MONTEVIDEO
A casi 10 meses de los primeros casos de COVID-19 El País hizo una recorrida por distintos barrios para conocer historias de personas que perdieron su trabajo y no pudieron pagar más un alojamiento.
Le cuesta pronunciar el nombre de la culpable. Le cuesta porque “gracias” a ella el tratamiento que se estaba haciendo para arreglar su dentadura quedó por la mitad y las palabras le salen con dificultad. Pero luego de dos intentos logra acusarla: “pandemia”, dice. María, nombre ficticio, está sentada en una esquina de 18 de julio. Parece casi invisible para la poca gente que en plena tardecita de un día de enero camina de un lado a otro sin notar que un poco más abajo ella está sentada junto a su hijo, de unos 10 años, con un cartel que dice "Si estuvieras en mi lugar, ¿te gustaría que te ayuden?".
María cuenta a El País que vive en Casavalle, aunque prácticamente, se pasa todo el día en la avenida céntrica tratando de juntar algo dinero. Dice que antes de la pandemia trabajaba como empleada doméstica, pero que el impacto económico que dejó el COVID-19 hizo que ya no la contrataran más. Mientras explica que perdió la casa y que se hizo una construcción de chapa en su barrio para poder pasar la noche, una persona frena, se inclina hacia su hijo y le da tres monedas de 10 pesos.
El niño se pone un poco de alcohol en gel de un pequeño frasco que tienen junto a una bolsa llena de comida que una vecina les dejó esa mañana, y se frota las manos para limpiar las monedas. Que el tratamiento de los dientes de su madre haya quedado por la mitad es el menor de sus problemas. Aunque aún tiene un lugar para dormir, María dice que el resto del día lo pasa en la calle. “Con lo que hacemos en el día compro el gas para la garrafa y así podemos comer algo”, dice la mujer y agrega que donde vive ya no puede pagar la luz y cocinan con la garrafa y se iluminan con velas que compra con la plata que la gente le da.
“Es difícil ahora lo ves tranquilo”, dice mirando al hijo y cuenta: “cuando no comemos obviamente el humor le cambia, es un niño”. Además de dejarla sin trabajo María explica que la pandemia, una vez que pasaron los meses, también trajo como consecuencia que la gente se le acerque menos para ayudarla. “Dormimos unas horas en Casavalle y al otro día nos tomamos el ómnibus para venir a 18 de julio”, dice y agrega: “es la única esquina del Centro que conozco”.
La historia de Andrés (nombre ficticio) tiene algo en común con la de María: la pandemia y la pérdida de trabajo.
El hombre, de voz grave y pausada, demora en contar su historia y cómo fue que llegó a estar en situación de calle de día y en un refugio del Mides por la noche. Deja su mirada en un punto fijo y parece buscar en su mente esos golpes más duro que le sufrió en su vida desde que tiene memoria. Empieza hablar de bullying y dice que siempre quiso estudiar “leyes” para defenderse de los que, cuando era chico, se burlaron de él. Dice que terminó la primaria pero que como no tiene ciclo básico hecho, siempre le costó conseguir trabajo. Pero una vez que sacó la libreta de conducir profesional se dedicó al transporte. Pero la pandemia, agrega, hizo que perdiera su principal fuente de ingreso y que ya no pudiera pagarse la pensión donde antes de marzo dormía.
Andrés cuenta que tiene otro trabajo y que su patrón está por “ponerlo en caja” y le va a ofrecer conducir un camión. Pero por ahora cuenta que vive de “algunas tareas” durante el día, pasa el resto de las horas en la calle y cuando oscurece va a refugios.
Dice que es la segunda vez que está “en situación de refugio”. Pero esta vez fue “la pandemia la que limitó” su trabajo.
Luis (nombre ficticio) está a unas cuantas cuadras de distancia de María y de Andrés. En pleno Centro de Montevideo, por la calle Soriano, saluda a un hombre con un grito que retumba de una vereda a otra. “El es francés, yo puedo hablar con él porque sé varios idiomas”, explica a El País luego de saludar al hombre. Dice que sus padres nacieron en Estados Unidos, tuvieron hijos y luego vinieron a Uruguay y así fue como hace 38 años, nació. “Hablo con mis hermanos todos los días por el celular”, dice. Cruza la calle, saluda a los pocos vecinos que pasan por el barrio, y se acerca nuevamente. “Ya no puedo pagar la pensión y ahora estoy acá”, explica.
