Antonio Mercader
Aunque está en la tapa del libro que los cargos sindicales no deben usarse para hacer carrera política, abundan dirigentes gremiales jugándose como candidatos de la izquierda en las próximas elecciones. El juego es peligroso pues fusionar sindicalismo y política —idea central del fascismo— es una forma de debilitar la democracia y también los derechos del trabajador.
Por eso, los sindicatos de ese tipo solían recibir el mote de "amarillos", amarillez que les viene de su presumible benevolencia ante el gobierno y los empleadores en desmedro de sus afiliados, pues ya se sabe que es imposible servir a la vez a dos patrones.
La cúpula del PIT-CNT debería predicar con el ejemplo, empezando por su titular, Juan Castillo, quien a ojos vista alterna su investidura gremial con el sayo de candidato a legislador por el partido comunista, lo que quizás explique, entre otras cosas, esa costumbre de la central obrera de saludar a Tabaré Vázquez como "el futuro presidente de los uruguayos".
De ahí para abajo, la confusión de roles degenera en entrevero: se ven militantes frentistas con chapa sindical juntando firmas para el plebiscito de turno, políticos de izquierda metidos hasta el cuello en conflictos laborales, sindicalistas inmersos en embrollos de política partidaria ( y a veces intrapartidaria), etc.
No siempre fue así en nuestro país. En su último libro, Ricardo Rocha Imaz recuerda, nostálgico, a gremialistas que renunciaban a posiciones sindicales cuando aceptaban figurar en una lista electoral, como por ejemplo, Adrián Barrios y Humberto Gómez, uno blanco, el otro socialista, quienes dejaron de conducir la Asociación de Empleados del Frigorífico Nacional para preservar, dijeron, la autonomía del gremio.
Que ésta no es una idea pasada de moda lo confirma hoy Héctor Florit, secretario de la Federación Uruguaya de Magisterio, quien alega que "los dirigentes sindicales no deben utilizar sus cargos para hacer carreras políticas, al tiempo que denuncia discriminación con gremialistas que no tienen carné de izquierda". ¿Qué tal?
El mejunje entre sindicalismo y frenteamplismo tampoco es bueno para los partidos, y menos aún si son partidos con expectativa de poder. El caso Ancap lo demostró el año pasado.
Recordemos: el EP-FA, con Vázquez a la cabeza, corredactó y apoyó una ley modernizadora del ente, pero bastó una objeción de los gremialistas de Fancap para que la izquierda diera una voltereta en el aire y militara contra su propia ley hasta forzar el referéndum que la derogó.
De ese modo, no hay quien pueda gobernar, porque los gremios, en particular los de empresas públicas, buscan ante todo defender sus intereses corporativos, coincidan o no con los intereses nacionales.
En suma, tan nocivos como los políticos amarilleando sindicatos son los políticos dejándose llevar de la nariz por los sindicalistas.