especial

32 días de heroísmo

Paysandú heróica. A 150 años de la epopeya.

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Leandro Gómez. Foto: Archivo El País

El 1° de diciembre de 1864, los habitantes de Paysandú vieron aproximarse a unos 3.500 hombres que constituían la vanguardia del ejército de Venancio Flores. A ellos se agregaron 500 soldados brasileños. En la ciudad apenas había unos 750 hombres en armas, que ascendieron a poco más de mil cuando se sumaron un destacamento proveniente de Salto y una pequeña fuerza entrerriana.

Los floristas estaban bien armados y tenían cañones modernos. Pocos días después llegó por el río la escuadra del barón de Tamandaré, con un enorme poder de fuego. Los defensores de la ciudad tenían viejos fusiles de chispa y unos pocos cañones anticuados, sin alcance para llegar hasta los barcos brasileños.

La ciudad no tenía murallas. Por eso, Leandro Gómez marcó un radio de pocas manzanas (cinco cuadras de Este a Oeste y de Norte a Sur) en las que se concentraría la defensa. Rápidamente se cavaron trincheras. En las bocacalles se levantaron paredes de adobe con aberturas para sacar los fusiles. En la Calle Real (luego llamada 18 de julio) se instalaron dos portones de hierro, una zanja y un puente levadizo. La única construcción con valor militar era una torre de ladrillos a la que bautizaron “el Baluarte de la Ley”. Allí se subieron tres cañones que quedaron bajo el mando del comandante Juan María Braga.

El 3 de diciembre, Venancio Flores envió a Leandro Gómez un ultimátum en el que le daba 48 horas para que se rindiera. “Efectuada la entrega de la plaza, los jefes y oficiales de esa guarnición obtendrán sus pasaportes para el paraje que designen, pudiendo permanecer en el seno de la República los que así lo soliciten. Vencido el plazo fijado y procediendo enseguida al ataque, V. S. pagará con su vida las consecuencias y desastres que puedan ocasionarse”.

Leandro Gómez dio vuelta la hoja, escribió una respuesta y se la devolvió al mensajero. La respuesta contenía sólo dos palabras: “Cuando sucumba”.

Gómez contaba con un pequeño estado mayor integrado por el coronel Lucas Píriz, Federico Aberasturi, Tristán Azambuya, Emilio Raña y Pedro Ribero. Este último estaba acompañado de sus cuatro hermanos, uno de los cuales escribió una de los mejores testimonios de lo ocurrido en aquellos días.

Parte de la artillería que defendía Paysandú estaba al mando del capitán Federico Fernández, que era colorado. Fernández no fue el único colorado que participó en la defensa. Otros también lo hicieron, porque entendían que estaban defendiendo la soberanía nacional ante un ataque extranjero.

El 6 de diciembre empezó la lucha. El primer cañonazo lanzado por la artillería brasileña dio en la torre de la iglesia. En las siguientes horas caerían centenares de proyectiles. Al mismo tiempo, 1.500 soldados floristas, entre los que se incluían 600 brasileños, iniciaron el avance. Pero las cerradas descargas de fusilería de los defensores les impidieron acercarse a las trincheras. En un informe al presidente Atanasio Aguirre, Leandro Gómez escribió: “Rechazamos al enemigo y aunque Paysandú se ve reducida a escombros hemos muerto al enemigo más de cuatrocientos hombres. Yo tengo como cien entre muertos y heridos”.

El 9 de diciembre hay una breve tregua, durante la que se permite salir de la ciudad a las mujeres y a los niños. Cuatro defensores también deciden irse sin que nadie los detenga. Pero unas quince mujeres prefieren quedarse para acompañar la suerte de sus hombres y curar heridos. Durante la tregua ingresó a la ciudad el padre de los cinco hermanos Ribero, que era amigo personal de Flores. Autorizado por el caudillo colorado, el hombre fue a buscar a sus hijos, el más joven de los cuales tenía 14 años. Pero, en lugar de incitarlos a abandonar la lucha, les dio un abrazo y les dijo: “Vayan, hijos, a continuar con el cumplimiento de su deber. Es preferible morir antes que defeccionar de sus filas”. El padre de los Ribero era brasileño.