A unos metros de él, escondido entre unas rejas, está todo lo que tiene: una valija. “Me quedé sin trabajo. Yo trabajaba como soldador, también en la construcción, pero después de la pandemia ya no me salió más nada”, dice. Al igual que Andrés, cuenta que antes pasaba la noche en una pensión. Pero desde marzo ya no puede pagarla. Ahora, explica, cuida coches durante el día, y cuando oscurece agarra su valija y se refugia “en algún recoveco” del barrio. “Sé idiomas, sé soldar, he trabajado en la construcción, pero ahora estoy así”, cuenta Luis que, según el último censo realizado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) en julio 2020, es una de las 885 personas que se encuentran a la intemperie. El relevamiento de la cartera indicó que hay 2.553 personas en situación de calle y que 1.668 se encuentran en refugios. La cantidad de personas en situación de calle subió un 25,3% respecto al 2019.
Para Luis el refugio no es una opción.
“A la hora que tenes que ir, que es como a las 19:00 es de repente cuando hay movimiento acá y podes hacer algún peso. Tengo que andar pidiendo, no me gusta, pero no tengo otra”, dice. Hasta hace unos meses, cuenta, un local gastronómico, que había en la cuadra le daba comida, pero recientemente cerró como consecuencia de la pandemia. “La gente que antes ayudaba ya no está y la que está, está en seguro de paro”, se lamenta.
El Mides buscan ampliar sus 2.700 cupos disponibles
El Ministerio de Desarrollo Social (Mides) cuenta, al día de hoy, con 2.700 cupos para personas en situación de calle en distintos refugios. Según informó una fuente de la cartera a El País, estos cupos son “para personas solas, centros de cuidados que son para personas mayores o no auto validas y para mujeres, niños, niñas y adolescentes”.
Por otra parte, desde el ministerio se está buscando ampliar esa cantidad de lugares “para generar vías de egreso”.
La cartera de Desarrollo Social realizó dos convocatorias públicas para generar un modelo de viviendas que busca proporcionar alojamiento en viviendas independientes y dispersas a personas adultas sin hogar. Uno de los llamados fue dirigido a Cooperativas de Trabajo, Asociaciones Civiles y/o fundaciones para la gestión de hasta cinco proyectos de Viviendas.
“En primer lugar, nosotros estamos buscando con la convocatoria que salió el mes pasado, ampliar la cantidad de cupos. Es una realidad que hay mas gente en la calle y la idea es tener a disposición más cupos. Por otro lado estamos buscando alternativas distintas para generar vías de egreso porque tenemos gente nueva que cayó por la pandemia, pero también gente que está hace muchos años que está en el programa y el programa no supo generar alternativas genuinas para el egreso”, explicó una fuente del Mides a El País.
Los que ya estaban en situación de intemperie
Alejandro (nombre ficticio) pasa todos los días con un carro de supermercado lleno de pertenencias y su perro “Oso” por la zona de Pocitos. Dice que hace más de 15 años que está en situación de calle. Que quiere trabajar y que la pandemia “no le afectó mucho”, pero le cuesta conseguir alguna “changa” para poder comer y darle comida a “Oso”. Como Alejandro, en pleno Centro de Montevideo hay varias personas más.
Zara, cuyo nombre no es real, está embarazada de cuatro meses. Dice que “toda su vida” estuvo en la calle. Que pidió trabajo en comercios, en centros educativos que le quedan cerca, pero “no tuvo suerte”. Explica que ahora, que está esperando un hijo va a buscar acercarse al Mides para ver si “alguien” la puede ayudar. Ella vive en la calle con su pareja. En la esquina donde duerme hay varias cajas de cartón abajo de balcones en que, otras personas en igual situación, buscan refugiarse de la noche.
Luciano, un hombre de 40 años que vive en Buceo, también vive en la calle y hace “changas”. Dice que le hace los mandados a las personas mayores de edad y estas le dan algo de dinero a cambio. “La gente me ayuda mucho”, cuenta.