Aguas de marzo

Marcello Figueredo

Festejen, que a pesar de las inclemencias del tiempo, sobran los motivos. Un domingo extra large, prolongado por un lunes y un martes consagrados a Momo y, tras ellos, un miércoles de cenizas (¡libre de humo!) consagrado al primer onomástico progresista. Quién diría. Un año, ya, desde aquel discurso coronado por el Aleluya de Haendel en que el flamante presidente de la República nos regaló sus disquisiciones sobre los subyugadores, conmovedores e impresionantes atardeceres en montes nativos, ríos y arroyos interiores; sobre el arrullo de la paloma y el canto del grillo nochero; sobre los libros de Carl Sagan y los finos análisis matemáticos que explican la desintegración del átomo. ¿Se acuerdan?

Un año, no es broma, desde que medio país dejó de sentirse marginado y emprendió, por fin, el lento aprendizaje que ha de suponer dejar de tirar piedras desde la vereda de enfrente y empezar a construir una casa para habitar con el vecino que hasta ayer era visto casi como un enemigo.

Un año, qué placer, desde que la virginidad desapareció para siempre del escenario político nacional, en el que ahora deben abrazar culebras, tragar sapos y embarrarse los zapatos hasta los impolutos de antaño. Todo llega, como ven.

Un año, ¡dos veces aleluya!, desde la asunción de un mandatario dispuesto a respetar los convenios internacionales firmados por el país, hacer de la lucha contra el cigarrillo una cuestión de Estado y combatir seriamente la plaga del humo de tabaco. (En nombre de los no fumadores atropellados durante años, un millón de gracias, señor presidente).

Un año, no menos, desde que el Poder Ejecutivo se tomó en serio el artículo cuarto de la Ley de Caducidad, permitiendo que, por fin, la paz llegue a los familiares de los desaparecidos y el país se encamine, a paso lento pero más seguro, a una reconciliación que hasta entonces no se supo, no se pudo o no se quiso conquistar. Llegará, ya verán.

Un año, igualmente, desde que Uruguay se puso a tono con los vientos progresistas de la región y el doctor Vázquez se sumó, entusiasta, a la foto en la que ya figuraban los compañeros Lagos, Chávez, Lula, y claro, Kirchner. (¿Quién hubiera dicho, por entonces, que el romance duraría tan poco y que dos vecinos que hasta ayer eran amigos acabarían tirándose piedras).

Un año, del mismo modo, desde la proclamada voluntad de mejorar la seguridad pública modernizando al Instituto Policial y perfeccionando el combate contra el delito organizado.

Un año, también, desde que con bombos y platillos se declarara abolida la neutralidad y la indiferencia ante la pobreza, el desamparo, la desigualdad, la violencia, la corrupción y la intolerancia.

Un año, en fin, desde que nos zambullimos en las aguas del cambio. Un cambio de verdad. ¿Se acuerdan?

No sé ustedes, pero yo, a punto de salir de vacaciones, tengo mis motivos para festejar. Como manda Tom Jobim, voy a cerrar el verano con las aguas de marzo, que siempre vienen bien para pensar cuánto ha cambiado nuestra vida, cuánto queremos que cambie.

Nos vemos en un mes, antes que entre a Montevideo el último ciclista y el país se ponga a pedalear en serio. Porque algunas cosas (como la debilidad de los Saravia por la pólvora o la eterna comprensión de los humildes), no cambian nunca.

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