INDONESIA

"Sentí que mi país me soltó la mano": el relato del uruguayo que perdió dos hijos en un naufragio en Indonesia

Javier advierte que desde Cancillería no se hizo nada para presionar en pos de que se pudiera extender la búsqueda de su hijo Quique, desaparecido en el mar.

El mapa de Indonesia dibuja un sinfín de islas rodeadas de aguas turquesas que, para los miles de turistas que las visitan cada año, representan el paraíso. Pero, para Javier Martínez, uruguayo de nacimiento con doble nacionalidad española, la realidad es otra. Esa imagen hoy expresa la peor pesadilla que una persona pueda enfrentar.

El pasado 26 de diciembre, la embarcación turística KM Putri Sakinah se hundió en las inmediaciones del Parque Nacional de Komodo, conocido por albergar a los dragones del mismo nombre. Lo que debió ser una divertida expedición familiar de tres días terminó con cuatro vidas segadas y un niño de 10 años, Quique, hijo de Javier, desaparecido en el mar.

Javier Martínez, padre uruguayo que perdió a sus hijos en un naufragio en Indonesia.
Javier Martínez.
Foto: Estefanía Leal

En ese barco iba la exmujer de Javier, Andrea, quien logró sobrevivir junto a otra hija de ambos, Mar, de 8 años. Pero el mar no tuvo piedad con los demás: allí murieron Fernando (que era la actual pareja de Andrea), su hijo Mateo, y la hija mayor de Javier, Lía, de 12 años.

Mientras Javier estaba en Uruguay pasando las fiestas, su mundo se partía en dos al otro lado del planeta. Luego fueron 60 horas de viaje y 15 días de búsqueda incansable, con ruegos de rodillas ante autoridades locales para que no se apagaran los motores del rescate.

Cuando el protocolo oficial se dio por vencido, Javier no bajó los brazos. “Me quedé varios días más pidiéndole a los pescadores, intentando”, dice hoy desde Montevideo, sentado en el living de la casa de sus padres, quebrado por el horror.

Mientras confiesa que debió humillarse ante funcionarios indonesios para estirar las horas de búsqueda, denuncia, con un nudo en la garganta, que Uruguay lo dejó solo. En el momento de mayor vulnerabilidad de su vida, el apoyo consular de su país fue, según sus palabras, prácticamente nulo.

El horror

El naufragio no fue un capricho del destino, sino, según las investigaciones preliminares que fueron difundidas ya por varios medios, una cadena de negligencias que llevaron al abismo. La embarcación zarpó a pesar de que las alertas meteorológicas advertían sobre condiciones extremas en la zona de Labuan Bajo, con olas que alcanzaban los tres metros de altura.

Javier, que no quiere hablar sobre aspectos del accidente puesto que ya se abrió una investigación de oficio y se llevará adelante un juicio, relata sí con precisión quirúrgica lo que su exesposa, Andrea Ortuño -una de las supervivientes-, le describió sobre los minutos finales: “Ella estaba en la parte de arriba, en el camarote, y los nenes estaban abajo. Cuando logra abrir la puerta, el barco ya se estaba girando. Tuvo que salir al borde, que era el lateral del barco, y tirarse al agua con la nena en brazos, flotando sin chaleco”.

Mientras Andrea luchaba por su vida y la de su hija Mar en el agua, en una oscuridad casi absoluta, los seis tripulantes ya estaban a salvo. Nadie dio la voz de alarma, nadie indicó dónde estaban los chalecos, y nadie regresó al interior de la cabina para rescatar a Fernando, Mateo, Lía y Quique. Andrea y Mar lograron llegar al bote por su cuenta. Hoy, el capitán y el jefe de máquinas enfrentan cargos penales en el proceso que se dirimirá en Indonesia.

