EN 25 AÑOS LA CAÍDA FUE DE 39%

La cantidad de nacidos en 2020 era la proyectada para después de 2050

En Uruguay sigue la caída de los nacimientos. El año pasado, según las cifras preliminares del Ministerio de Salud, se reportaron 35.866 nacidos vivos, 1.606 menos que en el año 2019.

Cantidad de nacidos en 2020 era la proyectada para después de 2050. Foto: Archivo El País
Cantidad de nacidos en 2020 era la proyectada para después de 2050. Foto: Archivo El País

A priori la pandemia no frenó la tendencia: en Uruguay cada vez nacen menos bebés. Las cifras preliminares del Ministerio de Salud Pública a las que accedió El País muestran que en el último año hubo 35.866 nacidos vivos, 1.606 menos que en 2019 (una baja del 4,3%). La magnitud del descenso es tal que la cantidad de nacimientos registrados en el país es inferior incluso a las proyecciones oficiales estimadas para después del año 2050.

Cuando dos años después del último censo nacional los demógrafos y estadísticos realizaron los cálculos de proyección de la población, basándose en la tendencia hasta el momento, usando modelos y tomando un escenario medio, tenían claro que para mitad de siglo Uruguay sería un país de baja fecundidad. Pero se quedaron cortos.

En 2020 Uruguay ya dejó de ser un país de “baja fecundidad”, ahora es un país de “muy baja fecundidad”. Eso significa que cada mujer en edad de ser madre tiene, en promedio, menos de 1,5 hijos.

La uruguaya es una sociedad de pocos hijos. Eso es histórico. Cuando la Celeste salió campeona del Mundial de Fútbol en 1950, en el recordado Maracanazo, en la región las mujeres tenían un promedio de seis hijos. Las uruguayas, en cambio, tenían solo tres. Pero la celeridad de la caída de los nacimientos que el país registra desde 2016, no tiene parangón. Así lo han señalado los demógrafos Wanda Cabella, Mathías Nathan e Ignacio Pardo.

El COVID-19, sin embargo, había sembrado la duda: ¿se habrá cortado la tendencia a la baja? Ni siquiera Juan José Calvo, quien dirigió el Fondo de Población de Naciones Unidad en Uruguay y que es una de las referencias nacionales en el estudio de la marcha poblacional, tenía claro qué iría a suceder.

“Podían darse efectos contradictorios: por un lado, en América Latina muchas mujeres dejaron de ir a los servicios sexuales y reproductivos por temor al contagio, o tuvieron dificultades de acceso a los anticonceptivos. Al mismo tiempo hubo más convivencia en las casas, lo que podría haber incrementado la fecundidad. Pero más tiempo en las casas, también equivale a más conflictos y en Argentina, por ejemplo, los divorcios se incrementaron un 35%. A eso se le suma la crisis económica y la dificultad de planificación... en definitiva, la pandemia era una incertidumbre”, cuenta el demógrafo y economista.

Así como en Uruguay el nuevo coronavirus no movió la aguja de fallecimientos en el año pasado, tampoco alteró la caída de los nacimientos.

En los años previos al COVID-19, la disminución de los embarazos en adolescentes era una de las principales causas de la abrupta caída de nacimientos en el país. Aunque Uruguay todavía estaba lejos de los promedios de los países más desarrollados, sí había podido despegarse de América Latina y mucho más de África.

El Ministerio de Salud Pública todavía no ultimó los detalles del descenso de nacimientos por edades, así que es imposible saber si las adolescentes tuvieron menos embarazos.

Cabella y Pardo estimaban que, en algún momento, aquellas mujeres uruguayas que dejaron de tener hijos, tendrían alguno. Su perspectiva era que estaba habiendo un corrimiento de la edad en que se tiene el primer hijo, pero no necesariamente un deseo de tener menos hijos.

Según el demógrafo Calvo, lo más relevante de este fenómeno “es que las personas tengan la cantidad de hijos que quieran tener, en el momento que lo quieran tener y con las condiciones para tenerlos”. En ese sentido, el especialista no es un apocalíptico ni piensa que nos vamos a extinguir.

Su sucesor en el cargo en el Fondo de Población, Fernando Filgueira, complementa que “la sociedad más envejecida que Uruguay presenta hoy es fruto de dos logros históricos: la humanidad logró vivir más años y las mujeres fueron capaces de decidir dónde y cuántos hijos quieren tener”. Y ante estos hechos, explica, “los países que intentaron incidir sobre la fecundidad han fracasado, no solo por una cuestión de derechos, sino porque no funciona poner a las mujeres a parir como quien da una orden”.

Aunque el envejecimiento población sea el resultado de buenas razones -de hecho, los países más desarrollados son más envejecidos-, el escenario no está exento de desafíos y debates. Está la discusión ideológica, la cual, al menos en Uruguay, está más ligada a cosmovisiones que a partidos. Y está la discusión económica, esa por la cual se creó una comisión de expertos para la transformación de la seguridad social.

Mujer embarazada. Foto. Shutterstock
Mujer embarazada. Foto. Shutterstock

Calvo, quien había sido citado a esa comisión, pero optó por no integrarla por aquello de que “en Uruguay se politiza todo”, explica que “lo demográfico pesa, pero decir que la seguridad social se arregla por lo demográfico es un tanto miope. Salvo que nos volvamos antiderechos, la mejora real del sistema va por la mejora de la productividad... eso han hecho los países más desarrollados”.

