EN MEMORIA 

Una vida entre la guerra, la religión, los negocios y el amor por Polonia

Hoy 27 de marzo de 2020 se cumple un año del fallecimiento de Juan Kobylanski, polaco radicado en Uruguay que nunca dejó de luchar por su tierra y sus tradiciones

Juan Kobylanski
Juan Kobylanski (1923 - 2019 )

A Juan Kobylanski le apasionaban las antigüedades. Esa fue, quizás, una de las pasiones que lo ayudó a sobrevivir después de la Segunda Guerra Mundial. Fue una persona inteligente, educada, caritativa, luchadora y con una visión sobresaliente para los negocios. Fuertemente católico, fue admirador y amigo de San Juan Pablo II. De hecho, la fundación “Juan Kobylanski” construyó varios monumentos de bronce en su homenaje, como el que se encuentra en la ciudad de Montevideo, en Bulevar Artigas junto a la Cruz que conmemora su visita a Uruguay.

Entre otras cosas fue cónsul honorario de la República del Paraguay en Santa Cruz de Tenerife y de la República de Polonia en Punta del Este.
Nació en Równe, provincia de Volinia, Polonia, el 21 de julio de 1923. Su padre estudió abogacía en la Universidad de Derecho de Kiev — hoy parte de Ucrania, por entonces en territorio polaco— y luego fue juez; su madre se dedicó a cuidar y educar a sus hijos y cuando vino la guerra fue a trabajar como enfermera voluntaria. La religión, para la familia Kobylanski, era primordial.

“Gran parte de mis familiares, entre ellos mis abuelos, vivían en Równe. Algunos miembros de la familia vivían en Kiev pero eran polacos. Mi familia fue relativamente bien acomodada como propietarios de grandes extensiones de tierras agrícolas con plantaciones de trigo y cebada y bosques con aserraderos también en Polonia”, contó Kobylanski en el libro Condenado por patriotismo, en el que relata su historia. Él y su hermano Ryszard fueron educados en colegios jesuitas y por su madre e institutrices que les enseñaban idiomas, algo que le serviría después para poder viajar e instalar sus emprendimientos en diferentes partes del mundo. En total Kobylanski hablaba ocho idiomas.

Su historia estuvo atravesada por la Segunda Guerra Mundial que estalló cuando él era un estudiante de medicina. Cuando ocurrió la invasión alemana a Polonia Kobylanski era parte de la juventud católica y nacionalista polaca que luego se enfrentó a los alemanes en las “guerras guerrillas”: descarrilaban los trenes para robar carbón y comida y repartirlo al pueblo. Kobylanski y otros jóvenes polacos fueron llevados a los campos de concentración alemanes como presos políticos. En total estuvo en 7 campos. Cuando terminó la guerra, Kobylanski se encontraba en un campo de concentración cerca de Munich. En condiciones deplorables, los americanos— que habían entrado a la guerra en 1941 como parte del bloque de los aliados contrarios a Alemania— fueron los encargados de brindarles la primera asistencia: higienizarlos, curarlos, darles abrigo y alimentos.

Por su juventud y fortaleza Kobylanski había sobrevivido a la guerra pero lo que venía después era un futuro absolutamente incierto. Con su madre muerta en uno de los bombardeos de Varsovia, con Europa devastada y con el miedo siempre inminente, otra vez todo se trataba de sobrevivir, o de buscar la manera de ganarse la vida.

Después de trabajar por un tiempo de lo que encontraba en la campaña alemana, se enteró de que en Zúrich habían abierto la bolsa de metales y empezó a recolectar deshechos de guerra: trozos de bombas, de tanques, de herramientas, de lo que fuera.

Viajó a Zúrich en tren con lo que había ahorrado de los trabajos anteriores y vendió todo lo que pudo. Empezó, de a poco, a dedicarse a la venta de metales en Alemania, Austria e Italia. Pero en Europa todo era inestable: se había terminado la guerra pero en 1950 había estallado la guerra de Corea y la amenaza de que resurgieran los enfrentamientos en el Viejo Continente estaba siempre latente.

