—Yo estoy bien, aunque cada tanto tengo recaídas. Pero me perdoné.
Juana Echart estuvo un año presa por la muerte de siete hijos en el incendio de su casa cuando salió a bailar con una amiga en Dolores (Soriano) en la noche del domingo 8 de febrero de 1997. El mayor de los hijos fallecidos de Juana tenía 12 años y el menor, 17 meses.
En ese momento, en la pequeña casa también vivían sus hermanos Jorge Batlle y Rubén Rogelio Echart. En una casa separada, vivía su tío, José María Britos, hoy fallecido.
El origen del siniestro no quedó claro en el expediente judicial ya que Bomberos no pudo determinarlo y lo calificó como dudoso.
Juana testificó que dejó a los niños a carga del mayor, la habitación a oscuras y no trancó la puerta de la entrada del rancho. Otros vecinos declararon que, horas antes del siniestro, el mayor de los hijos de Juana había prendido fuego a unas bostas de ganado para espantar mosquitos y que una brasa podría haber terminado dentro del rancho.
Al ver las llamas, los niños más grandes despertaron a los más chicos y trataron de huir por la otra puerta que estaba con llave y no por la del frente que estaba cerrada, pero sin candado, según contó un vecino que logró romper la puerta. Los siete fallecieron trágicamente contra la puerta, dijo.
Al día siguiente, en la comisaría de Dolores, Juana fue interrogada.
- ¿Tuvo alguna visita en la noche de ayer (por el día del incendio?
- Mis hermanos habían salido. Cuando eran como las 10 de la noche, me visitó mi amiga que conozco como Ana María “Lola” Tarragona. Vino sola. Nos pusimos a conversar afuera en el patio. Cuando eran como las 10 y media de la noche, ella me invitó a ir al baile que había en el Barrio Sur. Llegamos allá como a las 11 y media y miramos desde afuera. Vimos que había poca gente y por eso no entramos. Cuando eran como las 12 apareció una persona que conozco en una moto y me dijo 'Vamos para tu casa, pasó algo con un primus”.
El conductor de la moto se llamaba Huber Reyes, de entonces 24 años, trabajador en una barraca de la zona.
Ante la Policía, Reyes dio detalles del encuentro con Juana en la puerta del baile: “Le dije que subiera a la moto que la iba a llevar a una parte. No me animé a decirle que había visto el incendio de su casa. Pero en el camino ella insistió tanto que le tuve que decir que la llevaba al barrio Calvo. Antes de llegar vio el camión de bomberos frente a su casa. Me agarró fuerte, comenzó a llorar y decía ‘mis hijos, mis hijos”’.
¡Asesina, asesina!
Es domingo. Pasaron 28 años de la tragedia. Juana recorre una veintena de cuadras para visitar a Jorge Batlle Echart que vive en el barrio Calvo de la ciudad de Dolores.
Al ver llegar a una vecina y a un periodista, Juana se acerca sonriente. Bromea con la vecina sobre el montón de tiempo que pasó desde la última vez que se vio en el barrio.
Juana baja la mirada cuando habla con el periodista sobre sus siete hijos fallecidos en el incendio mientras ella había concurrido a un baile. Mira al piso y deja pasar varios segundos. Es evidente que su mente se pierde en el tiempo. Elige las palabras.
Lo primero que Juana recuerda, con amargura, fueron los duros momentos que vivió cuando la gente de la ciudad de Dolores se dividió por las muertes de los niños durante el incendio. Algunos consideraron que Echart era una víctima más de toda la situación familiar que debió enfrentar en el pasado y otros la señalaron como una mala madre que dejaba solos a los niños para irse a bailar.
-Usted fue llevada al Juzgado Penal de Dolores en un patrullero, ¿qué ocurrió?
-Escuché los gritos de personas que yo conocía y que me decían 'asesina, asesina'. Me culpaban por las muertes de mis pequeños hijos. Y eso que esas personas sabían que yo daba todo lo que podía por mis hijos.
-Pero la directora de la escuela dijo que los niños iban poco, que usted los abandonaba de noche y que no tenían calzado.
-Eso no era cierto. Mis hijos nunca pasaron hambre. Estaban cuidados. No andaban en la calle.
Juana vuelve a quedar en silencio durante unos segundos. Luego recuerda que fue condenada por las muertes de sus siete hijos.
-Muchas personas me fueron a visitar a la cárcel. Una que me llamó asesina en la puerta del Juzgado pidió para verme. Le dije a la guardia que no la quería recibir. Yo no era una asesina. Y en la cárcel no tuve problemas con nadie. Reitero, yo los cuidaba a mis hijos.
El 9 de enero de 1997, el fiscal del caso, Antonio Maciel, solicitó el procesamiento con prisión de Juana por el delito de homicidio culpable.
“Se tiene en cuenta que este hecho (el incendio y muerte de siete niños) no tiene precedente en el departamento y en el país, que ha causado alarma social y nacional”, dijo el fiscal, según consta en el expediente judicial al que accedió El País.
