Un baúl demorado en la aduana de Londres

Por J.azz

Este curioso episodio sucedió después de la independencia de la India. Inglaterra había fijado esa fecha, para la media noche del 14 de agosto de 1947. Fue una decisión precipitada a causa de las desavenencias entre hindúes y musulmanes, que solo Gandhi había previsto mucho tiempo antes. Y la tuvo que llevar a cabo con representantes de la futura India y el futuro Pakistán, el último virrey, lord Louis Mountbatten Desde unos días antes, habían comenzado sangrientos combates entre ambos bandos, con motivo de una división totalmente artificial.

El jurista británico Radcliffe, que nunca había puesto los pies en la India, comenzó su labor de vivisección. Encerrado en una villa, y con plazos perentorios, entre un rimero de mapas proporcionados por el Estado Mayor de Londres, trazaba líneas que cortaban sistemas de irrigación, líneas de distribución eléctrica, caminos, fuentes de aprovisionamiento, comunidades rurales separadas artificialmente, la salida natural de las exportaciones aisladas de los puertos, y hasta oficinas y hospitales aislados. Sir Radcliffe comprendió que seguiría un baño de sangre a la promulgación del reparto. Y así fue. Tras siglos de vida en común, hindúes y musulmanes se lanzaron unos contra otros en un baño de sangre y destrucción.

Entretanto, Mountbatten dio órdenes firmes para que permanecieran en las viejas colonias, todos los recuerdos del Imperio: retratos, estatuas, trofeos, banderas, uniformes y todo lo que fuere testigo del viejo reinado, debía ser entregado a los dos nuevos Estados: ellos le darían el destino que quisieran. Así "recordarían con orgullo nuestros tres siglos de asociación con la India". No obstante, muchos ingleses que debían regresar, se llevaron trofeos deportivos, y hasta antiguos uniformes. En Bombay, dos inspectores de aduanas fueron llamados por su jefe, que se disponía a regresar con urgencia a Inglaterra. Les indicó un gran baúl metálico y le entregó la llave la llave a uno de los inspectores, John Orr, quien abrió el baúl y se encontró con cantidad de libros cuidadosamente apilados. "Esto no puede quedar en la India". Era la colección completa de las obras pornográficas que las aduanas británicas habían confiscado, desde hacía 50 años, juzgándolas escabrosas para el país, cuyos templos estaban adornados con las esculturas más eróticas jamás labradas por la mano del hombre.

El jefe entregó las llaves a William Witcher, el más antiguo de sus adjuntos, para que conservara bajo custodia de manos inglesas, "el mayor tesoro de las Aduanas". Witcher, entregó a su vez el baúl a su compañero Orr, cuando abandonó la India. En 1955 le llegó a Orr el turno de regresar a Inglaterra, resignándose a dejar el baúl en manos de Indias, aunque previamente, retiró dos obras de alto contenido erótico, "para perfeccionar sus conocimientos en idioma francés", que así estaban escritas.

Poco tiempo después de su llegada a Londres, el desventurado funcionario fue advertido que todo su equipaje quedaba retenido en la aduana, "por posesión ilegal de literatura pornográfica no declarada".

Se declaró culpable. Este episodio no figura en las crónicas de historia de la época, pero no deja de ser parte de ella. Es "la historia chica", como acostumbraba a llamar a estos sucesos don Juan Pivel Devoto.

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