explicación. Una vez corneada Grecia, parece que la crisis busca otra víctima y Mario Monti, como el francés Nicolas Sarkozy, prefiere que sea el recién llegado Mariano Rajoy.

En cuanto a Emma Marcegaglia, de 46 años, es la presidenta de Confindustria, la patronal italiana. Aunque ya está de salida en el cargo, durante los últimos meses ha desempeñado un papel muy relevante en la política italiana. A finales del pasado año, su voz sirvió para estrechar la soga alrededor del cuello del inefable Silvio Berlusconi. "Los italianos", denunció, "ya estamos hartos de ser el hazmerreír de la comunidad internacional. Y los emprendedores estamos cansados de ir al extranjero representando nuestros productos y ser acogidos con sonrisitas por culpas que no tenemos nosotros".

Cobrada la pieza, Marcegaglia acogió con un suspiro de alivio la llegada al gobierno de Italia de un hombre serio.

De hecho, a mediados de noviembre de 2011, Europa y los mercados lo colocaron al frente del gobierno de Italia, al modo en que el Imperio nombraba a sus gobernadores para que gestionaran las provincias conquistadas. La bendición del presidente de la República, Giorgio Napolitano, un viejo excomunista que goza de un respeto y una simpatía unánimes, y el alivio general por la marcha de Berlusconi hicieron el resto.

Además, ciertos detalles de su personalidad o de su conocimiento del marketing le granjearon la confianza, el respeto, la estima y la simpatía incluso de quienes, por principios, se muestran contrarios a la permanencia de un tecnócrata que no se sometió a las urnas al frente del gobierno de la República. La popularidad del profesor Monti, que llegó a ser de casi un 80%, decayó tras los primeros ajustes, pero aún sigue estando muy por encima de la de cualquier político italiano del presente o del pasado.

Desde el principio, el primer ministro Monti, que además se reservó para sí la cartera de Economía, tuvo claro que de nada servirían las reformas emprendidas en Italia si Europa y el mundo no tenían constancia de ellas. No estaba mal que los italianos lo estimaran, pero lo importante era que Europa, los mercados y hasta la opinión pública mundial lo consideraran uno de los suyos.

DECLIVE. Su proyecto navegaba viento en popa hasta que Marcegaglia descolgó hace unos días el teléfono y, al oído del Financial Times, declaró: "La reforma laboral de Monti es muy mala. No es la que habíamos acordado. Hubiese sido mejor no haber hecho nada, porque esta reforma no es la que necesita el país".

Monti montó en cólera por las declaraciones de la líder empresarial. Hasta ese momento había dejado que la reforma laboral fuese gestionada por la ministra Elsa Fornero, aquella que rompió en llanto al anunciar el recorte de las pensiones.

Nada más llegar al gobierno, Monti aprobó un decreto que llamó Salva Italia y que contempla un ajuste de 39.000 millones de dólares entre 2012 y 2014, el resultado de reducir 15.000 millones de gastos y aumentar la recaudación en 23.000 millones. A continuación anunció un ambicioso plan para recortar los privilegios de ciertos colectivos ahora eran intocables. El imperturbable primer ministro fue capaz, en solo 24 horas, de cargarse las aspiraciones de Roma a los Juegos Olímpicos, de anular la compra de 41 aviones de combate, de pronunciar un discurso en Estrasburgo en el que por poco lo sacan a hombros y, para rematar, de anunciar que la Iglesia tendrá que pagar el impuesto de bienes inmuebles, un viejo privilegio que Berlusconi agrandó para intentar desgravar unos meses de su imparable camino hacia el infierno.

No se irá. Pero ganas no han de faltarle. La Italia que le dejó Berlusconi, con la colaboración de una oposición que no pudo plantear alternativas, deja mucho que desear. El resultado es muy preocupante. De las cuatro palabras que enarboló Monti como las cuatro banderas de su gestión -rigor, crecimiento, desarrollo e igualdad-, solo se tienen noticias de la primera.

LAS CIFRAS

80%

Es el porcentaje de popularidad llegó a detentar Monti en Italia. Y, aunque ésta decayó un poco, sigue siendo récord en el país.

39

Son los miles de millones de dólares de ajuste (entre los años 2012 y 2014) que anunció Monti apenas llegó al poder en Italia.

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