Tiene frigorífico que vale US$ 35 millones Y no dejará herencia a sus ocho hijos

De alumno de Borges a empresario

Eugenio Schneider tiene 74 años pero parecer haber vivido mucho más. Empresario, dirige el frigorífico Fricasa de Paysandú, es hijo de un padre nazi, amigo de presidentes y hombre de letras.

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Schneider tiene más de 600 empleados, 75% de ellos no está afiliado a sus sindicatos.

En su juventud estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde fue alumno de literatura inglesa de Jorge Luis Borges.

En Casa Blanca, un pueblo a orillas del río Uruguay situado a 15 kilómetros de Paysandú, encontró un lugar para desarrollar el negocio de la carne y la vida cultural de la zona.

Cuenta que en 1962 se hartó de la civilización y se radicó por 16 años junto a su familia en los bosques chilenos. Llegó a Casa Blanca en el 2000 tras estar 20 años al frente de un conglomerado de estancias, forestación y aserraderos. Sus socios vendieron y él se hizo cargo del frigorífico, un negocio que tenía más deudas que futuro.

En una década pagó las deudas anteriores y en la actualidad la empresa vale US$ 35 millones, ocupa el 3,5% de la matanza nacional y tiene más de 630 empleados. Además, abastece a 18 carnicerías propias y tiene habilitaciones internacionales para exportación a los mercados que accede Uruguay.

En Casa Blanca tiene su casa De los cuatro vientos, una residencia en la ribera del río construida en 1806 cuando los "gringos" crearon uno de los primeros saladeros y el único de su época que, vuelto frigorífico, se mantiene abierto.

A pocos metros de su residencia está el pueblo, un lugar que tiene 74 casas de dos aguas que le pertenecieron a Schneider hasta que negoció con el Estado pagar con ellas parte de las deudas del frigorífico.

El día que fueron a firmar el acuerdo cientos de personas llegaron al lugar. Entre ellos había varios jerarcas de gobierno. Por casualidad quedaron afuera de la fiesta tres escribanas que llevaban la documentación para firmar. De pronto, una de ellas dijo que el acuerdo no se podía suscribir porque faltaban algunos papeles.

El empresario no pudo contener la ira. Se quitó toda la ropa y se largó a nadar en el río. Braceó durante 45 minutos. Al volver a tierra lo estaba esperando el entonces intendente Álvaro Lamas con un short en la mano y la noticia de que el acuerdo se firmaría, según contó un testigo presencial.

En los últimos años Schneider decidió apostar a la educación y la cultura de la zona. Instaló un cine y una radio comunitaria dentro de un espacio denominado La Isla. Varios niños del pueblo tienen sus propios programas de radio.

También desarrolló un programa de apoyo a la cultura que incluye conciertos de música clásica de nivel internacional. Ahora busca incrementar la presencia humana en Casa Blanca y ya loteó terrenos para construir un nuevo barrio.

— A lo largo de su vida tuvo momentos de esplendor y de los otros, pero nunca se detuvo. ¿En qué o quién cree?

— Todo verdadero empresario es estructuralmente optimista.

— Pero en su casa no hay ninguna señal religiosa.

— Es que no soy deísta, sino monista, en el sentido de Plotino o de Spinoza. Para mí existe únicamente el Universo, no un Creador. A los 19 años alcancé, a través del Budismo Zen, una suerte de liberación. No más grandes preguntas. Las cosas ocurren y el mero hecho de ocurrir encierra ya una

— ¿Es el trabajo una forma de control sobre las personas, como a veces sucede en las comunidades religiosas?

— Hay que observar a los peces. Los seres vivientes tienen rutinas a partir de las cuales se relacionan con el mundo. En cuanto a las personas, yo tengo gente excepcional. Intento que confíen menos en mí que en sí mismos y en la empresa. Siempre repito que yo no soy la empresa, ni ellos tampoco. Juntos, somos la empresa. En la época de Allende, en Chile, los obreros o peones tomaban los establecimientos. A los dos meses preguntaban ¿quién nos va a pagar? No entendían que habían dejado de ser asalariados.

— ¿Eso pasará en Uruguay?

— En Uruguay todo es más modesto, íntimo. Inclusive las patotas. Espero que no.

— ¿Qué lo hace seguir adelante como empresario?

—Me guían principios que aprendí de la Naturaleza. La tarea que tengo ante mí parece hecha a mi medida. Me siento bastante incómodo durante la actividad gremial. Los gremios empresariales son en rigor "falsos colectivos".