Filgueira es de los que piensa que Uruguay “debe discutir estos asuntos”. Considera que la baja de nacimientos hace que el país “deba plantearse más que nunca la inversión en infancia y educación, para que ningún niño quede por el camino y, aun siendo menos que antes, las próximas generaciones estén mejor formadas y sean más productivas”. Lo mismo, dice, con la incorporación cada vez más masiva de la mujer al mercado laboral.

Pero entre tanto debate, la caída de la natalidad en Uruguay en el último año viene acompañada de buenas noticias: no aumentó el porcentaje de prematuros (sigue en 9,5%) y tampoco el porcentaje de bajo peso al nacer (7,9%).

La educación perdería 26.000 alumnos en unos cinco años
Salón de clases vacío. Foto: Archivo El País

La uruguaya es una sociedad envejecida. Junto a la cubana, es la más envejecida de la región. Pero donde los expertos en seguridad social ven un desafío, los que saben de educación se maravillan ante una oportunidad: más chances de centralizar la enseñanza en pocos niños, de reducir los grupos, menos necesidad de contratar a maestros jubilados y hasta darse el lujo de refaccionar los centros educativos sin tener que invertir en grandes ampliaciones.

Si Uruguay fuera un recipiente hermético, en el que no entra ni se va nadie, la cuenta sería simple: la generación que ingresa a primer año de escuela nació en 2014, y aquel año fueron registrados 48.368 nacidos vivos. En el año 2027, cuando entren a la escuela los 35.866 bebés que nacieron el año pasado, la generación será un cuarto más chica.

En la práctica, el cálculo es un poco más complejo. No solo porque hay niños que migran (incluso con las fronteras semicerradas), u otros que mueren (en baja proporción), sino porque los resultados educativos tienden a incidir en la magnitud de la población escolar: si la repetición es demasiado alta y los niños quedan “estancados” en un grado, se empieza a acumular población.

Pero la realidad también muestra que la repetición sigue su tendencia a la baja y que la matriculación en Primaria es casi universal.

Por eso el Instituto Nacional de Evaluación Educativa pudo actualizar sus proyecciones en el trabajo ¿A cuántos niños y adolescentes deberá atender el sistema educativo obligatorio en los próximos años? Los datos toman en cuenta la natalidad hasta 2019, el último año cuyos resultados fueron publicados. Y la conclusión es contundente: “se confirma el estancamiento de la matrícula” y, si se toma un escenario en que las tasas de cobertura educativa estén incambiadas, el sistema todo (ese que va desde los tres años hasta el término del bachillerato) perdería más de 26.000 estudiantes en el lapso que va desde 2019 a 2025.

La “pérdida” de alumnos, sin embargo, no afectaría a todos los niveles por igual. En Primaria la baja parece “cantada”: cada vez habrá menos alumnos por generación y, dado que la matriculación es universal, es imposible “salir a pescar” nuevos estudiantes. Tanto es así que, “aplicando las proyecciones de población del Instituto Nacional de Estadísticas, se prevé para Primaria un descenso de la matrícula en 2025 de unos 7.000 niños respecto a 2019”.

En el ciclo básico de liceos y UTU también se confirmaría una caída del alumnado. Si se mantiene la cobertura actual -que todavía no alcanza la universalización-, al fin del quinquenio habría unos 6.100 estudiantes menos. Si se toma la tendencia de crecimiento para que se alcance la universalización en 2025, el ciclo básico también perdería matriculados, aunque en menor proporción (casi 4.000).

En educación inicial las proyecciones varían a la par del escenario hipotético que se tome. Con la cobertura actual, habría una caída de casi 3.000 alumnos para el año 2025. Pero si se observa la tendencia, sobre todo considerando el fabuloso crecimiento de la matrícula de niños de tres años (en que la educación todavía no es obligatoria), el sistema crecería en casi 10.000 estudiantes.

Una de las señales que complicarían este último escenario de crecimiento en la educación inicial, es que las inscripciones 2021 aún no superaron las de inicio de 2020. Aunque las chances de anotarse permanecen abiertas, parecería haber un freno en la cobertura. La Administración Nacional de Educación Pública no piensa en la obligatoriedad para los niños de tres años.

En el otro extremo del sistema de educación formal y obligatorio, en los bachilleratos, las proyecciones también cabalgan al ritmo de las hipótesis. Allí tampoco se alcanzó la universalización ni siquiera hay perspectivas de que se logre en 2025. Por eso, si se mantiene la cobertura actual, se perderían unos 10.000 estudiantes. Si se mantiene la tendencia de los últimos años, se incrementaría en unos 2.600. Y si se sigue la meta de cobertura propuesta por la nueva Administración, se llegaría a final del quinquenio con máximos 669 alumnos más. Por eso el Ineed entiende que, incluso alcanzándose las metas trazadas, en la práctica “la matrícula no aumentaría”.

Este factor demográfico ya está trayendo discusiones sindicales. Una de las justificaciones de la nueva Administración para el recorte de horas en Secundaria en que “hay menos alumnos para atender”. Y la discusión es probable sea más frecuente con el correr de los años.

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