Con los hijos

Mamá estimula: ¿sirve mandar a los niños a "la silla de pensar"? ¿funciona el time out?

La controvertida técnica para calmar a los niños genera adeptos y detractores. ¿Pero, alguien “piensa” en la silla de pensar”? ¿Cuáles son sus verdaderos resultados?

Niño mira por la ventana. Foto: Shutterstock.

La controvertida técnica para calmar a los niños utilizada en muchas escuelas alrededor del mundo, genera tantos adeptos como detractores. ¿Pero, alguien “piensa” en la silla de pensar”? ¿Cuáles son sus verdaderos resultados?

El time out o la famosa “silla de pensar” es una modalidad de modificación de conducta o control de berrinches que cada día genera más y más detractores. ¿En qué consiste? En apartar al niño durante un tiempo del lugar o actividad en la que está desarrollando una conducta que consideramos inapropiada y queremos detener o modificar, y de esta forma, supuestamente, castigamos la conducta y no al niño. Digo, supuestamente, porque quienes lo defienden, argumentan que no se trata de una reprimenda o un castigo físico, sino simplemente de “la retirada de algo agradable” para el niño, por ejemplo, el juguete por el que se está peleando con otro compañero o al que está dando contra el suelo.

Muchas escuelas lo aplican, pidiéndole primero al niño que deje de comportarse de ese modo y cuando esto no es suficiente y la conducta persiste, se saca al niño del aula y se lo anima a calmarse y a pensar en lo que ha hecho, para cabo de unos minutos, volverlo a buscar y regresarlo al aula a condición de que en adelante muestre la conducta esperada y no repita la anterior.

Pero, ¿es lógico esperar que el niño se calme en soledad, reflexione y comprenda que lo que hizo estuvo mal y entonces, fresquito como lechuga pueda retomar la actividad la mar de contento?

Imaginemos ahora que somos ese niño… Bueno, quizá nos sea muy lejano el recuerdo de cómo era tener tres o cinco años y cómo nos sentíamos y procesábamos nuestras emociones. Quizá sea más fácil pensar en algo similar que nos sucediese hoy día. Intentemos recordar alguna vez en que hemos perdido los estribos o hemos llorado desconsolados porque nos robaron en la calle, porque chocaron el auto o porque en el trabajo hemos tenido una discusión horrenda con nuestro jefe y llegamos a casa hechos una furia y comenzamos a contar lo que nos sucedió a los gritos y hasta pareciera que nos la agarramos con quien nos está escuchando.

Ahora imaginemos que ese otro, nos obliga a retirarnos de su presencia, nos dice que así en este estado en el que estamos no se puede razonar con nosotros y que mejor volvamos cuando estemos calmados. ¿Sentirías que te han verdaderamente ayudado a calmarte? Imagina ahora que tienes tan sólo 3 años y estás llorando a mares porque te peleaste con un compañerito de mesa por la plasticina pero la maestra lejos de darte otro trozo, te sacó de la clase delante de todos y te ha dejado sólo, sentado en el pasillo y si no te calmas no podrás volver a entrar a jugar con tus amigos. ¿Te imaginas? ¿Qué es lo más probable que sienta ese niño entonces?

Alvaro Pallamares, Psicólogo infantil Director de la Fundación América por la infancia, nos dice “lo que sabemos es que los niños en la silla de pensar lejos de pensar en qué hicieron mal, en lo que piensan es en vengarse y las emociones que sienten son rabia y frustración, con lo que si estas sensaciones son frecuentes, es muy probable que las mismas se vuelvan crónicas”. Y es que los niños pequeños no tienen la capacidad de autorregularse en soledad. Su cerebro sencillamente carece de la madurez suficiente como para poder hacerlo. Lo que sí necesitan para lograrlo es de la calma, el diálogo y la contención de un adulto.

El niño se siente abandonado, y obviamente quiere salir de esa penitencia. Aislado, se ve en la necesidad de sofocar o disimular su enojo con tal de complacer al adulto y que lo saquen de allí pronto. Quizá incluso hasta ni comprenda exactamente qué es lo que hizo mal o si lo entiende, seguramente no entienda por qué reaccionó lo hizo, qué fue lo que le llevó a actuar de esa manera y tan sólo se quede sintiéndose frustrado, impotente e incomprendido.

