Argentina

Estuvo 12 años encerrada en su casa por una fobia: "Estaba presa en mi propio cuerpo"

La mujer, que ahora tiene 60 años, pasó 12 años encerrada en su casa. Hoy cuenta cómo pudo vencer esa fobia y volver a salir a la calle. 

Foto: La Nación | GDA
Foto: La Nación | GDA

Esa madrugada Marisa Torrealday dormía hasta que algo la arrancó del sueño. Los latidos del corazón le reventaban el pecho, la piel, y las sábanas se fundían con su transpiración y sentía que las paredes se le caían encima.

Fueron 20 minutos que le parecieron 20 horas, y su vida cambió para siempre.

"Tenía manos, tenía piernas, tenía vista, pero estaba presa en mi propio cuerpo. Tenía ataques de pánico. Sufrí mucho. Y estuve 12 años sin salir de mi casa", cuenta hoy la mujer de 60 años.

Era el verano de 1997. En ese momento tenía 37 y recién llegaba de tomarse vacaciones en el Caribe. No le faltaba dinero, no estaba enferma, y vivía junto a su pareja desde hace casi 20 años. Ese mismo mediodía fue a ver su médico clínico y le hicieron estudios de rutina. Todo le salió bien, no había de qué preocuparse.

Pero a los cuatro días, mientras estaba en la fila de un supermercado, las piernas no soportaron el peso de su propio cuerpo y se vencieron: "Mi marido me cargó a la camioneta y me llevó a casa. Cuando pasé el espejo, me vi la cara transformada, tenía los labios grises. Era otra persona. En ese momento empecé a tener miedo de que me vuelva a pasar si salía otra vez", dice.

Esa "sensación", la ansiedad del pensamiento catastrófico, apareció otra vez. Y otra. Hasta que llegó a tener cuatro episodios por día. Los síntomas se multiplicaban: dolor de estómago, náuseas, puntadas en la cabeza, miedo a la muerte, entre otros 30 malestares diferentes.

Marisa, que se dedicaba a llevar la administración de un negocio, pagar cheques y hacer todo tipo de trámites en la calle, de repente se quedaba paralizada en plena vereda y la tenían que ir a buscar.

Si venían visitas, Marisa se escondía en el baño para ocultar sus síntomas.

"Me encerraba cada vez más. Dejé de tener relaciones sexuales porque sentía vértigo. Dejé de usar el transporte público porque tenía miedo al bajarme. Dejé de hablar con mis hermanas por teléfono. Dejé de ver a mis amigas. Dejé mi trabajo. Dejé todo", dice.

El departamento era su cárcel, pero también su guarida. En su living se pasaba las 24 horas sentada o directamente tirada en el piso. La mente la tenía de rehén.

Foto: La Nación | GDA
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"No podía razonar. Empezaba a leer un libro, leía dos páginas y tenía que volver a leer. No seguía el hilo de nada, ni de las películas. En un momento llegué a escribir en un papel la dirección y el nombre de cada persona que conocía, para confirmar que mi cerebro trabajaba bien".

No hablaba del tema con nadie. "Mentía. Tenía vergüenza. ¿Quién me iba a creer que no pueda bajar el cordón de la vereda o cruzar una calle?". No tuvo hijos y hasta bajó de peso porque no podía ni tragar la comida: "Hacía que comía, pero tenía cerrada la glotis".

“Mi marido se tenía que hacer cargo de todo. Siempre fuimos independientes en la pareja, me sentía una mochila", cuenta. "Hasta que un día, harta después de seis años de excusas, confesé todo. Le dije que me quería separar porque no se merecía eso. Él me abrazó, y nos pusimos a llorar juntos", recuerda.

Desde ese momento, Carlos acompañó a Marisa en todo el proceso para conseguir un diagnóstico certero. Durante otros seis años consultaron a todo tipo de médicos: neurólogo, gastroenterólogo, otorrino, psicólogo, un psiquiatra "carísimo" privado. Pero los estudios médicos le daban bien.
"Usted tiene depresión", le repetían y le recetan drogas en exceso. Y ella estaba cada vez peor.

Un día cualquiera de 2008, mientras miraba televisión, Marisa vio al doctor Oscar Carrión, fundador del Fobia Club, que explicaba cómo eran las fobias sociales.

-¡Carlos, alguien está diciendo por televisión lo que yo tengo! -gritó.

Carlos la llevó sin dudar. Le hicieron varios estudios y a los 10 días le determinaron que tenía trastorno de ansiedad generalizada (TAG), agorafobia y un rasgo de trastorno obsesivo compulsivo (TOC).

Existe una predisposición genética, aunque también inciden la personalidad y los eventos traumáticos. El enfoque de los especialistas la sorprendió: "Esperaba las típicas preguntas de terapia. Pero me explicaron el proceso y además que iba a ir con un grupo en un bar. Raro, dije. En una semana empecé todo".

El primer día, el coordinador la llevó a caminar y pensó que se iba a romper, de lo frágil que se veía, de cómo se aferraba a él. Le describió todos sus síntomas y ella no lo podía creer. "Manipulé durante muchos años, hoy te mienten y sabés, porque vos lo pasaste", cuenta Marisa.

En ese momento recuperó sus fuerzas: "Hice un clic. Quería recuperar mi vida. Era la última carta que tenía y la iba a jugar".

Se recuperó en sólo tres meses. Empezó dando la vuelta a la manzana. Iba sin teléfono celular. Su marido se preocupaba, pero ella no quería ninguna seguridad.

Después de eso, todo fue confianza: "Me pedían algo y yo hacía más. Me decían: «Caminá cinco pasos y hacía diez, hasta llegar a cruzar avenidas». Un mes más tarde, me subí sola al colectivo 102. Durante 12 años miré desde la ventana de mi casa y lloraba cuando miraba a la gente caminar por la calle. Ir parada en el colectivo era como tocar el cielo con las manos".

Marisa se casó con Carlos hace un año, después de estar juntos 43. Hoy es coordinadora del grupo agorafóbicos de Fobia Club, que se juntan los sábados a la mañana en una tradicional pizzería de barrio Norte. Charlan, hacen catarsis y salen a su exposición semanal, que consiste en ir a un museo o algún lugar en colectivo.

"Me encanta coordinar. Es un trabajo voluntario, pero se paga simplemente con que uno más haga su vida normal. Nosotros no necesitamos recetas. Necesitamos que nos escuchen", enfatiza.

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