UN CINE DE ANTAÑO

Rechazaron ofertas y la sala en donde cantó Carlos Gardel seguirá cerrada

Hasta hace pocos días aún era posible ver el cartel de la inmobiliaria que ofrecía la sala en alquiler.

El mural que renovó la fachada durante el último festival de cine de Cinemateca realizado en la sala de la principal avenida de Montevideo. Foto: Archivo El País
El mural que renovó la fachada durante el último festival de cine de Cinemateca realizado en la sala de la principal avenida de Montevideo. Foto: Archivo El País

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Estuvo a punto de cerrarse un negocio por un precio de casi un millón de pesos al año, unos 150.000 dólares durante los 5 estipulados para los contratos comerciales, pero los propietarios optaron por no firmar el convenio y decidieron ni arrendar ni vender.

Esa marcha atrás dejará la sala vacía y en silencio, mientras se está estudiando un proyecto secreto para un punto céntrico ideal, si bien el local presenta limitaciones e incomodidades, como la empinada escalera o los pisos inclinados propios de una platea alta o tertulia, en donde funcionó hasta el año pasado la Cinemateca 18, que en 2017 se había vuelto “el templo del cine”, como rezaba el juego publicitario del 35º Festival Internacional, organizado en Semana Santa y acompañado desde las alturas de la fachada por un mural con las imágenes de los directores Luis Buñuel, Alfred Hitchcock, Federico Fellini y Lucrecia Martel, cada uno de ellos con halos de luz pintados sobre sus cabezas, como personajes sagrados.

El Teatro 18 de Julio en la década de 1930, cuando allí la dejó chiquita Gardel y los canillas voceaban de cien maneras. Foto: Archivo El País
El Teatro 18 de Julio en la década de 1930, cuando allí la dejó chiquita Gardel y los canillas voceaban de cien maneras. Foto: Archivo El País

Cuando solo es recuerdo de los espectadores aquella panzada de películas que había sido promocionada con el eslogan “Festival empieza con fe”, el mural sigue allí, ahora de la mano de Dios. Como dijo a El País el alcalde del Municipio B Carlos Varela, no se puede obligar a que nuevos ocupantes del inmueble lo mantengan. Dependerá de su sensibilidad, de su humor y de que no pertenezcan a algunas de las iglesias que en las últimas décadas terminaron asentándose en excines, fenómeno con el cual también dialogaba la promoción del festival y la idea plasmada en el mural de 12 x18 metros.

Un posible acuerdo con una iglesia no está limitado en los hechos, ya que nunca prosperó una iniciativa de la Dirección de Cultura de la Intendencia de Ana Olivera para llamar al debate y limitar nuevos templos sobre 18 de Julio. La última prueba quedó a la vista cuando los pentecostales adquirieron el ex Cine Plaza, contra la indignación de jerarcas municipales y los miles que firmaron a favor de una propuesta del sociólogo Gustavo Leal para expropiar esa sala y demostrar que el Estado puede regular el uso de espacios destinados a la cultura. Los religiosos de Dios es Amor decían por entonces, hace algo más de un lustro, que Leal estaba poseído por el demonio, pero el sociólogo aclaraba que su batalla no iba en contra de las iglesias sino de cualquier emprendimiento, desde tiendas hasta automotoras o parkings que hicieran sucumbir centros culturales.

En el año 2000, cuando en el mercado global de cines pasaban por boleterías dos millones de personas, el doble que en la década de 1990, en una recuperación generada por la llegada de los “moviecenters”, la tertulia del Cine 18 de Julio, que había pertenecido a la Compañía Central Cinematográfica y a la empresa Metro, se transformó en Cinemateca 18.

A esas alturas, la fachada del inmueble había cambiado bastante en relación a los tiempos en que la avenida principal coqueteaba con París, plena de frentes con fantásticas decoraciones, hasta excesivas, que contrastaban a fines del siglo XIX y comienzos del XX con la industrialización, recurriendo, por ejemplo, a motivos inspirados en la naturaleza y a incorporaciones tomadas del barroco o el rococó.

Tiempos del biógrafo 18 de Julio, que se inauguró a fines de la década de 1950, cuando exhibía por ejemplo films con canciones andaluzas de Angelillo. Foto: Archivo El País
Tiempos del biógrafo 18 de Julio, que se inauguró a fines de 1950, cuando exhibía por ejemplo films con canciones andaluzas de Angelillo. Foto: Archivo El País

Fue en la década de 1910 que se había inaugurado el Teatro 18 de Julio, justamente con una imponente fachada ecléctica pero con muchas señas art nouveau, con ornamentación, simetría y presencia del hierro en sus puertas de ingreso, todo lo cual desapareció con el imperio de los cines.

Como se puede rastrear en programas de época y prensa, en 1953 (cuando se dio el récord de 19.152.019 entradas vendidas) ya se habían concretado cambios en esa fachada, sobre la avenida principal, entre Yi y Yaguarón, (hoy Quijano y Aquiles Lanza).

El frontispicio aparecía reformado totalmente para lo que sería un nuevo teatro y a la vez para las marquesinas de un biógrafo con capacidad para unas 2.000 personas, 800 en la tertulia, inaugurado en el ’54 con una fachada de modernidad básica, planteada quizás para competir con las de cines vecinos de los años ’30 y principios de los ’40 que adscribían al art déco.

Sala de cine de Cinemateca Uruguaya ubicada en Avenida 18 de Julio 1280, en planta alta, donde funcionó antes la tertulia. Foto: Archivo El País
Sala de cine de Cinemateca Uruguaya ubicada en Avenida 18 de Julio 1280, en planta alta, donde funcionó antes la tertulia. Foto: Archivo El País

Luego, desde fines de los ’80, las transformaciones no cesaron hasta el cierre. La fachada fue tapiada en su parte superior y reconvertida a nivel de hall y platea para lo que sería el ingreso a una de las tiendas Ta-Ta, empresa que también alteró su modelo histórico y singular de góndolas y cajas y pasó a ser un supermercado más. Los memoriosos cuentan que la historia fue más o menos así y agregan que en 1934, cuando García Lorca estuvo 18 días en Montevideo, dio una celebrada conferencia “comercial” en el Teatro 18 de Julio. Antes, Carlos Gardel se había metido a miles en el gacho gris.

Un teatro para cantar mano a mano

Entre el 29 de septiembre y el 8 de octubre de 1933, Carlos Gardel cantó en el Teatro 18 de Julio. Esos diez días fueron los últimos registrados en la sala de la principal avenida de Montevideo. Pero allí antes había tenido otros ciclos, cuatro presentaciones más que sumaron 79 noches de canto, en 1915, 1918, 1923, 1929 y el mencionado 33. El actor Alberto Candeau recordaba, en su libro Cada noche es un estreno, una jornada de ese año en donde integró el elenco que interpretó una comedia española como previa al espectáculo de Gardel. Cuando le tocó entrar a escena, con barba y bigotes postizos, resonó en la sala: ¡Metele, rápido barbeta, que nosotros queremos ver a Carlitos. “Era un clima tenso, insoportable”, cuenta Candeau. Al fin el Mago cantó, estaba afónico pero nadie se dio cuenta. El doctor Pedro Regules lo había asistido con una medicación para hacer gárgaras. “Con aplausos y gritos el público no lo dejaba terminar sus canciones”.

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