LA ENTREVISTA DEL DOMINGO

"Discriminación no es cuestión de religión sino de cultura patriarcal"

Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz

Shirin Ebadi. Foto: Hijo de Nelis Ortiz
Shirin Ebadi. Foto: Hijo de Nelis Ortiz

Shirin, que en persa significa "dulce", ha sido uno de los tragos más amargos que ha tenido que soportar el régimen iraní. O "la dictadura", como ella le llama. Esta mujer bajita, que se sienta en la punta del sillón para que sus pies tomen contacto con el suelo, anda por la vida sin velo y sin nada que ocultar. Cuando alza su voz, la misma que le permitió consagrarse como la primera mujer musulmana en lograr el Premio Nobel de la Paz, en 2003, no hay quien la pueda frenar. Ni siquiera los cuatro guardaespaldas que la acompañan a todos lados.  

Todos los días, sin falta, Shirin Ebadi (70) habla de Irán. Ese país que dejó hace casi una década cuando su única alternativa fue el exilio. Ese Estado donde fue jueza y abogada, hasta que la revolución islámica le quitó ambos honores; donde fue encarcelada y donde defendió a los prisioneros políticos. Con su voz "dulce", pero que algunos escuchan amarga, va por el mundo dando su versión sobre ese trozo del mapa. Y así llegó a Uruguay.

—¿Con qué se encontró en Uruguay?

—Más allá de una buena comida (risas), me encontré con un país tranquilo, en paz y, sobre todo, con una democracia que es muy linda.

—¿Qué significa que una democracia sea "linda"?

—Comparo a Uruguay con los países de Oriente y, en particular, con Irán. En Uruguay ustedes no tienen ningún periodista encarcelado; el gobierno es secular; las personas no van presas por su religión; no hay una corrupción sistematizada y sí hay elecciones libres. Todos estos detalles me hubiese gustado tener para mi país: Irán.

—Nelson Mandela decía que por más que exista pluripartidismo y elecciones libres, si la gente no accede a la comida o a los remedios, la democracia es una cáscara vacía. ¿Coincide?

—Es así. Pero lo que me hace sufrir es que en un país como Irán, con mucha riqueza, el 90% de la gente es cada vez más pobre. A la inversa, el restante 10%, solo por ser parte del gobierno, ve cómo su riqueza crece cada día.

—¿Qué tiene que suceder para que vuelva a Irán?

—Volveré a Irán el día que se parezca a Uruguay. Primero tiene que ser un país secular, que seamos libres para elegir a quien se nos dé la gana y que no se encarcele a nadie por decir lo que piensa. Como abogada quiero hacer mi trabajo; eso es un Estado de derecho.

—La revolución islámica de 1979 se da porque, en parte, el pueblo iraní consideró que lo que estaba antes tampoco era bueno. ¿Qué garantiza que lo que vendrá será mejor?

—No creo en una revolución. Sí creo en una democracia. Ustedes han tenido casi 13 años de dictadura. El dictador de aquí, con un plebiscito (de 1980), aceptó lo que el pueblo quería. Desde entonces han empezado a recuperar la paz. Eso pido para mi país, la paz.

—¿Cree que el dinero es lo que hace que las dictaduras a veces se perpetúen en el poder más de lo que el pueblo soporta?

—Exactamente. Irán es el segundo país con más reservas de gas natural. Es el tercer país en reservas de petróleo. Más del 80% del ingreso presupuestal se basa en el petróleo. Todo está en manos del gobierno. Todos trabajan para el gobierno. En esas condiciones es normal que un dictador se vuelva más poderoso. No necesita siquiera los impuestos de la gente.

—¿Qué le queda de Irán?

—Cuando salí de Irán, jamás pensé que no podría volver. Me había ido a un seminario en España, por tres días, y ahí hubo un golpe de Estado. Fue en 2009. Detuvieron a todos mis compañeros de trabajo, atacaron mi despacho, cerraron las ONG que había creado, me robaron el Premio Nobel y ya no pude regresar. La razón por la que no vuelvo no es el miedo a ser detenida, ya he estado en la cárcel y sé que puedo aguantar eso. Pero creo que soy más útil pudiendo ser escuchada aunque sea desde el exterior. En una prisión nadie me oye. Me he quedado fuera de la cárcel, de Irán, para poder hablar y llevar la voz de los iraníes que, por la censura, no son escuchados. Viajo diez meses al año, el resto estoy en Londres, y adonde voy cuento la historia de Irán y lo que sucede allí. Esa es una obligación que me impongo cada día.

—¿Es escuchada por los iraníes?

—Tengo una retroalimentación muy positiva. Llevo 40 años trabajando para la libertad en Irán. No pertenezco a ningún partido político. Soy una activista de derechos humanos.

—¿Qué significa ser mujer, hoy, en el mundo islámico?

—Todo depende de en cuál zona del mundo islámico usted se encuentre. En Malasia o Indonesia tendrá mejores condiciones de vida. En Irán o Arabia Saudita será peor.

—¿Por ser mujer o por la imposición religiosa?

—Es la cultura patriarcal.

—¿Lo religioso no influye? ¿No es "el opio de los pueblos" como dijeron Kant y Marx?

—No creo en eso. Hace un tiempo estaba en Liberia, en África, y la presidenta era una mujer, ganadora del Premio Nobel de la Paz. En este país, a más de la mitad de las mujeres se les practica la mutilación genital. Son todas cristianas, ninguna es musulmana. La ley lo permite porque los hombres, de lo contrario, no querrán casarse con esas mujeres. Piensan que de no practicar esa mutilación, ellas les serán infieles. No es cuestión del islam o de un dios.

