Un modelo peligrosamente parecido al de los países mediterráneos

| La crisis europea está demostrando que el modelo de desarrollo coordinado no funciona correctamente en el largo plazo

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El problema principal en los países mediterráneos es que se gasta mal porque sus Estados de bienestar están construidos en base a privilegios y segmentaciones que no tienen una lógica universalista, expresó el sociólogo uruguayo Juan Bogliaccini, candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (Estados Unidos). El entrevistado es autor, junto a su colega Dr. Fernando Filgueira, del trabajo titulado "El futuro del capitalismo en Uruguay, ¿un modelo para armar?" A continuación se publica un resumen de la entrevista que giró en torno a los posibles beneficios y los riesgos que conlleva la actual tendencia en Uruguay de avanzar hacia un modelo de capitalismo coordinado.

-¿Cuáles son las opciones de desarrollo sustentable desde una perspectiva de economía política en el mundo actual?

-Según el debate político o parte del debate académico en Uruguay, parecería que hubiese dos o, a lo sumo, tres alternativas de desarrollo económico: capitalismo liberal, capitalismo estatista o, directamente, alguna forma trasnochada de socialismo. Desde esa óptica, las opciones de desarrollo no solo parecen irreconciliables, sino que se ubican en una falsa disyuntiva entre capitalismo y anticapitalismo. En realidad, el debate ha negado el hecho de que estamos en presencia de un sistema global basado en economías de mercado, pero en el que conviven una amplia variedad de arreglos institucionales.

-¿Qué modelos de capitalismo coexisten en Occidente?

-A partir de la caída del Muro de Berlín o de la implosión de la ex Unión Soviética, para fijar una fecha simbólica, la inmensa mayoría de los países compiten en la economía global para alcanzar un desarrollo sustentable, pero no todos lo hacen de la misma manera. Las bases políticas de integración al mercado global son distintas y no necesariamente unas son más exitosas que otras. En el mundo desarrollado, algunos países que llamamos "liberales" tienen arreglos de mercado basados en empresas que compiten por precio más que por calidad, el mercado requiere capacidades generales en los trabajadores y la negociación salarial se hace generalmente a nivel de empresa. Por otro lado, existen países con una tradición corporativa como Alemania, Suecia, Finlandia u Holanda, que en base a altos niveles de coordinación entre empresas, sindicatos y Estado, compiten generalmente por calidad en lugar de precio, requieren capacidades específicas en los trabajadores y las negociaciones salariales se hacen en forma más centralizada. Otro grupo relevante para nosotros son los países mediterráneos, de los que hay que tratar de no seguir algunos ejemplos.

-¿De qué forma se integra Uruguay al mercado global?

-Nuestro país tiene un modelo de capitalismo cuyas bases políticas se asemejan más al modelo coordinado que al liberal, pero son peligrosamente parecidas al tipo de coordinación menos eficiente que logran los países mediterráneos. Es coordinado, entre otras cosas, porque negocia salarios a nivel de sector, como sucedió en gran parte del siglo XX, y hay sindicatos fuertes y asociados al poder político. Sin embargo, el riesgo radica en que empresarios y sindicatos se están aún adaptando a estos mecanismos de coordinación, lo que implica altos niveles de conflictividad. Además, en ambas partes existe la tendencia a no querer abandonar privilegios particularistas en favor de soluciones universalistas, tanto en el ámbito del sistema productivo como en el del Estado de bienestar. La reforma impositiva y la de la salud han sido positivas para avanzar en la construcción de esta base universalista común al modelo liberal y al corporativismo socialdemócrata, pero contraria al corporativismo mediterráneo.

-¿Son tan grandes las diferencias entre las bases políticas de Uruguay y un país de desarrollo liberal como Chile?