El lugar del naufragio cerca del Parque Nacional Komodo, Indonesia.
El lugar del naufragio cerca del Parque Nacional Komodo, Indonesia.
Mapa: El País

El más uruguayo

El dolor de Javier está atravesado por la ironía de las fechas. Él había viajado a Uruguay el 24 de diciembre para pasar las fiestas con su familia. El 26, apenas un día después de llegar a Montevideo, recibió la llamada que ningún padre debería atender. En su recuerdo, surgen las palabras de Quique, su hijo de 10 años que aún permanece desaparecido.

“Quique no quería ir a Indonesia, quería venirse conmigo a Uruguay. Él adoraba este país, me decía que cuando cumpliera 18 años nos íbamos a venir a vivir juntos acá. Es más uruguayo que yo”, dice, y no puede evitar mezclar conjugaciones en pasado y presente al hablar de su hijo, al tiempo que dice que aún tiene la esperanza de que puedan encontrarlo.

Esa conexión con su tierra natal es la que hace que el posterior vacío institucional duela tanto. Javier perdió también la certeza de que su país pueda respaldar a algún uruguayo que esté en el extranjero. “Yo esto lo quiero contar porque no quiero que le pase nunca más a nadie. Porque quiero que si alguien está en esta situación, se le tienda una mano”, dice.

Javier Martínez, padre uruguayo que perdió a dos hijos en un naufragio en Indonesia.
Pasaporte de Javier Martínez.
Foto: Estefanía Leal / El País.

Javier llegó a la zona tras la odisea de 60 horas de vuelos, la que fue financiada íntegramente por su familia. Y al llegar se encontró con un operativo que dependía de prórrogas constantes. “Cada tres días había que negociar una prórroga. Yo conseguí un día y medio más tirándome de rodillas, pidiéndole por favor a la mujer del alcalde de allí que la extendieran”, cuenta.

En esa lucha, subraya un contraste que es el núcleo de su denuncia: mientras el Consulado de España enviaba a su máximo representante al lugar de los hechos, la presencia uruguaya se limitaba a mensajes de WhatsApp y no se involucraba en el proceso de búsqueda.

De vacaciones

Dentro del desamparo, no obstante, Javier destaca la actitud del Embajador de Uruguay en Qatar. A pesar de estar de vacaciones en Montevideo, el diplomático coordinó personalmente la asistencia para Javier durante su escala en Doha. “Puso todo su equipo a disposición, gestionando su recepción y brindándole un espacio donde pudo descansar mínimamente”, recuerda Javier con gratitud.

Sin embargo, al aterrizar en Indonesia, la realidad fue otra. La embajadora uruguaya en ese país se encontraba casualmente de vacaciones en la misma zona del accidente. No obstante, Javier relata que tras un breve contacto inicial, en el que él, mientras estaba en camino, le pidió que fuera a ver a Andrea (quien estaba “descalza y en las condiciones en las que logró salir del naufragio”), la presencia institucional desapareció.

Durante los 15 días críticos en los que se decidía si se seguía buscando a Quique, no hubo llamadas ni gestiones diplomáticas desde Uruguay para presionar al gobierno indonesio, insiste. No fue sino hasta el cierre del proceso, cuando el operativo oficial ya se había dado por finalizado, que la diplomática volvió a contactarlo telefónicamente, llamada que atendió un pariente suyo.

“La razón que me dieron después es que el grupo familiar era de nacionalidad española”, explica Javier, para quien la respuesta de Cancillería no solo es insuficiente, sino que ignora que él y su hija fallecida, Lía, son ciudadanos uruguayos. “Sentí que mi país me soltó la mano cuando más lo necesité”, sentencia, mientras muestra su pasaporte y el de su hija.

El contraste con la gestión de España es lo que más le duele. El cónsul español no solo interrumpió sus vacaciones, sino que se instaló con la familia en el puerto, negociando cada prórroga de búsqueda.

“Si Uruguay y España hubieran unido fuerzas, quizás habríamos tenido esas horas extra que necesitábamos para encontrar a Quique”, reflexiona Javier, sin poder contener el llanto, y tampoco la indignación. “Yo me siento muerto, esto lo quiero contar para que no le pase a otra persona”.

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