El juez de Dolores, Silvestre Barrera, hizo lugar al pedido de la Fiscalía. El 10 de febrero de 1997, Echart fue alojada en la cárcel de Cañitas, Río Negro. Cuatro meses más tarde, dio a luz a un hijo. Su abogado defensor, Julio César Luzardo, luchó en los estrados judiciales reclamando por la excarcelación de Juana en varias ocasiones.
La prisión de Echart movilizó a muchas mujeres, quienes publicaron cartas en medios de prensa de Soriano y de otras partes del país. “Somos muchísimas las madres que hemos dejado a nuestros hijos menores solos por diversos motivos (trabajo, estudio, etc). Ella los dejó para ir a bailar, pero ¿es que hubiera sido menos trágico si hubiera sucedido por ir a trabajar? No los dejó encerrados, una puerta no estaba cerrada con llave. Si ella estuviera allí, no podría salvarlos. Se hubiera calcinado ella también”, dice la misiva de una madre que fue agregada al expediente judicial.
Una vecina de Echart, Luz Mireya, declaró ante el juez: “Para mí el trato que daba Juana a sus hijos es el mejor que puede dar una madre en las condiciones de ella (…) Todos ellos iban a la escuela”.
Otra testigo, Amelia Aurora Herman, señaló en la Sede que Juana era “una víctima más” de una serie de acontecimientos violentos que sufrió en su familia. “Siempre hizo todo lo que pudo por sus hijos”, afirmó.
También hubo organizaciones sociales de Soriano y de Río Negro, entre otras partes del país, que se solidarizaron con Echart y enviaron donaciones y emitieron declaraciones públicas en su apoyo. El 25 de febrero de 1997, Juana fue condenada a una pena de tres años y dos meses de penitenciaría por un delito de homicidio culposo con resultado de pluralidad de muertes.
Finalmente, en la visita de cárceles que hace la Suprema Corte de Justicia, Juana fue liberada el 10 de febrero de 1998. Estuvo un año exacto en la cárcel.
-¿Qué hizo cuando salió en libertad?
-Fui a llevarles flores a las tumbas de ellos y de mis padres. Lo hago cada 10 o 15 días.
- ¿Les habla a sus hijos?
-Sí.
- ¿Qué les dice?
-Eso no le puedo decir. Es un tema muy íntimo mío.
- ¿Y qué pasó con su tío, que vivía en la casa de al lado durante el incendio?
-Él no quiso ayudar. Escuchó los gritos de mis hijos y quedó acostado. Un vecino que llegó a dar una mano, le pidió un hacha o un pico para abrir la puerta de mi casa y él no dio nada.
Ahora la vida de Juana es otra. Vive con el padre de sus dos hijos en una vivienda de material ubicada en el mismo terreno donde estaba el rancho incendiado.
Y trabaja como empleada doméstica en una casa desde que salió de la cárcel. Los dos hijos, que hoy tienen 27 y 26 años respectivamente, armaron sus vidas. Ellos rodean a Juana, la protegen. En la familia existe el convencimiento de que ellos fueron los que la ayudaron a salir adelante después de la tragedia.
"Tata, viene la policía"
Los defensores de Juana relataron a la Justicia que el incendio y muerte de sus siete hijos fue el episodio más trágico de una vida cargada de sufrimiento desde que era una adolescente.
En esos años, Juana y su hermana María Mercedes Echart, de entonces 17 años, sacaban adelante a la familia y criaban a sus hermanos porque sus padres eran alcohólicos. A veces, en la casa no había ni para comer, según consta en el expediente judicial al que accedió El País.
Una noche, Juana y su hermana descubrieron con horror que sus padres, en estado de ebriedad, habían asfixiado a un hermano pequeño.
La muerte seguiría rondando a la familia. La hermana María Mercedes se ennovió con un conocido del barrio. El hombre era muy violento. Una tarde de 1993, la mató de 11 puñaladas.
Uno de los hermanos de Juana, de entonces nueve años, presenció el ataque. Nada pudo hacer para defender a su hermana. Era muy chico. El niño se llama Jorge Batlle. Su padre era un ferviente seguidor del líder de la histórica Lista 15. Poco después del feminicidio, el padre de Juana llegó a la casa con un hacha dispuesto a entrar en la habitación y hacer justicia por mano propia. Jorge Batlle agarró del pantalón a su padre.
“Tata, no entre. Quédese acá afuera. Ya viene la Policía”, dijo. Adentro de la pieza, el matador se hizo el muerto hasta que los policías lo detuvieron.
En el expediente judicial también hay testimonios de amigos de la familia y vecinos que señalaron que Juana sufrió durante muchos años la muerte violenta de su hermana María Mercedes. Que ese fallecimiento marcó su vida, al igual que la pérdida de sus hijos.
Hoy nada queda de los dos ranchos -el que sufrió el incendio y el del tío de Juana-. Un pastizal enorme cubre todo el lugar como si fuera un santuario. Juana y su pareja levantaron en el predio de al lado una casita de material, digna, pintada de violeta.
- Después de tantos años, ¿cree que la gente de Dolores la perdonó como usted hizo consigo misma?
-Creo que sí, que en el pueblo me perdonaron.