La memoria es una lámpara que se apaga luego de alumbrar durante un tiempo. Solo sigue encendida indefinidamente para las grandes conmociones (una muerte en la familia, una guerra mundial) pero no para todas las muertes y tampoco para todas las guerras. Por eso poca gente es capaz de contabilizar los conflictos bélicos que hubo a lo largo de 2011, porque el chispazo de la memoria es igual al de las noticias, donde las cosas brillan y después desaparecen para dar paso a lo que viene detrás. Sin embargo, según el instituto de investigaciones HIIK de Heidelberg (Alemania), en el año 2011 hubo veinte guerras, la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial y un dato alarmante que refleja la metástasis de la violencia.
Hubo choques armados en Filipinas (con la guerrilla musulmana), en el País Vasco (con el terrorismo de ETA), en Nigeria (con los islamistas del norte), en Colombia (con las FARC y los paramilitares), en México (con el narcotráfico), en Libia, Yemen y Siria (con la Primavera Árabe), en Somalia (con la discordia entre clanes), en Pakistán (con los atentados fundamentalistas), sin olvidar el calvario de Afganistán. Históricamente, la guerra ha sido reconocida como una demostración de poder y un sello de prestigio para los países que la ganan, y ese fulgor se ha mantenido intacto desde Ramsés II hasta el general Schwarzkopf, sin que lo alterara el paso del tiempo, el cambio de culturas o el progreso de la tecnología, aunque la memoria no siempre haga ese balance.
Pero el uso de razón enseña que la guerra no es eso ni merece su aureola. Es en cambio la mejor máquina de matar que ha desarrollado el hombre, un arma de incomparable crueldad, un recurso que desmiente la inteligencia de las sociedades civilizadas, una práctica solo admisible en los estados de barbarie, un reflejo de la locura colectiva, un estallido que proyecta a escala general ciertas formas individuales de enajenación que no deberían envanecer a nadie, ni siquiera a quienes dicen servirse de la guerra como herramienta defensiva. Y a pesar de todo, en pleno siglo XXI, se registran veinte guerras en el curso de un año, con el agravante de que sus víctimas modernas son mayormente civiles.
Para confirmarlo están los 50.000 muertos que ha costado desde diciembre de 2006 el choque entre las fuerzas armadas mexicanas y los carteles de la droga, pero también los 7.000 sirios que cayeron desde mediados de 2011 en la crisis política de su país. Los olvidadizos deberían ajustar el mecanismo de su memoria para fijar esas y otras masacres, porque el mundo de hoy no se entiende a menos que se tomen en cuenta tales calamidades, que son el peor reverso de los privilegios de la modernidad, la más oscura negación de los beneficios culturales y el semblante más perverso de la humanidad.