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Entre los edificios icónicos y los que rompen el repertorio

Hace cien años se creó por ley la Facultad de Arquitectura.Este centro universitario surgió a partir de la antigua Facultad de Matemáticas, en donde treinta años antes comenzaron los estudios de arquitectura.

Rambla Sur
Rambla Sur
Facultad de Arquitectura.
Facultad de Arquitectura.
Palacio Salvo
Palacio Salvo

Aunque el día de la gran celebración es el 27 de noviembre, por tratarse de un centenario ya se vienen desarrollando diversas actividades.

En el Centro Cultural de España se montó una muestra de documentación, se está terminado un gran libro escrito a varias manos, se van a realizar intervenciones de artistas plásticos y músicos sobre edificios y en espacios públicos, habrá un concurso de cortos cinematográficos que tomen a la arquitectura como su eje y después una fiesta de reencuentro con egresados y estudiantes en la propia Facultad de Bulevar Artigas y Bulevar España.

El decano Gustavo Scheps dijo a El País que se trata de reconocer lo ocurrido hasta ahora pero también restituir y fortalecer la presencia de la arquitectura y el diseño en la sociedad y la cultura uruguaya, despertar la sensibilidad hacia el espacio urbano, los parques y lo edilicio. Según Scheps, falta una formación para que desde la temprana edad se valore, cuide y después exija a quien corresponda el mantenimiento de los bienes en donde se construye a diario una identidad y se forja la cultura.

—¿Cómo se ve desde la Facultad de Arquitectura la ciudad de Montevideo, cuando se cumple cien años?

—Montevideo es una ciudad que tiene una calidad de espacios públicos extraordinaria, pero que se han construido a lo largo de una centuria. Los grandes parques por ejemplo, o la rambla sur que se empieza a construir en la década de 1920; es una obra arquitectónica de alcance urbano pero se la naturalizó al punto que pensamos que siempre estuvo ahí. Fue un proyecto que transformó radicalmente la ciudad. En esos tiempos se descubrió el horizonte marino. Hasta ese momento las aproximaciones a la costa eran puntuales. En tranvía se llegaba a Pocitos y había balnearios sueltos a los cuales se llegaba desde una ciudad que crecía en su interior, hacia el oeste. El espacio de descanso eran las chacras del Miguelete. El gran cambio cultural se dio al crear ese paseo marítimo de quince a veinte kilómetros que le da identidad a la ciudad, la cual es una construcción que recoge esfuerzos de varias generaciones.

—Se da hoy una especie de boom en la construcción pero también hay sustituciones de edificios cuestionadas, que oponen la libertad de crear y las leyes del mercado. ¿Cómo se analiza eso en la academia?

—El patrimonio en algunos casos es algo a reverenciar, intocable por ser un documento insustituible de la historia pero hay muchos otros aspectos del patrimonio que se construyen día a día, con el uso, la vivencia y la transformación, se trate de edificios, barrios o espacios públicos. El equilibrio entre la filosofía de la sustitución y el respeto por lo que hemos recibido está continuamente generando polémica. Lo patrimonial hoy abarca otras dimensiones más allá de los monumentos, por ejemplo edificios que no son tan extraordinarios pero configuran conjuntos. Y hasta se habla del patrimonio inmaterial. De una visión de algo intocable se ha pasado a una noción más amplia, en donde se puede y debe intervenir y hasta sustituir si es por algo mejor.

—¿Qué tres arquitectos mencionaría de la lista de los egresados de la Facultad en toda su historia?

—Es muy difícil responder y no debería tomarse como la selección de los mejores. Pero hay gente que entiendo es insustituible, como Vilamajó, por su obra relevante y su aporte docente. Aunque esté teñida la elección por algo personal, también pienso en Raúl Sichero, viví en un edificio suyo y mi sensibilidad está modelada de algún modo por él.

También citaría a García Pardo y otra gente como Payssé Reyes, por la obra que hicieron. Y están los que aportaron con su presencia académica, como ser Mauricio Cravotto. Es cada vez más complicado seleccionar en la medida que nos acercamos a la época reciente.

—Entre los historiadores hay dos vertientes, a favor y en contra de investigar la historia reciente. ¿Qué pasa en el mundo de la arquitectura?

—Debería trabajarse más de lo que se hace, para fortalecer y dignificar lo que se crea y también para criticarlo. La complejidad surge de la superabundancia de información. La perspectiva nos permite ir depurando; cosas que parecían fenomenales en determinado momento, las colocamos en otro nivel. Pero al mismo tiempo hay una historia que se va escribiendo de alguna forma y no es lo suficientemente cuidadosa. Falta un discurso que dé cuenta adecuadamente de la naturaleza de la arquitectura uruguaya; la narración recae en la anécdota o bien en la mirada desde patrones que no surgen específicamente de las condiciones particulares que puede tener esta arquitectura.

—¿Por ejemplo?