—¿Por qué desde Occidente vemos más "desprotegida" a la mujer de Oriente? ¿Es prejuicio?

—La mujer en varios países islámicos está más desprotegida, eso es un hecho. Pero sucede por las normas —o interpretaciones de las mismas— que no logran romper con la cultura patriarcal. En Irán se ha notado una desprotección luego de la revolución islámica de 1979. Eso afecta también a las minorías, en particular a los homosexuales. Pero eso no nos tiene que enceguecer en creer que en otros países, sobre todo de Europa, ya está todo solucionado. Las mujeres, estén donde estén, son discriminadas, no ganan igual que los hombres para un mismo trabajo o todo les cuesta el doble. Eso también es discriminación y desprotección.

—El año pasado, cuando el Estado Islámico estaba en su apogeo, dijo que a este grupo hay que "bombardearlo con libros". Pero, ¿no es la interpretación de los libros (por ideología o religión) la que lleva a muchas de las guerras?

—No me refería a libros sagrados o de ideología, sino a conocimiento. La mayoría de los fieles al Estado Islámico provienen de países donde hay un alto nivel de analfabetismo.

—Sin embargo no es el caso de los reclutados en Europa ni de los que aprenden en internet a fabricar una bomba…

—Tiene razón. Pero, ¿por qué sucede? Son hijos o nietos de inmigrantes que llegaron a Europa. Se consideran a sí mismos europeos. Se han criado en ese continente, estudiaron allí. Sin embargo, están enfrentados por una discriminación muy fuerte. Se han reído de ellos por el color de pelo, de piel, por su pobreza, por el tipo de familia que tienen, por su religión. Algunos están muy mal, emocionalmente mal. Y, lo peor, es que han perdido esperanzas de que las cosas pueden mejorar. Si las condiciones y la contención hubiesen sido otras, no se hubieran unido a grupos radicales.

—¿Cómo actúa Europa al respecto?

—Cada europeo que se ha unido a grupos radicales es una demostración de una actuación fallida por parte de Europa. Ninguna persona que esté contenta con su modo de vida, que tenga esperanza en la Justicia, va a tomar las armas para resolver sus inquietudes.

—Las dos Coreas parecen acercarse, la ETA llegó a su fin y las revueltas de "los 60" parecen cerrar un capítulo. ¿Por dónde va la violencia hoy en el mundo?

—Nos encontramos en una globalización. Tenemos que creer que el destino de todos nosotros está interrelacionado. Cuando un país poderoso explota a un país pobre y saquea sus recursos naturales, tenemos que saber que, tarde o temprano, es esperable una reacción de los explotados. Cuando un director gobierna muchos años, como Bashar al Assad en Siria, es evidente que habrá un levantamiento del pueblo.

—¿Sigue creyendo en la bondad del ser humano?

—Totalmente y es por eso que sigo intentando un cambio. Ningún ser humano nace malo, hacemos que se conviertan en malas personas. Son las condiciones las que hacen que una persona se convierta en un criminal.

—El Nobel de la Paz es de los premios más debatidos, ¿cómo es cargar con este galardón?

—Es normal que entre los premios Nobel tengamos algunas posturas contrarias, incluso porque cada uno viene de condiciones distintas. Pero todos compartimos los mismos valores: la libertad, la igualdad, y creemos en que no debe haber discriminación. Aquí (en Uruguay) estuvimos juntos cuatro premios Nobel. Adolfo Pérez Esquivel tiene una mirada muy centrada en América Latina; Lech Walesa en Europa; Rigoberta Menchú en los pueblos ancestrales y yo en Oriente. Puede que el paradigma ideológico de Pérez Esquivel y el de Walesa parezcan antagónicos, pero ambos comparten su discurso de paz, de querer lo mejor para la humanidad. De eso se trata.

—¿Cuán cerca está Arabia Saudita de concretar los cambios que planean las fracciones más liberales?

—Los cambios que ha hecho Arabia Saudita son, de por sí, positivos. Pero queda mucho camino hasta decir que eso es un país democrático. Tienen que pasar muchas cosas aún.

—¿Dónde y cuándo ha sido más feliz?

—En muchos momentos. Pero cuando veo que sale de la cárcel alguien que ha sido encarcelado por falta de libertad de expresión, para mí es una verdadera causa de alegría.

La mujer que hizo temblar al régimen

Cuando el ayatolá Jomeini comandó desde el exilio la famosa revolución islámica, en 1979, Shirin Ebadi llevaba cuatro años presidiendo uno de los tribunales de Justicia de Irán. Hasta entonces, la suya había sido una vida de hazañas: se había graduado de abogada, había logrado ser una de las primeras mujeres juezas de su país y la primera en comandar un tribunal. Pero sus verdaderos sobresaltos vinieron después. Primero le quitaron la presidencia del tribunal, el título de jueza y hasta el de abogada. Se las ingenió para defender, sin costo, a los presos políticos, los niños y las mujeres; escribió libros y dio conferencias. Hacia fines de la década de 1990 fue acusada de "deshonrar" a las autoridades religiosas, razón que la condujo a la cárcel en 2000. Consiguió reducir su condena, que en principio era de cinco años, creó dos ONG y, cuando el régimen más la atacaba, el Comité Noruego del Nobel le entregó el Premio de la Paz. Mientras unos la abrazaban como a una verdadera heroína, el régimen enfurecido la acusó de evadir impuestos, de no aportar los ingresos del Nobel o de sus conferencias en el exterior y hasta de conspirar para la CIA. Hasta que en 2009 huyó a Londres.

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