Kobylanski decidió entonces embarcarse rumbo a América Latina, con la ilusión de instalarse en Paraguay. Después de cruzar el océano en el Julio César, un gran transatlántico hasta Buenos Aires, se subió a un barco pequeño y siguió hacia Paraguay. Aunque la situación allí no era tan sencilla como creía cuando salió de Europa, Kobylanski tenía 28 años y en la guerra había aprendido que cuantas más fueran las dificultades, más duro tenía que luchar. Compró una extensión de tierra muy cerca de Asunción, construyó una casa, hizo extender la luz eléctrica por la zona y puso un tambo.

Viajó a Uruguay para comprar vacas lecheras Holando que se llevó a Paraguay. Fue uno de los primeros del país que hizo pasteurizar la leche y produjo yogur en forma industrial. Luego incursionó en los negocios textiles y fue también uno de los primeros en llevar nailon a Paraguay. Agrandó su negocio hacia los electrodomésticos hasta que decidió viajar a Argentina para emprender en olivares. No todo salió como esperaba en Buenos Aires y compró una casa en la rambla de Montevideo, que era una ciudad mucho más tranquila y cálida que la capital argentina. En 1966 Kobylanski se mudó definitivamente a Montevideo y desde entonces, aunque pasó mucho tiempo viajando, nunca más se fue.

La vida uruguaya

Cuando llegó a Uruguay puso negocios de antigüedades y compró 1.200 hectáreas de campo en Maldonado, en la localidad de Manantiales. Allí instaló un tambo que fue uno de los más modernos de la época, introdujo la raza Fleckvieh, e hizo implantes embrionarios. Los animales de su establecimiento, Don Juan, recibieron varios premios en la Rural del Prado.

Fue allí que surgió Mocho, un toro de la raza Fleckvieh que nació sin cuernos. Todas sus crías también nacieron así. A pesar de que tuvo ofertas de hasta un millón de dólares por Mocho nunca lo vendió, pues lo movía más el entusiasmo por que sus emprendimientos fueran los mejores que las ganancias. En el campo de Manantiales construyó la capilla San Juan Pablo II y llevó a cabo reuniones de la Unión de Sociedades Polacas y sacerdotes católicos, conjugando sus grandes pasiones: la religión católica, la nación polaca y Uruguay.

En ese campo existen varios museos de carruajes antiguos de lujo y de carretas típicas. Instaló un museo de pinturas y antigüedades polacas e internacionales y vehículos de colección que aún hoy funciona. Su casa en el campo fue siempre un lugar de reunión e integración de ciudadanos y descendientes polacos de todo el mundo. Desde Uruguay, Argentina o desde el lugar que fuese, Kobylanski nunca dejó de estar cerca de Polonia, en donde se transformó en un héroe nacionalista. Este es un homenaje de Rosalía Martínez de Kobylanski, su esposa quien lo extraña y siempre lo recordará.

Una organización para polacos
Juan Kobylanski

En la primera década de los 90, radicado en Uruguay, Juan Kobylanski creó la USOPAL, Unión De Sociedades Y Organizaciones Polacas De América Latina, una organización civil sin fines de lucro y con fines políticos, religiosos y culturales. Kobylanski fue el presidente de USOPAL, que creció a pasos agigantados y se unió con el KPA, Congreso Polaco Americano y el KPK, Congreso Polaco Canadiense.

El primer congreso se realizó en el año 1993 en Argentina. Participaron polacos de toda América Latina y a su vez llegó una delegación desde Polonia en la que venían autoridades de todo tipo. Luego los congresos se organizaban en Maldonado.

En Polonia, donde se le otorgó las más importantes condecoraciones, la figura de Kobylanski sigue presente. Una escuela primaria en Ruda, provincia de Mazovia, lleva su nombre y en la Escuela Católica en Chojnice, en Pomerania, hay un busto del señor Kobylanski.

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