Con los hijos

Mamá estimula: En busca de la naturaleza perdida

El desarrollo urbano, la vida actual y la extensión de los horarios de escolarización han hecho que el contacto con la naturaleza sea cada día más difícil de sostener

niños en el parque
Foto: Pixabay

Meryl Streep contó hace poco en una entrevista que cuando tenía 10 años, fue un día a la casa de una amiga y encontró a su madre cortando unas pelotas marrones en la cocina. Cuando le preguntó que hacía, la mujer le contestó “puré de papas”, a lo que ella respondió “Pero qué dices! El puré de papas sale de una bolsa!”.

Internet está lleno de chistes en los que niños a quienes se les pide que dibujen una gallina, dibujan un pollo asado en una bandeja o cosas por el estilo. Ni que hablar que la enorme mayoría jamás ha visto nacer un pollito salvo en YouTube. “Niños de apartamento” diría mi madre meneando la cabeza.

Y es que el desarrollo urbano, la vida actual y la extensión de los horarios de escolarización, entre otras cosas, han hecho que el contacto con la naturaleza sea cada día más difícil de sostener, ya sea por la falta de tiempo, de espacios verdes al alcance de la mano o inclusive porque cada día nos cuesta más a los padres sacar a nuestros hijos de las pantallas y lograr que se entretengan observando un camino de hormigas.

Mientras tanto y en contrapartida (o quizá en consecuencia), cada día son más los expertos que señalan que el contacto con la naturaleza es fundamental para el desarrollo de nuestros niños, porque no sólo mejora la salud haciendo que enfermen menos, sino también el desarrollo motor (mejorando la coordinación física, equilibrio y agilidad), fomenta la autonomía, la seguridad y la adquisición de valores, pero también, favorece la imaginación y la creatividad, las habilidades sociales e incluso la capacidad de atención y el desarrollo cognitivo. 

Algunos apuntan a que las razones de esto pueden ser biológicas, y que aunque el cuerpo humano esté adaptado ya al modo de vida urbano, el cerebro todavía añora estímulos que tienen que ver con la experiencia de vivir en la naturaleza, que es donde la especie humana ha desarrollado estrategias de adaptación más exitosas para su supervivencia. Otros sostienen que el estar al aire libre produce un incremento en el número de conexiones neuronales favoreciendo una organización cerebral rica y variada y una mayor plasticidad del cerebro hacia el aprendizaje, y hay quienes lo relacionan también con la generación de endorfinas y con la exposición a iones negativos que mejoran la salud y el estado de ánimo.

De lo que no cabe duda es que el contacto con la naturaleza es necesario y sumamente positivo, al punto que los efectos de su ausencia ya tienen nombre: trastorno por déficit de naturaleza, término que acuñara en 2005 el periodista estadounidense Richard Louve en su libro “El último niño del bosque”, cuya investigación concluía que los niños que viven alejados del contacto con entornos naturales se muestran más vulnerables a estados de ánimo negativos y muestran mayor propensión a la obesidad, el estrés, trastornos de aprendizaje, hiperactividad, fatiga crónica o depresión y menor capacidad de concentración, son más nerviosos e inseguros y se aburren más.

Es por esto que los médicos recomiendan cada día más paseos por el bosque a los pacientes ( lo que se conoce en el Reino Unido como “receta verde”, en Japón como “baños de bosque”o en Norteamérica como “vitamina N”) y en Europa, cada día son más los países que suman a su oferta educativa, propuestas de escuelas en el bosque, en las que los niños no tienen siquiera salón de clases y todas las materias son aprendidas al aire libreo incluso, cada día más escuelas toman aspectos de pedagogías otrora alternativas como el Métodos Montessori, e incluyen dentro del aula el cuidado de las plantas y los animales, como parte de las materias curriculares ya que resulta evidente que es mucho más difícil aprender la metamorfosis de la rana si nunca has visto un renacuajo.