Los que salieron de Paysandú fueron evacuados hacia una isla en el Río Uruguay que desde entonces se conoce como la isla de la Caridad. Allí fueron asistidos por la tripulación de los barcos europeos que actuaban de observadores, así como por Urquiza, que mandó comida desde Entre Ríos. Durante largas semanas, los refugiados de la isla de la Caridad (unas mil quinientas personas que vivían en tolderías) rezaron y lloraron mientras veían a la distancia la progresiva destrucción de su ciudad y de sus defensores.

Una vez concluida la tregua, los combates volvieron a arreciar. Una verdadera lluvia de plomo caía sobre la ciudad. Los muertos y heridos se multiplicaban. Pero los defensores no se quebraban. Leandro Gómez parecía estar en todas partes, examinando daños, dando órdenes y arengando a las tropas. Lucas Píriz daba muestras de coraje paseándose de galera bajo el fuego enemigo. El comandante Braga combatía con deliberada displicencia, sin dejar de leer un libro. Pedro Ribero generó la leyenda de que su camisa blanca lo protegía de las balas (y así fue hasta que cayó el último día). El 15 de diciembre, Leandro Gómez organiza una salida de 500 hombres que cae por sorpresa sobre los sitiadores y permite capturar municiones, ollas y comida.

Los defensores de Paysandú estaban dando la vida, pero no se estaban suicidando. Su resistencia estaba fundada en el honor y en la defensa de la soberanía, pero también en algunos motivos de esperanza. Por una parte, confiaban en que los representantes de las potencias europeas que estaban en la zona impidieran una matanza. Por otro lado, esperaban el apoyo del general argentino Juan Saa (conocido como “Lanza Seca”), que combatía al servicio del gobierno. Y, sobre todo, contaban con el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, que tenía fuerza militar suficiente como para cambiar el curso de los hechos.

Pero los observadores extranjeros no hicieron nada por evitar la matanza. Quien lo intentó más seriamente fue el comandante de la cañonera francesa Decidée, que se reunió con Leandro Gómez y su estado mayor para ofrecerles una rendición con honores. Pero los defensores se negaron y, desenvainando sus espadas, juraron vencer o sepultarse bajo los escombros de Paysandú. Según relata Eduardo Acevedo, el comandante francés “estrechó en silencio las manos de esos valientes sin poder articular palabra, pero las lágrimas que corrían por sus mejillas atestiguaban su emoción”.

“Lanza Seca” intentó llegar hasta Paysandú pero, hostigado por fuerzas coloradas y sin recibir los refuerzos que esperaba, nunca llegó a cruzar el Río Negro. En cuanto a Urquiza, que además de caudillo y gobernante era un hombre de negocios muy interesado en su fortuna, los brasileños consiguieron neutralizarlo con el expediente de comprarle treinta mil caballos a un precio muy superior al del mercado.

Durante los días siguientes se alternaron períodos de relativa calma con combates encarnizados. Pero el rumbo no cambia. Los cañonazos siguen destruyendo la ciudad y los ataques se suceden. Los defensores disparan con intensidad, hasta el punto que tienen que cambiar de hombro a causa del dolor y la hinchazón que les provoca el golpe del fusil. De noche entierran a los muertos. Hace mucho calor (el país lleva meses de sequía) y el olor se vuelve insoportable. De vez en cuando los defensores organizan una salida por sorpresa que les permite capturar armas y alimentos. Pero las condiciones de vida en la ciudad empeoran. Las raciones de alimento se reducen y los medicamentos se acaban. Llega un momento en el que los defensores usan cabezas de fósforos para disparar sus fusiles, porque casi no quedan fulminantes. Los cañones ya no se cargan con balas sino con piedras.