— ¿Cuál es el secreto para ordenar una empresa que estaba fundida y hacerla viable?

— La gente que trabaja para mí tiene miedo, pero solo de mí. No teme a la vida. Me temen hasta el punto de creer que si no estoy se cae todo. Por otra parte, hago muchos números. Lamentablemente, los contadores se ven forzados a trabajar para el Estado y tienen solo una vaga idea de los números que necesita la gestión de una empresa.

—¿Cuánto valen sus negocios?

— Me hablan de treinta, treinta y cinco millones de dólares.

— ¿Este negocio puede ser manejado por el gerente de una multinacional?

— No creo. Por eso no vendo. Sería como vender carne humana. Trato de imaginar una empresa que siga funcionando armónicamente cuando corra el rumor de mi muerte.

—¿A quién vota?

— Nunca voté. En Chile y Uruguay soy extranjero. Soy ciudadano alemán y ciudadano argentino. No voto en Alemania porque no vivo allí, y de Argentina me fui antes de tener que votar. Razono políticamente con la más absoluta libertad, lo que no quiere decir frialdad. Tengo buena y franca relación con Mujica, que aprecia especialmente mi apego a la verdad. Con Jorge Batlle, aprecio y respeto. Así mismo con Luis Alberto Lacalle. No tuve casi contacto con Sanguinetti y, en cuanto a Tabaré Vázquez, me lo presentó María Julia Muñoz en Hamburgo 2005. Le dije que ningún país es más grande que sus líderes y, quedamos en conversar en Uruguay. Veremos si ocurre ahora.

— ¿Qué aprendió de sus padres?

— Lo mejor que se le puede enseñar a un hijo es a soportar los momentos difíciles. Nada más vano que el dinero como herencia. Esta es socialmente torpe. La muerte de un rico en bienes, no yo, por cierto, es la gran oportunidad del fisco.

—Usted tiene ocho hijos.

— Y 18 nietos y 10 bisnietos. Sólo dejaré un motor, ojalá en buen funcionamiento.

— ¿Cuánto gana en promedio un obrero del frigorífico?

— Unos $100 la hora y beneficios, aunque a la empresa le cuesta $145.

—Funcionan dos sindicatos en Fricasa. ¿Son dos problemas?

— Al contrario: mejora sustancialmente la representatividad. Aún así, el 75% de los empleados y obreros no están afiliados a ninguno de los dos.

—¿Qué cree que será de su negocio en el futuro? ¿El mundo seguirá consumiendo tantas proteínas como ahora?

— Habrá guerras devastadoras. Y no porque alguien esté jugando al ajedrez con nosotros. Ya hay guerras, esto del Islam viene duro. Tiene la fuerza tremenda de la ceguera. El ciego es invencible hasta que cae muerto. Y del otro lado, no es buen consejero el miedo.

—Usted tiene dos libros publicados. ¿Es usted el poeta que mata vacas?

—En una cena de la Cámara de la Industria Frigorífica con los candidatos le tocó el turno a los blancos. Estaban Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga. Mis colegas habían armado preguntas sobre temas importantes, yo pedí la palabra y dije que iba a hablar a título personal; en la Cámara somos ocho socios, así que todo es personal. A los candidatos les pedí que no hicieran nada de lo que les pedimos. Silencio, todos quedaron callados. Si ven algo mal que lo arreglen pero de pronto pedimos algo que le sirve a un frigorífico y a otros los destruye. Todo el mundo tira de la pollera y dice "quiero eso o aquello". Eso no es serio cuando hay que gobernar. Cuando terminamos, Lacalle Pou se acercó y me dijo: usted es el poeta de la carne.

Un restaurante con identidad

"La Pulpería" es un restaurante cargado de historias. Enclavado a pocos metros del frigorífico Fricasa y muy cerca del río Uruguay, es el lugar en que se pagaban los salarios del antiguo saladero. Ofrece un menú selecto, acompañado por un servicio de altísimo nivel. Parte del equipo de mozos integró el plantel de uno de los principales hoteles de Montevideo.

Cada lugar del restaurante, hasta en los baños, tiene el toque personal de Eugenio Schneider. Apasionado por el arte, el empresario destinó mucho espacio de La Pulpería para la música. En una rápida visita, se puede ver algunos instrumentos escasos a nivel mundial y hasta partituras medievales en el decorado.

Un extenso vitral, especialmente creado para ese sitio, preside una generosa bodega subterránea. En el exterior, un moderno invernáculo provee de verdura fresca durante todo el año.

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