Es cierto que la mayoría de los chicos que egresan del instituto salesiano eligen quedarse en el campo, pero también están los que deciden mudarse a la ciudad, incluso algunos de ellos han optado por radicarse en Montevideo.
Claro que la decisión está relacionada con el factor económico: vivir y estudiar en Montevideo implica un desembolso que ninguna de estas familias puede realizar por sí sola.
En algunos casos, los salesianos pueden colaborar. "Nosotros queremos que los chiquilines se queden acá en el campo, pero a algunos les pica el interés por la mecánica y cuando terminan tercer año, evaluamos. Si vemos que el botija está para el estudio y en serio le gusta la mecánica, lo mandamos a los talleres de Don Bosco en Montevideo. Desde acá tratamos de enviarle dinero, solicitando aunque sea un mínimo que pueda aportar la familia. Alguno se engancha también en carpintería".
Para muchos, el futuro es seguir los pasos de sus padres como trabajadores rurales, con una formación que les ofrece más posibilidades de desarrollarse.
De los 12 chicos que egresaron el año pasado (algunos se van al finalizar tercero de liceo o UTU, otros optan por cursar hasta el bachillerato completo), uno sólo fue para Montevideo, otro viajó a estudiar Gastronomía a Florida y el resto se quedó en el campo.
Estas decisiones, naturalmente, involucran la voluntad del adolescente y de su familia. El sacerdote José Pérez explicó que el régimen del instituto, no implica un desprendimiento de la familia. La comunicación es constante, aseguró. No se trata de que "depositan" a los chicos allí y luego se olvidan, sino todo lo contrario. Si bien son los trabajadores del Paiva quienes controlan diariamente el curso de los estudios y están al tanto de los vaivenes de cada boletín liceal, al menos cuatro veces al año se realizan reuniones obligatorias con los padres, donde les entregan las notas de sus hijos y se realiza una evaluación del establecimiento.