Pasado mañana se cumplirán nueve años del turbio episodio del hospital Filtro, por lo que es probable que en las próximas horas haya manifestaciones en recuerdo de aquel 24 de agosto de 1994. Ese día, varios miles de personas quisieron impedir por la fuerza que se cumpliera la sentencia de extradición dispuesta por la justicia uruguaya contra tres acusados de ser etarras. En el choque con la policía murió un manifestante. Desde entonces, todos los años se convoca a un acto en memoria del muerto, acto que suele tornarse en una muestra más o menos encubierta de apoyo a la ETA como lo prueban las consignas que se corean y las pintadas en la zona del Filtro.
La conmemoración tiene cada año alguna nota especial. Este año tiene dos. Una, que el ministro Stirling dijo temer desbordes similares a los del pasado 14 de agosto cuando una marcha estudiantil se desbocó, lo que hace suponer que habrá medidas preventivas y no volveremos a ver en TV a los agentes policiales acosados a pedradas por imberbes enmascarados, como ocurrió la otra noche ante la puerta del Codicén. La segunda novedad es que una de las responsables del malón de 1994, Rosario Delgado Iriondo, está presa en Francia acusada de terrorismo, por lo que los discursos de este año, si los hay, no seguirán pregonando la inocencia de aquella etarra de silueta frágil y verbo ígneo que, megáfono en mano, arengaba a los uruguayos a resistir la extradición.
Por Rosario Delgado Iriondo un ancho sector de la izquierda nacional derramó lágrimas y se golpeó el pecho cuando el gobierno decretó su expulsión en 1994. La plana mayor del Frente Amplio, presente ante el hospital donde los extraditados hacían una huelga de -no mucha- hambre, le extendió su solidaridad creyendo que ella y sus compañeros eran luchadores por la causa vasca. Fue la madre de todos los errores. Tuvieron que venir socialistas y sindicalistas hispanos a aclarar que los genuinos defensores de esa causa eran -y son- los pobres concejales de los pueblos vascongados, acosados, amenazados y con frecuencia asesinados por los matones de la ETA, así como los miles de españoles que expresan en la calle su repudio a los violentos.
Pasaron nueve años y la banda sigue matando inocentes en España mientras que aquí, so pretexto de evocar un hecho desdichado, hay quienes a la chitacallando no disimulan su afecto por los etarras cuando ya no existe filtro -político, moral o de cualquier especie- por el que la ETA pueda pasar indemne. Es que el silencio ante la ETA también es una forma de adhesión. Un silencio como el que siguió a la denuncia del juez Baltasar Garzón(el que hizo arrestar a Pinochet en Londres, el perseguidor de militares argentinos por genocidio) cuando el año pasado detectó viejas conexiones entre ETA y los tupamaros uruguayos. De esos nexos, que según Garzón incluían blanqueo de capitales y una empresa pesquera, no se habló más a pesar de que el diario El Mundo, de Madrid, aportó datos precisos. Hasta hoy, es curioso, sobre esa denuncia de Garzón nadie ha dicho ni mu.