Un amigo fraterno, sincero, sin vueltas

| Tomás fue el primer lector de "Cien Años de Soledad"

La obra de Tomás Eloy Martínez, fallecido el domingo reedita, una vez más, la lábil frontera que separa o junta el periodismo con la narrativa, es decir, la página cotidiana y la literatura sin más.

Tomás había nacido en Tucumán y la muerte lo encontró a sus 75 años. Su profesión inicial como periodista, que nunca abandonó, lo hizo colaborador y columnista permanente de La Nación de Buenos Aires, El País de Madrid y el New York Times. Paralelamente había dirigido el Programa de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rutgers de New Jersey, donde era profesor y escritor residente.

Tomás fue el primer lector de Cien años de soledad y participó en la edición de Sudamericana y en la promoción del libro desde sus notas en Primera Plana, que ayudaron de manera fundamental al arrollador éxito de la novela.

En la década del `70 llegó a Caracas como secuela de su denuncia, bajo la forma de libro La Pasión según Trelew (1974), que reveló la ejecución por la Marina de su país de los prisioneros montoneros de la cárcel en el Sur argentino.

Su paso por Caracas dejó huella profunda y allí pude estrechar con él una fuerte amistad que duró hasta ahora. Fue el segundo de a bordo de "El Papel Literario", el suplemento dominical de literatura fundado por Uslar Pietri y fundador de El Diario de Caracas donde escribimos buena parte de los argentinos, chilenos y uruguayos que habían recibido la hospitalidad inolvidable de la capital venezolana en los años oscuros de las dictaduras en el Sur del continente.

En el año 1979 pude publicar su colección periodística Lugar común la muerte, en Monte Ávila Editores, en mi calidad de Director de Producción.

Es un libro admirable que recoge textos que giran en torno de la muerte, en un abanico que abarca a la ciudad de Hiroshima o el suicidio del gran poeta venezolano Ramos Sucre que se elimina por el insomnio irreductible que le impedía descansar.

Con sus libros centrados desde la narrativa en la historia argentina reciente que son La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), aporta textos que son ya clásicos en la narrativa latinoamericana.

Más recientemente, en Purgatorio, un libro que quizá pueda ser considerada su obra magna, aborda el drama de los desaparecidos desde una aproximación donde lo real y lo fantástico se entretejen en una malla magistral que ilustra sobre la locura criminal que es la esencia surreal del tema.

Con El cantor de tango (2004) la ciudad de Buenos Aires es recreada en sus esencias múltiples, en un relato que sobrenada el espíritu de música rioplatense por excelencia, hasta el preámbulo de la caída de la democracia.

Sagrado (1968), La mano del amo (1991) y El vuelo de la reina (2002), son otros títulos de su producción, que en la mayoría de los casos han sido vertidos a ocho lenguas.

Tomás escribía con una prosa despojada de adjetivos, con la precisión de su vocación por la verdad desnuda. Al mismo tiempo tenía la llave para que ese realismo aparentemente elemental tradujera su esencia poética.

En su vida personal era como sus textos, amigo fraterno, transparente, sin vueltas. Basta leer los agradecimientos que agregó al final de "Santa Evita" para tener una idea de la larga lista que son hoy sus desconsolados deudos.

HUGO GARCÍA ROBLES.

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