Yo conozco el secreto del Papa, el secreto de su anciana juventud, de su optimismo y de su paz. Lo conozco desde el 21 de mayo de 1992, cuando estuve en el Vaticano celebrando con Juan Pablo II la Misa, en su capilla privada. Es el secreto que explica cómo ha podido llevar a cuestas, durante un cuarto de siglo, el peso del mundo.
Los trece sacerdotes, que aquella mañana celebraríamos con él la Santa Misa, entramos en la capilla a las 6 y 50 minutos. Es chica y de aspecto frío la capilla privada del Papa: doce metros de largo y la mitad de ancho, cubiertas las paredes y el suelo con baldosones de mármol blanco veteado, y un vitral de la resurrección del Señor por cielorraso. El espacio se concentra en el sagrario, colocado en el centro del altar. Detrás, sobre una pared curva de granito rojo, los brazos abiertos de un crucifijo de bronce y un cuadro pequeño de la Virgen de Czestokowa, mueven a la oración.
Entré el último en la capilla. Diez de los sacerdotes fueron por el pasillo central hasta el presbiterio y allí ocuparon sus lugares. Cuando el concelebrante que iba delante de mí dobló hacia la derecha para ocupar el sitio que le indicaban, me detuve impresionado: a un paso, literalmente hablando, el Santo Padre Juan Pablo II estaba en su sede, fija la vista en el sagrario, rezando. El secretario, monseñor Dsiwisz, me indicó con un gesto que me sentara detrás del Papa, en una banqueta, igual a las que usarían la veintena de asistentes a la Misa. Obedecí con cuidado, sin hacer el mínimo ruido, quedando el Santo Padre al alcance de mi mano.
A las 7.03 Juan Pablo II se puso de pie y se dirigió al altar para revestirse con los ornamentos blancos de la Misa. Su secretario le ofreció agua para purificarse los dedos antes de comenzar el Santo Sacrificio.
La Misa fue celebrada en italiano. Después del saludo inicial, el Papa paseó su vista por la capilla, fijándose en cada una de las personas que le acompañábamos. Nunca le había visto así, tan cercano, tan "párroco": nadie le resultaba desconocido. Eran las 7.06 cuando Juan Pablo II comenzó a revelar su secreto.
Pausadamente, leyendo cada oración y dirigiéndose a Dios como hablándole en su idioma, rezó el Yo pecador, el Señor, ten piedad, el Gloria. Con voz grave anunció después: Oremos y se recogió unos segundos antes de pronunciar la Oración colecta. Al terminar, vino a la sede para escuchar las lecturas de la Sagrada Escritura y el Evangelio, que leyó uno de los concelebrantes. Luego, tomó asiento y se sumergió en la meditación.
Llegaba hasta la capilla el canto de un pájaro tempranero, que favorecía el recogimiento. Silencio del Papa, silencio de los que le acompañábamos, oración. Fueron ocho minutos de inmersión en el misterio. Después se dirigió al altar.
Rezamos el Canon Romano piadosamente, siguiendo el ritmo pausado que marcaba el Papa. Al llegar la consagración, pronunció aún con más cuidado cada palabra: es el mismo Cristo quien convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre. Dos veces hizo el Papa la genuflexión en cámara lenta, en genuina adoración.
El mismo repartió la Comunión a los asistentes a la Misa. Al terminar volvió a la sede. Nuevamente el silencio, durante cinco minutos: acción de gracias a Jesucristo, realmente presente en cada uno de los que participamos de la Eucaristía. Después se dirigió al altar y rezó la última oración.
Nos bendijo antes de terminar la celebración. Su secretario le ayuda ahora a quitarse los ornamentos. Juan Pablo II regresa a la sede y se recoge nuevamente en oración, cinco minutos más. Alguien entona un cántico. Cuando termina, el Papa se arrodilla y continúa rezando.
Cada día que pasa, más cuenta nos damos de que, en ningún aspecto de la vida, existen las "fórmulas mágicas". Pretender cambios YA, en cualquier terreno, puede ser una expresión de impaciencia, comprensible en muchos casos, o de inmadurez: nada importante se consigue sin trabajo constante, sin abnegación.
Si se trata de lograr que los hombres se decidan a abrir sus corazones a Jesucristo, hasta dejar que transforme sus vidas a su antojo y se parezcan más a él, quien se lo proponga debe abrir el camino y avanzar el primero, dándole la absoluta prioridad a esa tarea: adoración, alabanza, desagravio, petición: esto es la Misa. Y, como frutos preciosos de esa familiaridad con Cristo, serenidad, alegría, fortaleza, comprensión, valentía, perdón, paz.
A las 7.57, mientras el Papa continuaba de rodillas, llevando el mundo en sus espaldas como si no le pesara, su secretario nos indicó con un gesto que la Misa había terminado.
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* Capellán de la Universidad de Montevideo