OPINIÓN

Estado de Situación (IV)

El estado de la economía es precario, con exceso de gasto público, deuda en récord histórico, alta inflación y empleo en caída desde hace siete años.

Quien ingrese al MEF en 2020 tendrá que afrontar temas sustanciales. Foto: F. Ponzetto
Ministerio de Economía y Finanzas. Foto: Fernando Ponzetto.

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Sin perjucio que existen otras variables que se pueden analizar, con esta columna daré por culminado el repaso de los principales datos de nuestra economía. Veremos aspectos que están indisolublemente ligados y que, como tantas veces intenté explicar, tienen un solo origen que es el desborde del gasto público que conduce a un déficit de las cuentas públicas insostenible.

Inflación.

El último registro sitúa a la variación de precios al consumo por encima del 8.7%, en tanto la inflación de núcleo supera el 10%. Naturalmente que es un aspecto de enorme preocupación, más aún cuando el sistema de precios está plenamente indexado “mirando hacia atrás” y, entonces, salarios, prestaciones, arrendamientos y demás toman esta cifra como base de aumento para el período siguiente.

Como el actual numerario del sistema hoy día son los salarios nominales y éstos se retroalimentan con lo que pasó con los precios en el período anterior, reducir la inflación será una tarea no sencilla y, de no pasar a un esquema de indexación “mirando el futuro”, definitivamente será imposible a menos que se esté dispuesto a sufrir una recesión más profunda que la que estamos inmersos.

No parece sensato hacer algo así. Ante ello la tarea requiere una coordinación de la política monetaria con la de ingresos y, naturalmente, una política fiscal en consonancia para asegurar el resultado y su sostenibilidad.

Todo lo contrario a lo que ha estado pasando en los últimos, no menos de 10 años donde la política monetaria tuvo que seguir a la de ingresos, siendo ésta presionada por la expansión del gasto público (aumento del precio relativo de los bienes no transables) y la forma y periodicidad de la indexación, haciendo perder credibilidad al BCU.

Atraso cambiario.

Combinado con lo anterior y el siguiente tema (las finanzas públicas), existe un relevante problema de atraso cambiario. Dejando de lado la paridad con Argentina, no porque no sea importante, sino por la alta varianza que suele tener el tipo real de cambio en períodos cortos, cualquier medida sensata nos dice que nuestra moneda tiene una apreciación del orden del 20% sobre una paridad razonable.

En promedio de 2019 los precios domésticos, medidos en moneda de intercambio internacional son muy similares a los de 2012 y apenas 3% por debajo de los de 2014, en tanto los precios de exportación están entre 17% y 18% por debajo de aquellos años.

Nuestra generación de divisas y capacidad de compra en ella, depende de las exportaciones y su precio. A nadie escapa que si nos ingresan más dólares por la misma cantidad de bienes y servicios vendidos, tenemos mayor poder adquisitivo y pagamos más caro los servicios no transables.

Déficit fiscal.

La situación no dudo en calificarla de extrema precariedad. El déficit fiscal de 2019, medido como corresponde fue de 5,1% (*), un valor no solo insostenible sino de alto nivel de riesgo.

En el último año, los ingresos del erario público cayeron y las erogaciones, como ha sido norma en los últimos 15 años sólo conocen el aumento real. Esto último no constituye un problema en sí mismo, siempre que la economía crezca, pero sí lo es cuando la economía se estanca como ha sucedido, medida entre externos, en estos cinco años.

El nivel de gasto público en términos de la riqueza anual generada, está entre 5 y 6 puntos del PBI por encima del soportable si queremos tener impuestos adecuados a nuestro nivel de ingreso que permitan el crecimiento de la economía. Ni que decir si ese nivel de presión fiscal la juntamos con la calidad de los servicios públicos brindados. Hoy un trabajador en Uruguay tiene la misma carga impositiva sobre el salario que en Francia pero, en éste país, el ingreso per cápita triplica el nuestro y los servicios públicos suelen ser mejores.

Reducir el déficit fiscal sin recurrir a la inflación es la tarea a llevar adelante; ésta requiere disciplina estricta y perseverancia.

Deuda pública.

En este aspecto hay luces y sombras. Las buenas noticias vienen del lado que hemos aprovechado, como la casi totalidad de los países, -todos salvo los no sensatos- las desconocidamente favorables condiciones financieras internacionales y con ello, estirado los vencimientos de la deuda, emitido parte de la ella en moneda local y fijado la tasa de interés cuando ésta sigue siendo muy baja. Lo anterior da “aire” (tiempo) para trabajar, lo que constituye la condición fundamental para corregir de forma ordenada el rumbo.

La mala noticia es que el ratio deuda a PBI ya pasó la zona gris y ha incursionado en una gris grafito por lo que las medidas de corrección deben ser inmediatas y los plazos para volver a algo más razonable (retornar a una zona de confort, hecho con orden nos debería llevar una década quizás), son cortos.

Una medida de deuda donde se tome el tipo de cambio real de paridad y el PBI de tendencia, nos sitúa el ratio deuda a PBI en máximos históricos.

El resumen de estas columnas es que el estado de la economía es precario, exceso de gasto público, deuda en récord histórico, alta inflación, atraso cambiario, empleo cayendo desde hace 7 años, inversión con caída del 30%, exportaciones y PBI estancados y falta de reformas estructurales que impulsen el crecimiento entre lo más relevante.

(*) Al 4,7% informado corresponde sumar el efecto “contabilización” de intereses perdidos, el ligero aumento en la deuda flotante y la caída en el stock de petróleo y refinados de ANCAP.

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