POR PABLO PERA PIROTTO
"Es algo tan triste que igual dejás a tus hijos sin comer para tener dinero para jugar en el casino"
No poder dormir esperando que llegue la hora en la que abre el casino, vivir de mentira en mentira para esconder su problema, traicionar a los seres queridos y a los propios valores, incluso rebajarse a robar o a hacer cualquier cosa para poder tener un poco más de dinero para seguir jugando son sólo algunos de los terribles aspectos que conforman el infernal mundo de los jugadores compulsivos.
En Uruguay funciona desde hace 14 años una asociación de Jugadores Anónimos (JA), que reúne en distintos barrios de Montevideo a un gran número de personas con este problema, conocido también como ludopatía.
Según sus integrantes, la cantidad ha ido aumentando con el paso del tiempo producto del incremento en la oferta de juegos que han captado, sobre todo, al sexo femenino.
"Las mujeres jugamos sobre todo a las maquinitas tragamonedas. A mí por ejemplo, no me llamaban la atención la ruleta o los juegos de cartas", relató Sandra, una de las integrantes de JA. Ella hace dos años que no juega y lucha día a día para no recaer en su terrible adicción. "Yo jugué sólo dos años, pero en este tiempo llegué a hacer un intento de suicidio por la gran suma de dinero que perdí. Me gasté todos los ahorros de muchos años de trabajo y endeudé a mi familia. Llegué a estar en un casino 24 horas seguidas y a ponerme pañales para no tener que levantarme de la máquina y poder seguir jugando. Es tan triste que igual dejás a tus hijos sin comer o le comprás lo más barato para que ese dinero sobrante sea para ir a un casino", relató.
Las historias de los integrantes de Jugadores Anónimos son parecidas, más allá de las distintas edades, religiones y niveles socio económicos de sus integrantes. Por eso, una de las premisas es no hablar de dinero en sus reuniones. "Es lo mismo el que perdió 500.000 dólares que el que se jugó el dinero para comprarle la leche a sus hijos", explicó Abraham, que a sus 65 años recuerda cómo era su vida hace seis años, antes de concurrir al grupo. "Yo, que tuve todos los vicios aseguro que no hay nada que haga más daño que el juego. Lo peor es que uno hace pomada a todos los que están alrededor, a la familia. Yo perdí una casa y robé entre las muchas otras cosas terribles que hice. La vida de un jugador es muy fea, no se disfruta de nada", confesó.
Alejandro tiene 34 años y hace un año que no juega. Según sus propias palabras tuvo que tocar fondo para tomar conciencia de su problema. "La vida se me hizo pedazos. Yo trabaja en un medio de publicidad y me encargaba de la cobranza. Al tener acceso a plata llegué a robar, a sacarle dinero a las personas que más quería; no fui preso de casualidad. El juego me hizo perder el trabajo y lo peor de todo es que destruyó mi matrimonio".
Andrea es una de las más chicas del grupo que se reúne dos veces por semana en la Iglesia de Fátima en Pocitos. Con apenas 21 años reconoce que tiene un grave problema que no puede solucionar. "He llegado a jugar a las máquinas muchas horas seguidas, dejando de comer y de dormir. Yo vivo sola en una pensión con chiquilinas de mi edad que no pueden hacerse cargo de mí. Por culpa de esta adicción me dejó mi novio la semana pasada. Ahora, lo único que me queda es mi trabajo y no lo quiero perder".
SE PUEDE. Como sucede con otras adicciones, si bien no es fácil dejar el vicio, los integrantes de Jugadores Anónimos aseguran que es posible. Siguiendo un programa de recuperación que consta de doce pasos y yendo a las reuniones se puede zafar del vicio y, lo más difícil, no reincidir. "En el grupo encontré un lugar en donde pude contar todo sin que nadie se asustara. Es bravo que alguien que nunca sufrió ninguna adicción te pueda entender. Lo primero que encontré acá fue un lugar en donde sacarme la mochila que traía encima. También ayuda mucho el programa, que es parecido al que se utiliza en otros grupos de adictos", destacó Alejandro.
"El mensaje que quiero darles a aquellos que juegan, es que se acerquen al grupo, porque se puede dejar de jugar y es una vida totalmente distinta: hoy duermo, vivo, disfruto de mi familia. Ahora puedo descansar sin escuchar las maquinitas en mi cabeza. Es otra vida", dijo Sandra. Un cambio parecido es el que relata Abraham: "Lo que yo disfruté de la vida, de mis hijos y nietos en estos seis años en los que llevo sin jugar es muchísimo más que todo lo que viví en los cuarenta y cinco años de jugador compulsivo". Andrea, mientras tanto, confía en poder mantenerse en abstinencia y no recaer como le ha sucedido en otras oportunidades. "Creo que esta vez voy a lograrlo", manifestó con la esperanza de poder comenzar a rearmar poco a poco su dignidad.
Los que necesiten ayuda pueden llamar al teléfono 575 53 92 o escribir al e-mail . Como dice su slogan: "Si usted quiere seguir jugando es problema suyo, si usted quiere dejar de jugar es asunto nuestro".
Recuperación
Alguno de los doce pasos del
Programa de Jugadores Anónimos:
Admitimos que éramos impotentes antes el juego, que nuestras vidas se habían vuelto inmanejables.
Admitimos ante nosotros mismos y ante otro ser humano la naturaleza exacta de nuestros errores.
Estamos completamente listos para deshacernos de estos defectos de carácter.
Hicimos una lista de todas las personas a quienes habíamos dañado y nos dispusimos a indemnizarlas a todas.