R. Aguirre y E. Etchevarren
Uno aprende a querer la vida, a disfrutar las pequeñas cosas sin necesidad de una droga", dice Pedro, un ingeniero de sistemas de 36 años, que tuvo una esposa y una hija antes de dejar de trabajar, de separarse de su mujer y de descubrir que todo su mundo era una mentira.
Pedro está sentado en medio de uno de los salones del centro de rehabilitación que, según dice, le salvó la vida. "Me llevó cuatro años comprender que solo no podía hacerlo", dice. Está sereno, habla pausado y se adivina en él una cierta satisfacción, la que puede tener quien ha vencido en una lucha por su vida.
La clínica que ayudó a Pedro aplica el sistema de abstinencia, los pacientes son internados durante semanas y privados de todo contacto con la sustancia que provocó la adicción.
Hoy en día, en Uruguay, los especialistas no se ponen de acuerdo sobre cuál es el tratamiento más efectivo para rescatar a una persona de la droga.
Las familias se debaten entre el sistema tradicional de cortar la relación del enfermo con la adicción y nuevas corrientes que apuestan a la "reducción del daño", un sistema ensayado en Europa y que permite que el paciente siga consumiendo aunque en forma controlada.
En los centros de internación que cortan la relación con la droga, el paciente permanece un período mínimo de cinco semanas internado sin salidas. Los primeros diez días son cruciales porque en ellos se enfrenta el peor momento del síndrome de abstinencia. Superada esa etapa, el tratamiento continúa con fases más abiertas. La duración total se estima en dos años.
En los centros que aplican la reducción de daños, el paciente no queda internado aunque concurre diariamente a la institución. El sistema permite que siga consumiendo sustancias a la vez que busca disminuir su frecuencia y atenuar los daños colaterales para la salud. El paciente sólo es internado por indicación médica o en caso que esté en riesgo su vida. El decide cuándo deja de consumir.
Especialistas que aplican uno u otro de estos tratamientos defienden sus opciones (ver nota aparte) y reconocen que la aparición de la pasta base, la nueva droga de bajo precio y alta dependencia, viene cambiando el perfil de los consumidores que buscan auxilio en esas instituciones.
A pesar de que muchos de los expertos consultados plantean dudas sobre la eficacia de las políticas de reducción de daños, el gobierno apuesta a esa línea de acción.
"A veces impacta, pero en Uruguay hay una política de reducción del daño. Se parte de la base de que las drogas causan daños y se busca minimizar el impacto adicional: hepatitis B, hepatitis C, tuberculosis, Sida, etc", explica Leonardo Costa, prosecretario de la Presidencia y máximo jerarca de la Junta Nacional de Drogas.
Costa defiende esa forma de enfrentar el creciente consumo: "Hay un dispositivo sanitario con médicos, sicólogos y asistentes sociales. No se trata sólo de: ‘vení a buscar tu jeringa’".
Duda que los métodos "prohibicionistas" den mejores resultados y aplaude el cambio en el discurso público que se ha producido en los últimos años.
"Antes, era ‘dígale no a las drogas’, esto cambió y a mi juicio para bien. Yo creo que ‘no a las drogas’ hay que decirlo en poblaciones muy específicas, pero si se le dice a un consumidor se te ríe en la cara".
VIEJO Y SEGURO. Sin embargo, Gustavo Giaudrone, un psiquiatra que se especializa en tratamiento contra adicciones dice que en Uruguay se sigue utilizando mayoritariamente el método basado en la abstención. "En todas partes se está de acuerdo en que es la única manera de terminar con el problema", afirma, señalando que el 90 por ciento de los tratamientos privados que se realizan en el país aplican ese sistema.
Además de considerar que el tipo de consumo que se da en Uruguay no es el más adecuado para aplicar las políticas de reducción de daños, afirma que en la base de la decisión hay un tema de principios, "porque admitir o simplemente permitir que se consuma menos es como admitir que las cosas están y que no se pueden evitar. En cambio el otro sistema plantea algo más de fondo: el problema realmente se puede evitar".
DIEZ DIAS. Pedro recuerda vivamente los primeros días de internación y el temido síndrome de abstinencia. Dice que son diez días en que el organismo pide, reclama, el alcohol o la droga que se le ha quitado. Hacen falta otras cinco semanas al menos para que el cuerpo deje de pedirlas.
"Entonces, uno comienza a notar avances: deja de tener lagunas mentales, comienza a recordar las cosas, mejora el olfato, el gusto, la visión. A nivel físico te sentís mejor, razonás mejor, porque uno se había olvidado de lo que era razonar".
