Entre la vida y la masacre cotidiana

JORGE ABBONDANZA

Hace unos días se divulgó la macabra historia del sargento norteamericano Calvin Gibbs, que mataba y descuartizaba a civiles afganos en la provincia de Kandahar, con ayuda de algunos subordinados. Eso trascendió un mes después de cumplirse diez años de guerra y ocupación en Afganistán, cuando Estados Unidos y sus aliados (Inglaterra, España, Italia) ya han perdido allí 2.794 combatientes, aunque no hay cifras sobre víctimas civiles, incluidas las de ese "equipo de la muerte" encabezado por Gibbs. Sin embargo, la gente ya ni habla de la guerra afgana, porque las calamidades de larga duración dejan de conmover a la opinión pública, cloroformizada por esa prolongación, de manera que hace falta mucha sangre -como la conocida en estos días- para que el tema vuelva a un primer plano.

Entre los beneficios más valiosos que aporta la sociedad civilizada, figura el aprecio por la vida junto a los cuidados que exige su preservación. La medicina lucha por prevenir enfermedades y derrotar epidemias, mientras el hombre común aprende a tomar medidas para defender su buena salud, con lo cual la vida mejora y se alarga. Pero la enorme ironía de esa civilización consiste en que tanto esfuerzo choque con la catástrofe que lo desmiente: 30.000 niños mueren cada día por culpa de enfermedades fácilmente curables, mientras otra gente sigue muriendo de frío o de hambre, 900 millones de personas no comen regularmente, 50.000 mexicanos ya han caído en el combate al narcotráfico declarado hace cinco años, mientras la actividad criminal en Caracas se cobra cien víctimas por semana.

En medio de ese paisaje, Barack Obama asegura que las últimas tropas norteamericanas saldrán de Irak antes de fin de año, poco antes de cumplirse nueve años de la invasión de 2003. La OTAN también anuncia su retirada de Libia después de siete meses de bombardeos. Y a todo ello no solamente se agrega el horroroso episodio de Kandahar, sino además la sensación de que en las montañas afganas la resistencia talibán está ganando esa guerra, iniciada en 2001 para desalojar a su extremismo del poder. Mientras se distribuye la vacuna contra el cáncer de cuello de útero para salvar algunas vidas, otras se pierden a balazos al dar vuelta la esquina. No parece fácil entender las contradicciones de este mundo, embarcado en su viejísima batalla entre la razón y la fuerza, entre la piedad y la violencia, entre el conocimiento y la ignorancia, entre la solidaridad y el egoísmo, entre la concordia y las armas, es decir entre la vida y la muerte. Con todo eso se colorea el mapa de la guerra y la paz.

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