-Sí. Tenemos una negociación salarial centralizada a nivel de sectores que cubre un 80% de la actividad laboral y una tasa de sindicalización medio-baja de 37%, que es el pico más alto en la historia gremial uruguaya. En cambio, Chile presenta una densidad sindical en torno al 11%-12%, y la negociación colectiva no supera ese guarismo. En Chile no existe una alianza entre izquierda y trabajadores como en Uruguay y el movimiento sindical, como en otros países liberales, tiene trabas legales para desarrollar estrategias de acción políticas. Creo que un observador cuidadoso de Uruguay y Chile, que logre leer las bases socio-políticas en ambos países durante las últimas décadas, verá que no es posible para Uruguay embarcarse en un modelo de tipo liberal en el mediano plazo. Los costos de un nuevo intento en ese sentido también serían innecesariamente altos. Esto no quiere decir que Uruguay no pueda aprender nada del modelo liberal. La ruta socialdemócrata y la liberal van juntas en parte del trayecto.

Tipo de modelo

-¿Cuál es la crítica más importante al capitalismo socialdemócrata?

-La implementación del modelo socialdemócrata de desarrollo coordinado resulta difícil porque es necesario que los dos grandes sectores que participan en la actividad económica -el empresarial y el sindical- se convenzan de la necesidad de actuar en consonancia. De lo contrario, el sistema va a estar siempre en tensión, tal como hoy lo vemos en Grecia. Por supuesto, la coordinación depende mucho del modo cómo la maneje el Estado. El otro problema es la relación entre el sector privado y el público. No podemos tener un sector público inamovible y un sector privado que pague los costos de las recesiones, en términos de empleo, como ya pasó en 2002. Los incentivos para resignar salario son muy bajos en sectores inamovibles.

-En caso de un shock económico negativo, ¿qué problemas se le plantearían al gobierno uruguayo bajo el incipiente modelo de desarrollo coordinado en Uruguay?

-El común denominador de las dos partes sustantivas del proceso productivo de nuestro país es alta conflictividad laboral, mucha desconfianza mutua y poca coordinación. Entonces, todo indica que, si enfrentáramos una crisis, los empresarios y los sindicatos en vez de procurar una solución conjunta tenderían a buscar salidas separadas. Incluso habría conflictos entre ramas de actividad a nivel empresarial y en el eje público-privado a nivel laboral. Nada de esto es nuevo, ya ocurrió en 2002. Sin embargo, hay sectores, como los que no dejaron de negociar salarios en forma sectorial durante la década del noventa, que coordinan en gran forma y sin la presión del Estado. El sector de la construcción es un ejemplo interesante a monitorear.

Remuneraciones

-El actual esquema laboral en Uruguay está basado en una economía que no genera empleos bien remunerados, salvo en contadas actividades. ¿En qué medida un modelo de desarrollo coordinado podría generar mejores salarios?

-Las remuneraciones de la fuerza de trabajo dependen de lo que se produce. La estructura productiva de Uruguay tiene que especializarse incorporando valor agregado a los commodities y diversificarse tanto en bienes como en destinos. Si el valor agregado es escaso, los precios de los productos uruguayos van a ser más bien bajos y, en consecuencia, los salarios también serán exiguos. No obstante esto, los salarios han crecido mucho en el último período.

-¿Cuál es el mayor obstáculo para lograr una estructura productiva más especializada y así alcanzar mejores niveles salariales?

-Quizás, el déficit más grave está en la educación, teniendo en cuenta que la mitad de los jóvenes uruguayos quedan fueran del ciclo básico de la enseñanza media. Lo mejor que se puede aspirar hoy en términos de ingresos vis-à-vis nivel de escolaridad está en los servicios. Pero las remuneraciones en ese sector están relacionadas con el bienestar de la economía, ya que los servicios sirven al sistema productivo. La innovación tiende a darse en el sector de alta tecnología y asociado al conocimiento. Para aprovechar esta ola, uno tiene que tener cierta formación que es muy improbable que se logre si no se culmina el ciclo de educación media.

-¿Es el nivel de gasto en educación lo que determina la baja capacitación laboral?

