2001

11-S, el día apocalíptico en que el mundo cambió

Al Qaeda secuestró cuatro aviones comerciales. El vuelo 11 de American y el 175 de United fueron lanzados contra el WTC. El 77 de American contra el ala oeste del Pentágono y el 93 de United, que tenía por destino el Congreso, cayó en campo abierto en Pennsylvania. 3.016 personas murieron.

Vista aérea del atentado contra las Torres Gemelas. Foto: archivo.
Vista aérea del atentado contra las Torres Gemelas. Foto: archivo.

El mundo quedó estremecido y paralizado ayer como consecuencia del devastador ataque terrorista que agredió el corazón de Estados Unidos, destruyendo las torres del Wold Trade Center, en Nueva York -un símbolo de la ciudad donde está el centro financiero mundial- y provocando cuantiosos daños en el Pentágono, que era considerado uno de los edificios más seguros del planeta. La jornada, que se había presentado resplandeciente en Nueva York y Washington, de pronto se convirtió en un infierno, cuando tres aviones en vuelos internos fueron secuestrados por terroristas e hicieron impacto, con intervalos de pocos minutos, contra las dos majestuosas torres en Manhattan y el macizo edificio del Pentágono.

Escenas de horror, confusión, pánico y dolor se sucedieron tras la mayor acción terrorista de la historia”.

Atentados a las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001. Foto: Archivo
EL PAÍS REW: 11S


Hasta aquí el comienzo de la crónica que El País publicó en la tapa de la edición del 12 de septiembre de 2001. La cobertura de los atentados ocuparon las páginas 2 a 10 y la 20, con testimonios, una enorme infografía detallando el ataque, reacciones en todo el mundo -incluyendo al gobierno y políticos uruguayos- y las primeras pistas que ya apuntaban a Osama Bin Laden y su organización Al Qaeda. El presidente Jorge Batlle dijo entonces que Estados Unidos y las grandes naciones del mundo deben tener más que nunca “tranquilidad” y “nervios de acero” para “enfrentar los hechos que vendrán”.

Volver a la vida

En la edición del 13 de septiembre, El País publica una entrevista del periodista Álvaro Amoretti a Javier Porley, un uruguayo que sobrevivió al derrumbe de una de las torres del WTC de Nueva York. Se titulaba “No sé cómo estoy vivo”. A continuación reproducimos un resumen:

“Está vivo, aunque todavía no sabe cómo. No tiene ni un magullón, pero los 85 pisos que bajó por la escalera de emergencia en menos de media hora, y las muchas cuadras que corrió sin mirar atrás para escapar de aquel infierno, ahora le duelen en todo el cuerpo.

A veinticuatro horas de escapar por milagro de un atentado que costó la vida a miles de personas, el uruguayo Javier Porley (31) no puede sacar los ojos de la televisión que, una y otra vez, repite la imagen del terrible impacto del avión de pasajeros chocando contra la torre en la que, junto a otro uruguayo y un grupo de obreros de la construcción, trabajaban en la remodelación de un lujoso bufete de abogados. Y tiene que buscar el abrazo de su pequeña hija o los ojos de su esposa para convencerse de que, más allá de todo pronóstico, vivió para contarlo.

Portada de El País el 11 de septiembre de 2001.
Portada de El País el 11 de septiembre de 2001.

─¿Cómo escapó?

─La verdad es que ni siquiera sé cómo estoy vivo. Lo que recuerdo es que estaba trabajando cuando sentí un terrible estruendo. Fue brutal. Vimos una enorme llamarada y papeles que volaban por los aires, y nos dimos cuenta que algo muy malo había pasado en la otra torre. Había que salir de ahí.

─¿Y cómo salieron?

─Buscamos la escalera de emergencia y empezamos a bajar tan rápido como podíamos.

─¿Había mucha gente en la escalera de emergencia?

─No, no mucha. Algunas personas preferían esperar los elevadores.

