BARRIO SUR

El medio mundo de Páez Vilaró

El sábado 24 habrá doble homenaje: la muerte de Páez Vilaró y los 99 años que cumpliría Juan Ángel Silva. Los vecinos no se olvidan del aporte del artista a la cultura afro.

En diciembre se cumplen 40 años del desalojo y demolición del Conventillo Mediomundo, el lugar que Carlos Páez Vilaró eligió como segunda casa y su hija Agó todavía frecuenta. Foto: Archivo
En diciembre se cumplen 40 años del desalojo y demolición del Conventillo, el lugar que Páez Vilaró eligió como segunda casa. Foto: Archivo El País.

La primera vez que Carlos Páez Vilaró pintó en el Conventillo Mediomundo lo hizo de traje y corbata. Su acercamiento al Barrio Sur fue de la mano de Wellington, Raúl y Juan Ángel Silva a fines de la década del cuarenta. Estos tres hermanos encontraron al artista haciendo unos bosquejos en la fachada del Cementerio Central y lo invitaron a la casa de inquilinato ubicada en Cuareim 1080, que fue desalojada y demolida hace 30 años.

Waldemar "Cachila" Silva, hijo de Juan Ángel y actual director de la comparsa Cuareim 1080, guarda una fotografía de aquel primer día donde el pintor, escultor y poeta empezó a enamorarse de los tambores y la cultura afro. "Cachila" asegura que gracias a Páez Vilaró el candombe se hizo conocido en el mundo, ya que facilitó muchos de los viajes que realizaron los lubolos del barrio.

Con Juan Ángel Silva fueron carne y uña. Y fue el propio Páez Vilaró quien bautizó a la comparsa que su amigo fundó en 1952. "Morenada significa montón de negros en un dialecto africano y él quiso llamarla así", cuenta Cachila. Y agrega: "Carlitos fue Morenada y Cuareim 1080". A Páez Vilaró le tocó irse de este mundo el 24 de febrero de 2014, y coincidió con la fecha de cumpleaños de su amigo Juan Ángel Silva, que el próximo viernes celebraría sus 99. "La naturaleza es así. Pero están allá arriba acompañando siempre en todo esto", dice "Cachila". El viernes 24 habrá un doble homenaje a estas dos figuras emblemáticas del Barrio Sur. Se instalará un tablado en la puerta de lo que fue el Mediomundo, donde hoy funciona una cooperativa de viviendas, para que suenen los tambores de Cuareim 1080 y otras tantas comparsas de la zona.

Uno más.

Tama Ríos tenía siete años la primera vez que vio a Páez Vilaró junto a su futura esposa, "la chica Madelón", en los pasillos del Mediomundo. Ella vivía en el inquilinato con su familia y recuerda verlo estacionar "la voituré", un coche antiguo, grande y llamativo, en la puerta de su casa. Era un clásico que sacara a dar vueltas a la manzana a todos los niños de la zona. "Era una niña, me dedicaba a jugar, no reparaba en que Carlos Páez Vilaró iba a llegar a ser una persona tan importante en el mundo", dice esta mujer que se gana el pan como cantante de boleros en boliches, cumpleaños, casamientos y divorcios.

Pasaron 68 años y no se le borra la cara bonita y sonriente de este hombre blanco que derrochaba amabilidad. "Para nosotros era un negro más y lo demostraba todos los días tocando y emparchando tambores, haciendo las mismas actividades que el resto de los vecinos".

Paéz Vilaró pasaba jornadas enteras en la habitación Yacumenza de Juan Ángel Silva entre pianos, chicos, repiques y pinceles. A este hombre bohemio que guardaba las telas debajo del colchón, le gustaba pintar hasta la madrugada y por eso muchas veces se quedaba a dormir en el conventillo. "Recuerdo sus bosquejos negros: la mama vieja, la bailarina y la vedette", rememora Tama Ríos sentada en Montevideo Sur, un mítico bar ubicado en la esquina de Maldonado y Paraguay que Páez Vilaró también supo frecuentar.

Tama cuenta que en la época en que "el hombre y la mujer blancos hablaban mal de los inquilinatos e inventaban que estaba lleno de prostitutas cuando en realidad vivían familias, Páez Vilaró nos regaló el primer árbol de Navidad que tuvieron los niños del Mediomundo, y dejó en cada puerta de ese conventillo canastas con pan dulce, turrones, caramelos y dulce de membrillo en latitas".

No todo el barrio quería a este artista. Algunos decían que se acercaba a la colectividad negra para lucrar, o que tocaba el tambor para hacerse ver, pero Cachila asegura que es puro cuento, ya que no lo necesitaba. "Siempre nos dio una mano y trabajó con nosotros. Inició el desfile de comparsas en Punta del Este para conseguir que la gente viera tambores en Gorlero".

Ivonne Quegles es concejal municipal y tenía ocho años cuando tiraron abajo el Mediomundo, así que guarda pocos recuerdos de aquella época. Sin embargo, conoció a Páez Vilaró y le consta que no todos lo querían. "Tenía fama, dinero, vivía en Punta del Este y seguía viniendo al barrio. Incluso cuando falleció su amigo Juan Ángel Silva siguió unido. Nunca sentí que lucrara con el candombe".

