Incentivos en un debate que no fue

Rosario Queirolo

El debate sobre el debate ha estado presente en la agenda de campaña desde las internas. En los días posteriores a las elecciones de octubre fue cuando más cerca estuvo de concretarse, pero nuevamente la posibilidad se desvaneció. Es que si los candidatos no ven con claridad qué ventaja obtendrán del debate, no tienen incentivos para participar, y la iniciativa naufraga. Esto es, una vez más, lo que sucedió esta semana.

Idealmente, los debates políticos son una buena cosa para la democracia porque promueven la presentación y el intercambio de ideas. Ayudan al elector a conocer con mayor profundidad las propuestas de los candidatos, lo que abre el juego para que, tanto diferencias como puntos de contacto, queden claramente de manifiesto.

Sin embargo, la escena típica del debate entre candidatos presidenciables que actualmente se puede ver está lejos de lo que imaginaron los idealistas democráticos. Se trata de eventos regulados por criterios estratégicos de campaña, pautados por lógicas mediáticas y publicitarias, en los que se concentra mucho más atención en las formas que en los contenidos.

En este sentido, lo que en el mundo contemporáneo pesa a la hora de tomar decisiones respecto de si, y cómo debatir, es la potencial ganancia estratégica. Si los candidatos creen que pueden ganar más de lo que pueden perder en una instancia de debate, entonces tienden a buscarla u aceptarla. Si, por el contrario, se ven riesgos potenciales en una exposición de este tipo, entonces la tendencia es a la evasiva o negativa, más o menos abierta.

El peso de los debates es más grande cuanto menos frecuentes son. Esto no significa que su influencia vaya a ser más grande en Uruguay, donde han escaseado sobre todo en los últimos años si se lo compara con un país como los EE.UU., donde hay debates para cada instancia del período electoral. Pero sí implica que la atención que se presta a estas instancias es mayor donde más escasos son. Como con casi todo lo que se realiza en exceso, los debates se devalúan.

Pero, ¿qué es lo que se puede ganar en un debate? Todos los participantes de un debate, con independencia de su desempeño, ganan de la exposición por la capacidad de reforzar el apoyo de aquellos que ya estaban de su lado: los "duros" y los partidarios que -salvo gran papelón- verán en el candidato de sus amores al triunfador del evento.

Pero a los candidatos y a los estrategas, lo que los desvela no son las consecuencias que pudiera tener el debate en este grupo de votantes "duros". El electorado que está en juego en el debate, o en riesgo, es aquel que aún no sabe qué votará, o que tiene apenas una inclinación débil que necesita ser reafirmada, los integrantes de ese grupo son la audiencia que usualmente más se atiende. Escoger y desarrollar los temas que más les preocupa a estos electores, presentar detalladamente propuestas que los ataquen, y mostrarse capacitado para llevarlas adelante son los desafíos que los candidatos tienen que pasar, diferenciándose, además, de los oponentes.

Si tomamos en cuenta que la influencia de los debates se ve amplificada por la repercusión que tienen en la prensa, entonces la posibilidad de poner un nuevo tema en la campaña, o de mirar un viejo tema desde una nueva óptica, o con una propuesta innovadora, puede ser una movida vital de campaña si se apunta al público correcto y de la forma correcta.

Las negociaciones para el debate entre las fórmulas presidenciales del Frente Amplio y el Partido Nacional se interrumpieron porque el Frente Amplio argumentó que el clima de campaña de los últimos días no aseguraba que se diera en buenos términos. Los últimos movimientos de campaña del Partido Nacional, y en particular la difusión del "informativo sobre el caso Feldman", le dieron la excusa al partido de gobierno para evitarlo. Finalmente, los uruguayos nos quedamos sin debate y un poco más lejos del idealismo democrático. Aunque parece que no a muchos les importa.

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