-Uruguay gasta en educación alrededor del equivalente al 4% del PIB. Pero el promedio de este gasto no alcanza al 3% si se toma como referencia su evolución en los últimos veinte años. Esta cifra es muy baja. Los países liberales gastan un 5%-6% del PIB en educación, mientras que los países nórdicos destinan cantidades algo mayores, alrededor del 7%, para este rubro. Por eso, nuestro país deberá continuar aumentando los recursos para la enseñanza en forma progresiva y gastarlos eficientemente. Además, hay un problema asociado al sistema educativo en su conjunto que no puede saltarse, ni se va a solucionar con retórica. Además, Uruguay genera muy poca sinergia en términos de colaboración entre públicos y privados.

Formación laboral

-¿Qué tipo de formación laboral habría que dar a los jóvenes uruguayos?

-Si nuestro país quiere realmente especializarse en una producción de calidad, tiene que combinar un sistema educativo formal con una formación laboral en las empresas. Por lo tanto, se deben atender dos aspectos fundamentales.

Primero, Uruguay tiene un serio problema de cobertura y, por tanto, todos los jóvenes deben completar los seis años de educación secundaria al igual que en los países desarrollados. Esta es una tarea de máxima urgencia. Segundo, es necesario que la producción nacional logre acceder a algunos nichos de mercados de alta demanda en el exterior para que un núcleo importante de las empresas comience a generar formación propia en la medida que sea necesario contar con personal capacitado. Una vez más, el sector de la construcción ofrece hoy un ejemplo interesante de políticas de generación de capacidades a nivel sectorial y con el apoyo del Estado.

-¿No debería el Estado promover esa formación?

-Ya lo está haciendo a través del Instituto de Empleo y Formación Profesional (Inefob) y de otros mecanismos. Pero, sobre todo, esta es una necesidad que surge del propio mercado. El Estado debe ir observando el mercado de trabajo para proyectar en qué sectores va a existir demanda de personal capacitado en el corto y mediano plazo a efectos de elaborar planes de formación laboral con una cierta antelación.

El proyecto liberal murió por diversos motivos con la crisis de 2002

-¿Hacia qué modelo de desarrollo económico se encamina Uruguay, según las conclusiones de su estudio?

-Los empujes liberales de fines del siglo XX en América Latina tuvieron efectos sustantivos y lideraron la integración de la economía política uruguaya al mercado global, pero no modificaron la matriz de nuestro país, asimilable al tipo de capitalismo que la literatura denomina genéricamente como modelo coordinado. El proyecto liberal iniciado en 1990 terminó de morir por diversos motivos con la crisis de 2002 y el acceso del Frente Amplio al gobierno en 2005 ha marcado un punto de inflexión en el sentido opuesto al modelo de mercado puro.

-Pero, ¿cuáles son las alternativas dentro de las diversas variedades que presenta el modelo de desarrollo coordinado?

-Las opciones para nuestro país son transitar hacia un modelo de coordinación de tipo socialdemócrata, como el continental europeo (Alemania, Austria, etc.), o como el mediterráneo. Este último es problemático. Hay varios factores que apuntan en la dirección mediterránea. Se destacan, entre ellos, la subsistencia de una matriz de beneficios segmentados tanto en el sistema productivo como en el de bienestar, aunque algunas reformas recientes como la impositiva y la del sistema de salud han hecho mucho para mitigar este problema; y la alta tasa de conflictividad laboral que se registra, en parte como consecuencia de la segmentación. Tanto el modelo liberal como el socialdemócrata necesitan una base uniforme y amplia sobre la que construir sus modelos. Los mediterráneos no han logrado eliminar los particularismos; este es el principal desafío para Uruguay.

-¿Qué responsabilidad tienen los sindicatos en la proliferación de los conflictos laborales?