—La incidencia del pensamiento de Julio Vilamajó, de cómo concebía el espacio, en determinados proyectistas y docentes.

—¿Eso permite decir que existe una arquitectura uruguaya y no solo una arquitectura realizada en Uruguay?

—Sí, pero con las reservas que una afirmación tal tiene. No vamos a reclamar para la arquitectura uruguaya una originalidad absoluta, pero sí rasgos o sesgos que vale la pena indagar; comparar edificios, espacios públicos, proyectos territoriales. Porque hubo durante un período importante un énfasis muy grande en las características de esos espacios de Vilamajó, no solo las dimensiones físicas sino las relaciones entre los espacios y las culturas que los habitan.

—¿Qué edificios no podrían faltar en Montevideo?

—Nos debería preocupar no solo el objeto edificio sino mucho más otra producción de la arquitectura: barrios enteros, que no tendrían que dejar de estar, pero se deterioran debido a un proceso de vaciamiento de la ciudad, por distintas razones, económicas, de seguridad o por la búsqueda de nuevos paisajes. Hay edificios magníficos, como el de la Facultad de Ingeniería, de Vilamajó, o el de nuestra Facultad que es de Fresnedo Siri. Pero los edificios tienen su legitimación en el significado cultural que poseen. Hay otros que resultaron severamente cuestionados, como el Palacio Salvo, que mereció todo tipo de bromas, pero bien o mal forma parte de nuestra identidad. ¿Con qué derecho se puede decir que es prescindible porque no cumple con los cánones de la academia? Existen otras obras insustituibles y no hay una medida para toda la gente; una placita de determinado barrio o hasta un banco puede alcanzar un significado especial y hasta excepcional.

—Llama la atención en esa centuria de historia que se festeja algunos fenómenos como el del art déco, porque apareció proyectado en edificios de Montevideo en el mismo año que se presentaba en París, aun cuando no tenía ese nombre todavía, en 1925.

—Hay una sincronicidad increíble. Fueron simultáneos los procesos de arquitectura moderna, renovadora, en Europa y acá. Hasta tal punto que hay quienes sotienen la originalidad de lo que sucedió en Uruguay. Se ve una influencia muy marcada pero hay dos cosas fantásticas. Por un lado, la calidad con la que los arquitectos de aquella época, con medios de comunicación lentos y rudimentarios, se hicieron de la información rápidamente, cuando habían sido formados en otra dimensión, académica. Al mismo tiempo me sorprende la velocidad con que la sociedad uruguaya lo aceptó, cuando también estaba acostumbrada a otra estética, otros espacios. Porque hay que ver que la arquitectura nuestra está desfasada, adelantada unos cuantos años respecto a la de la región. La inversión para rentas de casas pequeñas adoptó las novedades pero también hay edificios increíbles, públicos o privados como el Palacio Lapido en 18 de Julio o el Edificio Centenario en la Ciudad Vieja.

—Y eso llegó hasta la rambla que usted resaltaba como obra. Por ejemplo el ex hotel Bristol o Riviera de Carrasco.

—Formó parte de todo el espíritu renovador, el montevideano estaba dispuesto a cambiar su ciudad radicalmente, y sus hábitos. Cambiaban los paradigmas cuando empieza a darse un descubrimiento del cuerpo, del deporte, de la naturaleza. A fines de los ´20 había aparecido la ley de higiene de la vivienda, que transformó la estructura clásica de la casa de patios con claraboya, exigiendo que todos los espacios tuvieran luz y sol directos. La arquitectura deja de ser por entonces tan introspectiva.

SABER MÁS

CRECIMIENTO


Carreras nuevas en una ciudad cambiante.


Durante 90 años, en la Facultad de Arquitectura solo se enseñó una carrera. Después se sumaron diseño de paisaje, diseño de comunicación visual, diseño industrial y textil, y diseño integrado en Salto. Por año ingresan 500 estudiantes de arquitectura y otros 500 en las cinco restantes carreras.

Su hábitab se está transformando como la propia Montevideo. "Es rara esta ciudad", responde a El País el decano Scheps. "Cuando uno mira la arquitectura de 1930 y los ´40 ve que hubo una manera muy particular de poner cosas diferentes, con sabiduría, lo que hace que los barrios sean diversos en su imagen pero armónicos. La arquitectura de los ´50 y ´60, vinculada al neoplasticismo, logró también generar espacios que tienen cierta dosis de homogeneidad, como la rambla vieja de Pocitos o casas variadas en barrios a los que se integraron bien.


Más acá en el tiempo, se presentan concentraciones e inversiones más fuertes como los complejos de alta gama, que aparecen en la ciudad pero no la construyen, porque son de tal porte que se independizan de lo que hay alrededor, por ejemplo las torres del Prado, del Buceo o del Parque Baroffio, espacios cerrados, autosuficientes, que al mismo tiempo son bombas de succión de gente que deja otros barrios. De una ciudad heterogénea pero armónica se pasa a un fenómeno de ruptura en el repertorio que duró años".

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