─¿Dónde estaba cuando el segundo avión impactó contra la torre en la que usted estaba trabajando?

─En el piso 47. Ahora que sé que entre un impacto y el otro hubo 18 minutos, sé que en ese tiempo bajé 38 pisos.

─¿Qué sintieron cuando el avión impactó contra su torre?

─Fue espantoso.

─¿Por qué?

─Porque tembló todo y la torre entera se balanceó. Las paredes empezaron a rajarse. No me puedo sacar esa sensación de la cabeza.

─¿Pensó en la muerte?

─Sí. Nunca creí que saldría con vida. Llegué a despedirme de este mundo.

─¿Se hizo más difícil el descenso después de ese impacto?

─Sí. Empezó a entrar humo y bajar era cada vez más complicado. No llegábamos más.

─¿Y qué hizo cuando llegó a la planta baja?

─Junto a otro uruguayo que trabajaba conmigo buscamos la calle. Cuando miramos para arriba y vimos las dos torres en llamas, no lo podíamos creer.

─¿Cuál fue su primera impresión?

─Que era una bomba. Pensamos que nos habían puesto una bomba. Jamás pensamos en un avión.

─¿Alguien los ayudó?

─No. Lo que hicimos fue empezar a correr tratando de escapar. ¿Usted tiene idea de lo altas que eran esas torres? Uno tiene la sensación de que por más que se aleje, cuando caigan lo van a alcanzar. Por eso corríamos. Yo no quería ni mirar para atrás.

─¿Llegó a ver personas que se arrojaran al vacío desde los pisos más altos?

─No, yo no. El otro uruguayo que corría a mi lado me dijo que la gente se estaba tirando, pero yo no quería ver. Era horrible. Solo quería escapar.

─¿Hasta dónde corrieron?

─No sé, pero fueron muchas cuadras. Buscábamos un teléfono para llamar a nuestras casas, pero las colas eran interminables. Todo el mundo quería hablar por teléfono. Al final terminamos en Chinatown. Entramos a un negocio y pedimos que nos dejaran usar el teléfono. En mi casa daba ocupado, pero pudimos hablar con Uruguay y avisarles que estábamos vivos. Fue un alivio.

─¿A qué hora llegó a su casa?

─A las cinco de la tarde, más o menos.

─¿Su familia sabía que estaba vivo?

─No. Me miraban y no lo podían creer. Habían pensado lo peor”.

Portada con algunas víctimas del 11-S.
Portada con algunas víctimas del 11-S.

En el fatídico vuelo 11 de American Airlines

Había nacido 65 años atrás en Uruguay, pero vivía desde hacía 29 en Sydney, Australia, junto a su esposa y cuatro hijos. El destino llevó a Alberto Domínguez a ser uno de los 92 pasajeros del fatídico vuelo 11 de American Airlines, que decoló de Boston rumbo a Los Angeles, pero terminó estrellándose en una de las torres del World Trade Center.

Aunque había abandonado el país en 1972, su contacto seguía siendo estrecho con sus hermanos y otros familiares aquí, y con la gran cantidad de amigos que dejó de su época como campeón de ciclismo.

Alberto “Pocho” Domínguez había viajado a Boston para acompañar a una cuñada que debía ser intervenida quirúrgicamente. Tomó el vuelo de ayer, porque debía reintegrarse hoy al trabajo. Su esposa decidió quedarse unos días más en Estados Unidos, y así salvó milagrosamente su vida.

El corresponsal de El País en Colonia, Pedro Ramón Clavijo, dialogó con la hermana de Domínguez, Reina. “Yo sentí en mi corazón que mi hermano estaba en ese vuelo”, dijo consternada. “Enloquecí cuando escuché la noticia a las 11 de la mañana”.

Define a su hermano como “un gran hombre, amable, sincero, siempre iba de frente y era servicial”, haciendo hincapié en que en Sydney siempre abría las puertas a los uruguayos que llegaban.