-Los sindicatos uruguayos están experimentando un doble proceso que pone en tensión su tradicional cohesión. Por un lado, gracias a la reimplantación de los consejos de salarios, el movimiento sindical ha crecido en forma exponencial, habiendo aumentado su masa de afiliados en más de un 100%. Al mismo tiempo, su cúpula se ha debilitado por haber pasado muchos de sus líderes a desempeñar altos cargos en las dos administraciones del Frente Amplio. Por lo tanto, el sindicalismo hoy sufre tensiones de crecimiento porque se ha incrementado el número de gremialistas, pero cuenta con dirigentes menos preparados o con menor experiencia para dar soluciones a las mayores demandas de las bases. Otro problema es la decisión interna que el sindicalismo debe tomar en relación al proceso de eliminación de particularismos, especialmente en el sector público. Si los defiende, entonces mina el propio modelo coordinado. Los empresarios también deben tomar una decisión con respecto a otros particularismos que los afectan como actor colectivo y que debilitan su capacidad de acción colectiva.

Empresarios y sindicatos sin verdadera voluntad de coordinar

-¿Qué ventajas implica optar por un modelo de desarrollo económico coordinado similar al de los países del sur de Europa ?

-Las ventajas son muy pocas porque ese modelo no funciona correctamente en el largo plazo y la crisis europea lo está demostrando. El crecimiento económico de los países mediterráneos durante los últimos cuarenta años, aunque ayudado por la Unión Europea, está apenas por debajo de los países liberales y coordinados, pero su tasa de innovación tecnológica es ínfima. En el sur de Europa tampoco mejoró la equidad. Si bien esas economías tienen un nivel de gasto social similar al de Alemania o Austria, la distribución del ingreso es parecida a la de Estados Unidos, que es el país más inequitativo entre las naciones desarrolladas.

-¿Dónde se generan esos defectos?

-El problema principal es que los países mediterráneos gastan mal porque sus Estados de bienestar están construidos en base a privilegios y segmentaciones que no tienen una lógica universalista. Los dos sectores sustantivos del proceso productivo -empresarios y sindicatos- de esos países están siempre negociando, pero no demuestran verdadera voluntad de coordinar. Por lo tanto, los niveles de conflictividad son altísimos y las salidas negociadas a las crisis son poco probables. Si observamos su historia reciente, existe muy poca capacidad en estos países de afrontar crisis o recesiones sin una intervención de liderazgo por parte del Estado. Este no acompaña la iniciativa de actores maduros que negocian soluciones intermedias, sino que necesita imponer soluciones a regañadientes de dichos actores.

-¿Por qué el sector empresarial de los países nórdicos logra negociar en conjunto con los sindicatos y con el Estado, pero eso es tan difícil de alcanzar en los países mediterráneos?

-En lo que a los empresarios corresponde, se debe porque se convencieron del modelo; vivieron la mayor parte del tiempo desde el fin de la segunda guerra en contextos políticos de fuertes alianzas entre sindicatos y partidos de izquierda. En definitiva, se adaptaron.

En materia sindical, las alas radicales fueron rápidamente disciplinadas por los sectores socialistas moderados que construyeron alianzas duraderas con gobiernos de izquierda dispuestos a competir en el mercado. En los países mediterráneos, así como en Uruguay, aún permanece latente en algunos sectores la esperanza de volver al modelo liberal y, en otros, para volver a una lógica de predominancia estatal medio trasnochada. Si no existen incentivos para coordinar en el largo plazo, las estrategias planteadas no serán nunca de largo plazo. La responsabilidad se comparte entre todos. ¿Vamos a permanecer en un modelo y desarrollarlo o vamos a seguir en el péndulo del ciclo político de corto plazo?

Ficha técnica

Juan Ariel Bogliaccini, uruguayo, 34 años, es licenciado en sociología por la Universidad Católica del Uruguay y tiene una maestría en Política Educativa por la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Actualmente es candidato a doctor en ciencia política por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (Estados Unidos). Es académico asociado en el Instituto IPES (Investigación de Pobreza y Exclusión Social) de la Universidad Católica del Uruguay y profesor de la Universidad de Montevideo.

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