Cuando estuve en Camboya en fecha reciente, escribiendo acerca de dos prostitutas adolescentes cuya libertad yo había comprado, Srey Neth y Srey Mom, los lectores empezaron a enviarme una profusión de mensajes electrónicos del tipo de: "Le transferiré dinero si usted, de igual forma, libera a una muchacha por mí".
Sin embargo, la compra de esclavas sexuales y su posterior liberación no constituyen una solución en el largo plazo. Ayuda a individuos, pero se corre el riesgo de crear incentivos para que otras jóvenes sean secuestradas y convertidas en esclavas. Como demostró mi experiencia, el mundo clandestino que habitan estas mujeres es complejo y tiene varios niveles, y su rescate involucra más que abrir una puerta.
Pero, incluso si las soluciones perfectas son escurridizas, es posible lograr un progreso. Eso mismo sentí en este viaje.
Viajé a Camboya porque me había dejado consternado lo que había visto allá en el decenio de los ’90. He cubierto guerras, pero nada me sacudió tanto como las entrevistas con muchachas de 13 años de edad que habían sido vendidas por sus padres o secuestradas por vecinos.
Actualmente, las adolescentes tienen 17 años, en vez de 13, y un número menor de ellas son golpeadas ó encarceladas.
El progreso en Camboya se ve reflejado a grandes pasos en otras partes, desde Surcorea hasta Rumania y la República Dominicana. Y la mayoría del crédito va para el gobierno de Bush, en particular su oficina de tráfico humano del Departamento de Estado, la cual está amenazando a países para que enfrenten a los traficantes.
Las políticas del Presidente George W. Bush hacia las mujeres a menudo han sido tildadas de insensibles, por ejemplo, en la eliminación de recursos para programas de nacimiento de natalidad en Africa. Pero, en lo tocante al tráfico sexual, el presente gobierno estadounidense ha encabezado la marcha.
El tráfico sexual se ha convertido en un tema candente entre cristianos evangélicos de tendencia conservadora, y han logrado impulsar a Bush para que acepte de buena gana el tema.
El mandatario pronunció un discurso histórico ante la ONU en setiembre, y Colin Powell está haciendo que avance el tema de una manera bipartidista que se puede elogiar. El nuevo director de la oficina de tráfico, John Miller, ha atacado severamente a gobiernos extranjeros, diciéndoles que reduzcan el tráfico sexual o enfrenten sanciones.
Cuando yo estuve en Camboya, esa presión se tradujo en que el dueño de un burdel fue enviado a prisión por 20 años, bajo cargos de promover los servicios de las niñas de entre 10 y 12 años de edad. Otros propietarios de burdeles decidieron que no valía la pena correr el riesgo y se deshicieron de sus muchachas más jóvenes.
Líderes cristianos de tendencia conservadora han hecho llamamientos sobre Bush para que haga más, y para designar a Miller como un embajador. Sin embargo, el misterio real radica en descifrar por qué la mayoría de los demócratas, liberales y grupos feministas han sido complacientes con respecto al tráfico sexual.
El senador Paul Wellstone ayudó a dirigir la lucha en contra del tráfico pero, desde su muerte, el liderazgo en lo concerniente al tema ha pasado abrumadoramente a manos republicanas. De manera similar, la mayoría de los grupos populares de mujeres, como la Organización Nacional para Mujeres y la Fundación de la Mayoría Femenina, han estado vergonzosamente desinteresadas con respecto a un asunto que debería estar cerca de la cima de cualquier agenda feminista.
"Critico a mis hermanas feministas", dice, Donna Hughes, catedrática de estudios de la mujer en la Universidad de Rhode Island, y experta en tráfico sexual. "En lo personal, creo que las dos amenazas más grandes a las mujeres radican actualmente en el fundamentalismo islámico y en el tráfico y normalización de la prostitución. Las feministas de la corriente popular realmente no han estado respondiendo a estos temas ni se han mostrado activas con respecto a ellos de la forma en que deberían".
En Camboya, había una adolescente, Jen, quien era una tímida y dulce muchacha de campo, cuya libertad me había propuesto comprar. Sin embargo, más tarde no pude encontrar a Jen, así que presumiblemente ella sigue en Poipet, muriendo lentamente. Para los estadounidenses, las esclavas sexuales de Camboya deben dar la impresión de ser extraterrestres en otro planeta, pero si se conversa con ellas, uno se puede dar cuenta de que jovencitas como Jen son personas igual a nosotros. No son una causa perdida, y merece la pena dar un esfuerzo más vigoroso para salvarlas.
© "The New York Times"