Explica que abstenerse de consumir es sólo el principio y que luego se comienza a buscar el porqué del problema. "Uno descubre dentro de sí mismo cantidad de sentimientos, de emociones, que ocultó durante mucho tiempo, que no quería recordar y que acalló recurriendo a la droga o al alcohol".
"Después se empieza a crecer como persona, a verse tal cual es, a crear un vínculo consigo mismo y los demás. Y entonces, uno quiere curarse".
Hace ocho meses que comenzó el tratamiento y ahora sólo acude a la clínica durante el día. De noche está en su casa, donde vive solo, pero dice que si siente ganas de consumir sabe que puede llamar a la clínica aunque sean las 4 de la madrugada y refugiarse en ella.
LOS RESULTADOS. Los especialistas coinciden que en Uruguay no hay estadísticas precisas sobre el nivel de recuperación de las personas que se someten a tratamientos contra las drogas.
El médico siquiatra Giaudrone sostiene que los tratamientos cerrados en comunidad terapeútica y que implican la abstención tienen un índice de entre 20 y 40 por ciento de pacientes que se mantienen sin consumir dos años después de haber iniciado el proceso. Dice que fuera de ese plazo no conoce estudios sobre el tema.
"Hay algo que nos queda muy claro a todos: la tarea del tratamiento es difícil, es bastante frustrante y por lo tanto la prioridad en el tema de la droga es la prevención", señala.
Por el contrario, los responsables de programas que aplican la reducción de daños dan un panorama mucho más optimista, pero miden de forma muy diferente la eficacia.
Raquel Peiraube, la médica que dirige el Grupo Cavia exhibe como indicador que el 73 por ciento de los pacientes ambulatorios no abandonan el tratamiento al menos en los primeros seis meses.
También afirma que un 83 por ciento de las personas que se atienden logran en un año abstenerse de consumir la droga de la cual dependían.
"Esto quiere decir —explica—que si una persona es un dependiente de la cocaína y no tiene problema con el alcohol ni con la marihuana y al tiempo se fuma un porro cada tanto, para nosotros es un éxito terapeútico".
Peiraube cuestiona a los que llama "abstencionistas" "que deliran con el goce de la abstinencia porque para ellos lo importante es la abstinencia, para nosotros lo importante es la calidad, la naturalidad y la normalidad de vida".
Pedro se mantiene ajeno a la polémica y sigue su camino conciente de los riesgos: "a veces se coquetea con el peligro y se termina mal. El tema es estar fuerte, sólido y ser conciente que esto es para toda la vida, no hay marcha atrás".
La introduccion de la pasta base provoco un cambiO en la dinAmica del tema
"Planteamos suspender el consumo"
"Existen distintos niveles de consumidores: los ocasionales que no buscan la droga, los habituales que andan con ella, y los crónicos que sólo viven para ella", dice el director del Centro Izcalí, Fredy Da Silva.
El experto indica que hay dos maneras de tratar las adicciones: una es la suspensión, la otra es disminuir la droga progresivamente o irla sustituyendo.
"Nosotros planteamos la suspensión porque las sustancias que dan síndrome de abstinencia son fundamentalmente el alcohol, las benzodiazepinas que son los sedantes, los barbitúricos y los opiáceos. Los últimos casi no se consumen en Uruguay".
Advierte que la aparición de la pasta base cambió la dinámica del tema. "Antes venía una persona de 45 años y decía ‘yo tomo alcohol desde que tengo 15 años’; o venía un consumidor de cocaína y decía ‘hace 2 o 3 años que consumo cocaína los fines de semana’. Ahora viene el consumidor de pasta y dice ‘empecé hace 3 semanas y ya no puedo más, adelgacé 7 kilos, empiezo a consumir desde la mañana, me levanto y lo primero que hago es consumir". Explica que el consumidor de marihuana y cocaína consume al final del día para el baile o la salida mientras que el de pasta base tiene que consumir desde la mañana. "El consumidor de cocaína y marihuana puede estar integrado, puede ir a estudiar y a trabajar, el de pasta vive para consumir".
Da Silva sostiene que los períodos de abstinencia de marihuana y cocaína se pueden tratar con los técnicos y recursos que hay en el país, pero la pasta base requiere una estructura especial que no existe en Uruguay.
"A mi entender, el tratamiento de pasta base requiere al principio una precomunidad terapéutica porque son personas que no están capacitadas para alternar. Debería ser una programa de internación, de desintoxicación, de recuperación de la salud física, que saque al paciente de la descompensación psicológica y que controle su agresividad; pero eso requiere una estructura".