“El Sabalero, Los Olimareños y muchos compatriotas que llegaban para participar de las peñas y espectáculos que él organizaba, se quedaron en su casa”.

Alberto Domínguez fue un destacado ciclista uruguayo de las décadas del 50 y 60. Su especialidad fue la competencia en pista, aunque incursionó también en ruta.

Defendió al Club Ciclista América y al Unión Ciclista. Participó en los Juegos Panamericanos del año 1959 disputados en Chicago -en compañía de Roberto Chemello-, y cuatro años después en los de San Pablo. Fue un especialista de una prueba que por estos lares ya no se disputa: “Los seis días a la americana”.

Participó también posteriormente en “Los seis días” que se llevaron a cabo en el Luna Park de Buenos Aires, y en 1969 en una prueba similar en el Cilindro. También integró el equipo uruguayo que ganó los Juegos Rioplatenses de los años 1958 y 59.

*Publicado el 12 de septiembre de 2001

CLAUDIO FANTINI

Exterminio en vivo y en directo

Cuando los aviones se incrustaron en las Torres Gemelas, convirtiéndolas en antorchas que ardieron hasta hundirse en el vientre de Manhattan, el mundo se adentró en una dimensión desconocida. El peor ataque sufrido por Estados Unidos en su propio territorio desde la devastación de Pearl Harbor, no lo había perpetrado otro Estado, sino un individuo.

Horas más tarde, comenzaba a recorrer el mundo un nombre extraño: Osama bin Muhamad bin Awad bin Laden. En rigor, su guerra contra la potencia militar hegemónica tenía antecedentes. El ataque al buque USS Cole en el puerto yemení de Aden, y las bombas en las embajadas norteamericanas en Nairobi y Dar el Salam.

Pero el 11 de septiembre del 2001 fue diferente, porque se trató del primer atentado terrorista televisado en vivo y en directo. El mundo entero contempló perplejo lo que parecía una película de Spielberg. Sin embargo, lo más novedoso no fue el atentado en sí mismo, sino que había comenzado la primera guerra entre una potencia y el jeque saudita que inauguraba de manera rutilante el terrorismo global.

Al Qaeda había sido diseñada con inspiración en internet. Su nombre, que traducido del árabe significa “la base”, probablemente provenga de la base de datos de la computadora del magnate árabe que creó el jihadismo global. Esa base de datos tenía los nombres, teléfonos y direcciones de todos los combatientes de distintos países del mundo que él había reclutado para que viajen a Afganistán a combatir junto a los mujahidines contra la ocupación soviética.

Los que no murieron combatiendo en el desierto de Bamiyán o en la cordillera del Hindu Kush, habían regresado a sus respectivos países. Entonces, el tesorero y reclutador de combatientes internacionalistas decidió invertir la ecuación para convocar a una nueva jihad. Ahora se trataba de una guerra global y los jihadistas actuarían en sus propios países, creando “células dormidas” que entrarían en acción cuando así lo dispusiera la neurona central de la organización. Y en esa neurona central estaban Bin Laden y su mano derecha, el médico egipcio Ayman al Zawahiri.

En la visión de ambos y de sus inspiradores, entre los que se destaca el sirio radicado en España Mustafá Setmarián, autor de la “Llamada a la Resistencia Islámica Internacional”, es posible deducir que consideraban que la derrota y desaparición del Imperio Otomano constituía la última gran afrenta al Islam y un punto clave en su debilitamiento por parte de las potencias occidentales.

Además de su envergadura y macabra espectacularidad, la diferencia entre el 11-S y los ataques anteriores está en la dimensión simbólica del derribo de las torres gemelas. El blanco principal del ataque no era el poderío militar o económico norteamericano. El blanco principal era la sociedad abierta, la libertad y el Estado de Derecho. Nueva York es la expresión urbana de la diversidad, el multiculturalismo y las libertades individuales. Esos valores están precisamente en las antípodas del oscurantismo medieval que usa al Islam como ideología totalitaria y guerrera.

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