Katia Hueso, bióloga, naturalista y cofundadora de la primera escuela al aire libre de España, dice que la solución no está necesariamente en mudarse al campo sino en comprometernos a hacer un cambio de mirada hacia el mundo que nos rodea e introducir pequeños comportamientos para aprovechar al máximo los escasos momentos de vida al aire libre de los que podamos disponer así como también agudizar nuestro ingenio para hacer de ellos, una verdadera oportunidad de aprendizaje. Y por si esto fuera poco, hay experimentos que muestran que los beneficios se ven muy rápido: un incremento en la exposición constante con espacios verdes provoca un descenso de los niveles de estrés de los adultos y en los niños se correlación a con un incremento de su coeficiente intelectual y en particular del desarrollo de la llamada “inteligencia naturalista” así como con una disminución de los malos comportamientos. Es decir, nos beneficiamos todos.

¿Qué podemos hacer para propiciar este cambio de mirada hacia nuestro entorno entonces y en especial en estos difíciles momentos de confinamiento?

Lo primero que recomienda Hueso es hacer el click de dejar de hacer cosas en la naturaleza para simplemente estar en la naturaleza. Dejar de planificar actividades y juegos de antemano al salir de paseo y simplemente improvisar, dejarnos sorprender. Ésa es la verdadera forma de “conectar” con el medio. Planificar sí salidas recurrentes, pero no, el listado de actividades a realizar, de forma de dar espacio a la sorpresa, la creatividad, el descubrimiento. Juegos de observación o de clasificación de nuestros hallazgos pueden ser la mar de entretenidos. Por ejemplo en otoño solemos salir a recolectar hojas con mi hija con una botella forrada con cinta doble faz y vamos pegando en ella todas las hojas que nos llaman la atención, y al regresar a casa las clasificamos por tamaño forma y color. Llevarles ropa cómoda que no nos importe que se rompa o ensucie, que sepan que pueden trepar, correr, embarrarse a gusto.

Si no disponemos de espacios verdes en casa o se nos complica salir a menudo, podemos intentar acercar la naturaleza a nosotros: armar un rincón verde en el balcón al menos para que los chicos puedan jugar con tierra puede ser una excelente idea, hacer una huerta de aromáticas en casa, aunque sea en macetas, o hacer un germinador nos puede dar el pie para hablar del ciclo de vida de las plantas, de la fotosíntesis etc. Que los chicos tengan plantas propias a las cuales regar y cuidar.

Hacer galletas de alpiste y colocarlas junto a un bebedero en el balcón para atraer a los pájaros, comprar un criadero de hormigas o hacerlo casero, son otras ideas simples y divertidas que no requieren espacio. Pero mi mayor recomendación es algo que solemos hacer en casa, porque somos muy bicheros y realmente ha impactado en mi hija increíblemente: investigar sobre cada insecto, anélido o reptil que encontramos.

Así hemos tenido como mascota por un día sapos, caracoles, grillos, langostas, arañas, mariposas, mariquitas de San Antonio, bichitos de la humedad y hasta incluso la semana pasada, un gecko casero. Los observamos bajo la lupa, averiguamos qué comen, miramos videos educativos en YouTube sobre ellos y buscamos fotos en Pinterest de los mismos bajo el microscopio… Esto último les garantizo que es una diversión asegurada porque quien ha visto una garrapata bajo el esteromicroscopio no tiene nada que sorprenderse cuando vea cine de ciencia ficción, hagan la prueba.

Y por último, incluso la hora de ver tele, podemos optar por presentar opciones a nuestros hijos que eduquen en el amor y el respeto por los animales y el medio ambiente. Dibujos animados como Aventuras con los Kratt o Camaleón y las naturales ciencias, educan de manera seria, respetuosa y divertida, y series como Planeta Absurdo, Criaturitas, If I werean animal, La tierra de noche o Nuestro planeta son un verdadero regalo en estos tiempos.

En definitiva, el tema no es complejo y está al alcance de la mano. Lo complejo es hacer el cambio de mirada y hacer “doble click” para realmente ver lo que nos rodea.

En palabras de Hueso, “recuperemos la mirada inocente y la capacidad de asombro del niño que aun llevamos dentro, la curiosidad y la desinhibición para meter los pies en el charco de agua y jugar en el barro, porque al fin y al cabo, lo peor que nos puede pasar es que nos ensuciemos”.

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Claudia Guimaré
Claudia Guimaré
La socióloga uruguaya y especialista en marketing y comunicación es la fundadora de Mamá estimula. En el grupo que administra desde Argentina, comparte materiales educativos y soluciones para padres.

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