Según Tama Ríos, Páez Vilaró fue Gardel en el barrio, pero cuando se casó con su primera esposa, Madelón Rodríguez, la relación cambió, y dejó de visitarlos tan seguido. "La señora muy rubia y muy blanca no tenía nada que ver con los negros, pero de todas maneras fue un tipo amado por todos nosotros".

El fin.

El 3 de diciembre se cumplen 40 años del desalojo y posterior demolición del Mediomundo dos días después. Tama Ríos se enteró de la triste noticia por teléfono porque estaba a miles de kilómetros de Uruguay. Se había ido a cantar candombe a Italia, donde vivió durante cuatro años, y hasta el día de hoy habla perfecto el idioma. Su hermana la llamó para decirle que no se desesperara: "Llegás tarde para lo que sea". Lo vivió a la distancia pero sufrió muchísimo por la forma en que los arrancaron de su hogar. "Tiraban los roperos por el balcón y me dolió mucho porque la época en que fui más feliz fue en la adolescencia, que la viví ahí. Era mi castillo, mi palacio".

Cada vez que pasa por la puerta de lo que fue el Mediomundo se siente mal. La única vez que entró pidió que la sacaran porque le temblaba todo el cuerpo. "Se había dicho que los que vivíamos ahí y quisiéramos tener un apartamento lo íbamos a poder comprar, pero eso no pasó". Se queja de que para construir el nuevo edificio sacaron el aljibe, un ícono del lugar. "Era un lugar para mantener. Si no querían que viviera nadie podrían haber hecho un museo con pedestales de nuestras figuras que ya no están como Martha Gularte, Rosa Luna, Juan Ángel Silva, para llevar a los turistas y cobrar entrada. Pero no tuvieron sesos, prefirieron hacer daño y lo tiraron abajo".

Tama y Cachila aseguran que Páez Vilaró quiso comprar el Mediomundo para transformarlo en un centro cultural donde se dictaran talleres y se vendieran tambores. "Tenía varias empresas adheridas al proyecto antes de irse a Estados Unidos, que fue cuando se enfermó del corazón, pero no pudo darse porque otra cosa pudo más que él. Le tocó estar allá cuando tenía que estar acá y así evitar que eso (la demolición) pasara. Hay fuerzas que pueden más que uno", asegura Cachila.

Hoy, Agó Páez continúa con el legado de su padre. Pinta tambores y colabora previo a Las Llamadas. Así rememora esos años donde ayudaba a vestir a Carlitos para que desfilara por Isla de Flores. Las visitas de Agó sirven para que quienes lo sienten un padre lo extrañen un poco menos.

Con los tambores hasta el último día

Páez Vilaró no se perdía un desfile de Llamadas. Tenía una afección al corazón pero no le importaba, "podía más el tambor", dice "Cachila". En la última que participó "Cachila" lo dejó que saliera de la calle Cuareim con la condición de que en el desfile se fuera a su casa. "No podemos jugarnos las cartas", le dijo. Carlos hizo caso y abandonó en Ejido. "En mitad de cuadra una mujer me dice, ¿dónde está Carlitos? Yo no sabía qué hacer, pero nunca se lo conté a él porque sino me mataba".

Un "padre" para el conventillo y el Barrio Sur

Tama Ríos se enteró a través de la radio que Carlos Páez Vilaró había muerto el 24 de febrero de 2014. Sus restos fueron velados en Agadu y en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, y como la cantante vivía a la vuelta de Agadu le dijo a su hermana mayor que iría ella en representación de la familia. "Otro más que se va", pensó. Esa tarde estuvo con los hijos del artista y lloró mucho. "Fue muy triste, emotivo y removedor. Acá fue Gardel".

Tama acompañó al artista hasta la puerta del Cementerio Central, el lugar donde lo encontró Juan Ángel Silva, y donde hoy descansan sus restos, pero no quiso entrar al entierro, ya que tras el fallecimiento de su madre había prometido que no pisaría un cementerio nunca más, salvo para verla a ella o "el día que me llamen a mí".

La imagen que guarda de aquel 25 de febrero es de una despedida llena de flores y gente conmovida. Ella misma lloró un montón. "Cuando vos te crías con alguien forma parte de tu familia. Fue como un padre sin serlo".

Páez Vilaró y Juan Ángel Silva eran carne y uña. Cuando éste murió, el artista empezó a comunicarse mucho más con su hijo, "Cachila" Silva, a quien vio nacer, y se hicieron íntimos amigos. El director de Cuareim 1080 dice que Carlitos siempre lo invitaba a que se quedara en Casa Pueblo. "Lo visité muchas veces, fui a varios cumpleaños suyos para festejar e hicimos varias actuaciones con Morenada en Casa Pueblo. Lo extraño mucho y lo seguiré nombrando hasta morir porque fue una gran persona".

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