Prácticas que no ayudan

En dichas situaciones, frases como “cuando te pones así no te quiero” o “porque yo lo digo”, el castigo físico, verbal o psicológico o el soborno, tampoco ayudan, sino que inculcan sumisión o rebeldía, enseñando al niño que “lo correcto” es algo caprichoso que no responde a otra lógica que a la voluntad de alguien con más poder que nosotros, no educan en el largo plazo y terminan imponiendo una lógica donde si no hay inminencia de un castigo o por el contrario, de una recompensa, no hay por qué comportarse correctamente.

mamá estimula
Dibujo: Criar en tribu

Lo que sí

¿Qué sí, podemos hacer? Lo que el niño verdaderamente necesita es que sea el adulto quien lo calme y quien le “preste palabras” para ayudarlo a entender y describir lo que siente, todo lo contrario a alejarlos y dejarlos solos cuando están desbordados.

Tu calma lo calma, dice Pallamares, frase que convendría repitiésemos los padres a modo de mantra a menudo. Algo similar a cuando un bebé llora desconsolado en brazos de su madre que ya está exhausta y no sabe qué más hacer y entonces, se lo pasa al padre, a la abuela o a quien sea y el bebé en minutos se calma como por arte de magia. Así como nuestro estrés los estresa, nuestra calma los calma.

Además, explica, si el adulto mismo está desregulado, enojado, avergonzado (por ejemplo cuando el berrinche tiene lugar en el medio del supermercado ante la mirada crítica o socarrona de los espectadores de turno), no puede regular a otro. La regulación de los niños parte primero de la regulación del adulto. “Esto es como en el avión, cuando en las normas de seguridad las azafatas dicen que en caso de presurización los adultos deberán colocarse las mascarillas primero. Con las emociones pasa lo mismo, dice Pallamares, no se puede regular a un niño con rabia si uno mismo tiene rabia”.

Ponerse a su altura. El contacto visual profundo es fundamental para entablar una verdadera comunicación. Agáchate a su altura y míralo fijamente a los ojos cuando le hables.

Alejar del lugar del berrinche. Tomarlo en brazos y llévalo a otro sitio, para que se distraiga y pierda contacto con la situación, objeto o las personas con las que se generó el conflicto.

Entender y consolar. Lo primero es intentar entender cómo se siente y por qué ha llegado a esa situación, para luego consolarlo por ese malestar, aun si el motivo nos parezca una tontería, ya que para ellos, puede ser un mundo y aun si estamos enojados.

La técnica del abrazo sanador. El mejor recurso para calmarlo, incluso si se resiste o patalea, es abrazarlo y controlar nuestra respiración para que sea lenta y pausada e invitarlo a que respire hondo con nosotros. Antes de ser madre cuando escuché de esta técnica por primera vez, confieso que me reí porque la creí impracticable, pero para mi sorpresa, tiempo más tarde y ya con mi hija de año y medio, comencé a practicarla siempre. Me agachaba a su altura, le decía que para poder entenderla tenía que intentar calmarse y que para ello yo la iba a ayudar primero con un “abrazo sanador” y luego, juntas, íbamos a respirar profundo contando hasta diez para recién ahí, conversar un poco sobre lo sucedido. La verdad, no sólo me dio un enorme resultado, sino que más adelante, cuando tenía 3 o 4 años, ella sóla me pedía el abrazo sanador cada vez que le pasaba algo y me decía “voy a respirar hondo mamá para sentirme mejor”. Pero lo más importante además, es que sepan que ese abrazo no está condicionado a que primero dejen de llorar o a que se porten mejor o a que enmienden lo que han hecho.

Como explica Laura Diz, experta en atención temprana y crianza respetuosa (a quien recomiendo sigan en su página de Facebook), “un niño no puede pasar lo que sucede por la razón, analizarlo y actuar como un adulto, por eso se habla de inmadurez emocional y es por ello que lo que menos necesita es verse forzado a pasar por dicha situación sólo. La posibilidad de planificar una acción y actuar en consecuencia se va a adquiriendo con el tiempo con la ayuda del adulto cuidador, madurando alrededor de los siete años. Es el adulto quien debe contar con la suficiente inteligencia emocional para poder transmitir mediante sus acciones y palabras, las opciones posibles a esa reacción desmedida ya que mostrar dichas posibilidades es enseñar herramientas.

A veces somos los adultos los que necesitamos un time out para no explotar, no los niños”. Salir entonces de la situación y volver a entrar cuando nos sintamos preparados es una habilidad que se entrena con el tiempo, pero requiere nuestro esfuerzo y mucha paciencia, tanta como nuestros pequeños.

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Conocé a nuestra columnista
Claudia Guimaré
Claudia Guimaré
La socióloga uruguaya y especialista en marketing y comunicación es la fundadora de Mamá estimula. En el grupo que administra desde Argentina, comparte materiales educativos y soluciones para padres.

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