CARLOS STENERI
Con una Europa cuya crisis sigue barriendo gobiernos, y con el retorno de las confiscaciones, ahora en América Latina, la incertidumbre es el factor que reinará en el mundo que se avecina.
Aunque ubicados en latitudes distantes, ambos acontecimientos son una muestra de la complejidad de los momentos actuales. Cada cual a su manera, ayuda a enrarecer una atmósfera de por sí ya enrarecida por el desconcierto surgido de una crisis europea aún no resuelta y el agotamiento de modelos de gestión de gobierno populistas como el argentino.
Los dos hechos también desnudan otros aspectos aún más importantes que las formas: son la consecuencia de raíces culturales que afloran toda vez que una situación de crisis se hace presente.
EUROPA UNA VEZ MÁS. Los resultados electorales de la semana pasada en Francia, ponen en jaque la reelección del Presidente Sarkozy. Ese resultado, más allá de poner en tela de juicio la gestión de un opaco presidente centrista, resaltó por la fuerza de las urnas a candidatos de la extrema izquierda y derecha. En sus manos está el resultado del próximo ballotage, donde para ganarlo cualquiera de los candidatos en disputa con mayor probabilidad deberán correrse a las puntas para conseguir los votos necesarios. En ambos extremos operan visiones peligrosas o perimidas. En la derecha el nacionalismo económico con sus fobias racistas, esta vez contra los inmigrantes. En el otro, la vuelta al paraíso prometido del socialismo real, donde Europa ya fue el laboratorio de una utopía reiteradamente fracasada.
Una vez más, una de las sociedades más sofisticadas del planeta muestra que casi un tercio de su electorado recae en propuestas de política extremas como reacción ante una crisis económica de carácter continental. La historia ha enseñado en repetidas ocasiones que visitar esos extremos no aporta soluciones, sino más miseria. Y lo más notable es que esto acontece en sociedades con alto grado de desarrollo, una excelente distribución del ingreso y una fuerte red de protección social. Es un tema de estudio, pero quizás su respuesta haya que buscarla por el lado de los miedos de perder las certezas y el bienestar actual que aporta una sociedad armada sobre una cultura donde el trabajo no es más que una necesidad residual frente a otras categorías.
El candidato socialista moderado, quien tiene altas probabilidades de ganar el ballotage el 6 de mayo, ha utilizado como tema de campaña electoral que reverá los propósitos del actual gobierno de ajustar la economía francesa, de manera tal de recuperar la consistencia fiscal y rebajar el alto endeudamiento externo. Para ello prometió renegociar el Acuerdo Fiscal Europeo, lo cual implicaría un mal ejemplo y un retroceso importante en la operativa de la salida de la crisis. Para entender sus consecuencias basta con tener en cuenta que a pesar de que los 17 miembros de Europa redujeron en promedio su déficit público de 6,2% en 2010 a 4,1% en 2011, su endeudamiento externo subió 1,9% llevándolo al 87,2% de su producto bruto, el más alto desde la creación del euro en 1999.
Por otro lado, el actual gobierno holandés de centro derecha, anunció que renunciará y solicitará el llamado a elecciones anticipadas ante la falta de apoyo parlamentario para llevar adelante su gestión. El tema nuevamente es la resistencia política, ante la dureza del programa de ajuste al que Holanda se ha comprometido (N.de R: el gobierno holandés dimitió el pasado lunes 23).
Ambos acontecimientos marcan una ruta a través de la cual más de una docena de gobiernos han cambiado en Europa, siendo remplazados por otros de signo político opuesto, lo cual muestra la endeblez de los compromisos asumidos o el desconcierto imperante.
Sin duda estamos frente a una situación preocupante por la inestabilidad que irradia, impidiendo la formación y la permanencia de los liderazgos políticos necesarios que requiere la gran crisis actual. En definitiva, esta dinámica política europea, acelerada y enredada, impide la aparición del hombre de su tiempo, llamado a liderar la salida que todo el continente necesita.
OTRA VEZ ARGENTINA. Primero Venezuela y ahora Argentina han desenterrado las confiscaciones para mal de toda América Latina.
Bajo el pretexto de la recuperación de algún tipo de soberanía maculada, se ha entrado en una ronda peligrosa de violación de contratos. Y lo que es peor, bajo una forma perniciosa de llevar adelante la gestión pública, pues de por quién viene además de buscar resultados concretos, va dando ejemplos que construyen el acervo cultural de una sociedad. O, por el contrario, van ayudando a degradarlo.
Las sociedades que aspiran a ser genuinamente libres y abiertas, operan a través de la ejecución de los contratos pactados libremente entre las partes de acuerdo a los códigos y las prácticas procesales preestablecidas. Todo lo otro degrada el funcionamiento de la sociedad y habilita al zarpazo como un método válido de ejecutar la política. Más aún, se hace más peligroso cuando es el propio Estado quien lo practica. La historia del siglo XX está cargada de ejemplos nefastos de Estados omnipotentes, de signos políticos diversos, que operaron con la lógica del zarpazo. Y ante ello no es válido esgrimir la supuesta legitimidad del propósito buscado: nunca en estos temas el fin justifica los medios.
En el caso reciente de Argentina, más allá de la validez del objetivo de fortalecer su soberanía energética, nacionalizando un recurso considerado estratégico, el procedimiento fue actuar bajo el imperio de las normas legales. Todo Estado tiene ese derecho, lo cual no valida la vía unilateral, pisoteando contratos de por medio.
Pues en realidad, lo que se está pisoteando es mucho más que los derechos de una empresa. Implica ni más ni menos que el pisoteo de las reglas que dirimen los conflictos entre privados, o entre los ciudadanos y el Estado. Obviamente que este es un camino que no comenzó ahora. Es otro síntoma de una sociedad que se ha venido acostumbrando a operar de esta manera. Viene ya de larga data, siendo sus ejemplos más patentes el default de la deuda del año 2001, al son de los aplausos y de su himno patrio en el seno del Congreso, seguido con el bloqueo de puentes fronterizos, el manipuleo de sus estadísticas o el desconocimiento de acuerdos internacionales como el Mercosur. En todos esos episodios se esgrimió un fin supremo que justificó los medios aplicados.
Y lo más preocupante es que toda la sociedad, aceptándolo, se ha ido imbuyendo de ese espíritu que es una clara retrogresión de las prácticas democráticas y la convivencia pacífica entre naciones.
Como ciudadanos de una nación pequeña, respetuosa de la ley y los tratados, eso luce incomprensible y asusta.
Mirando entonces el tembladeral en el cual se encuentra Europa y las disonancias que irradia nuestra nación hermana, debemos aceptar que los grados de libertad para cometer errores se van reduciendo y los riesgos han aumentado. Soy de los que me afilio a que el mal propende a atraer el mal. Tengamos cuidado entonces con la actitud complaciente de que porque somos o actuamos distinto, los ojos distantes del mundo automáticamente verán las diferencias y actuarán en consecuencia. Aunque mucho se ha hecho y logrado al respecto, debemos aceptar que pertenecemos a una región atronada por ruidos.
Es entonces ahora, más que nunca, el momento de demostrarle a la comunidad internacional que somos una sociedad abierta, respetuosa de las leyes y los tratados.