El 27 de diciembre ocurre algo tremendo. Desde los pocos lugares elevados a los que todavía es posible subir, los vigías de la ciudad ven aparecer tropas en el horizonte. En principio creen que es Lanza Seca que llega a rescatarlos. La ciudad estalla en festejos. Hay disparos al aire y en la iglesia semiderruida doblan las campanas. Hay abrazos y lágrimas. Pero poco después se descubre el error. Quien llega es el comandante brasileño Mena Barreto, con unos 10 mil hombres bien uniformados y armados a guerra. Es el fin, y Leandro Gómez lo sabe. Pero no deja de arengar a sus hombres: “Es el grueso del ejército de Brasil el que ha llegado. ¡Pelearemos contra ellos! ¡Contra Flores, contra la escuadra y contra todos los ejércitos que nos mande el imperio! Y si nos toca morir, aquí moriremos por la independencia de la patria. Que cada cual vaya a su puesto de honor. ¡Independencia o muerte!”.

El 29 de diciembre Flores vuelve a exigir la rendición, pero su mensajero es rechazado a balazos. Durante todo el 30, los sitiadores despliegan la artillería y preparan el asalto final. Tamandaré había jurado recibir el año nuevo con la bandera brasileña ondeando en Paysandú. Todavía es la madrugada del 31 cuando empieza el infierno. Orlando Ribero recordará: “Se oscureció la claridad del nuevo día en la posición nuestra con el humo de las granadas que hacían explosión y los escombros del edificio de la Comandancia Militar, cuyos lineamientos de pared se venían abajo”. Hermógenes Masante, otro defensor, escribió: “Nos están fusilando a cañonazos. Treinta y tantas bocas de fuego vomitan proyectiles sobre nosotros”.

El primero de enero de 1865 quedaban menos de 500 defensores con vida. Entre otros habían caído Lucas Píriz, Emilio Raña, Tristán Azambuya y Pedro Ribero. Pero la ciudad seguía resistiendo. En la madrugada, Leandro Gómez envía una nota a Venancio Flores pidiendo una tregua para enterrar a los muertos. Flores exige la rendición incondicional. Mientras se intenta parlamentar, Gómez da orden de no disparar y de levantar banderas blancas. La situación es aprovechada por tropas brasileñas que se acercan a los defensores dando muestras de amistad. Se corre la versión de que terminó el combate. Cuando Leandro Gómez percibe la situación, da orden de expulsar a los invasores. Pero ya es demasiado tarde. La ciudad está tomada y el propio Gómez cae en manos brasileñas. Es tratado con respeto y admiración por los oficiales imperiales, que le dan todo tipo de garantías.

Poco después aparecen soldados floristas comandados por Francisco “Pancho” Belén, un hombre de Gregorio Suárez. Belén reclama a los brasileños que entreguen a Leandro Gómez y a los demás miembros de su estado mayor. Los oficiales imperiales se niegan, pero Leandro Gómez dice que prefiere ser prisionero de sus compatriotas. Entonces Belén lleva a los prisioneros en presencia del “Goyo Jeta”, que le dice: “¡No los quiero ver! ¡Páselos para el fondo y cumpla con su deber!”. Era la condena a muerte, de la que se salvan Belisario Estomba y Ernesto de las Carreras por decisión del propio Suárez, que invoca “deberes de amistad”.

El primero en ser fusilado fue Leandro Gómez. Luego vinieron a buscar a Eduviges Acuña, pero el comandante Braga protestó: el oficial de mayor rango era él, así que le correspondía el honor de morir después de su jefe. Luego de Braga fueron ejecutados Acuña y Federico Fernández, que no invocó su condición de colorado. Atanasio Ribero se salvó a último momento, porque el responsable del pelotón de fusilamiento se compadeció de su juventud.

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