¿Puede Uruguay producir lo mismo trabajando menos?

Reducir la jornada laboral no es gratis, pero tampoco imposible. La clave está en el diseño.

Dirigentes del PIT-CNT durante el acto de la central sindical por el Día de los Trabajadores.
Dirigentes del PIT-CNT durante el acto de la central sindical por el Día de los Trabajadores.
Foto: Ignacio Sánchez / El País.

La discusión sobre una potencial reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial suele presentarse como un tema de bienestar, más tiempo libre para los trabajadores, menos fatiga. Pero detrás de esa premisa hay una pregunta económica ineludible: ¿Puede Uruguay producir lo mismo trabajando menos?

Plantear esta pregunta no implica asumir que la respuesta sea negativa ni que reducir la jornada sea necesariamente costoso. Implica identificar qué tendría que cambiar dentro de las empresas para que menos horas de trabajo no se traduzcan proporcionalmente en menos producción.

Si el salario se mantiene y una empresa quiere producir lo mismo, la productividad por hora tendría que aumentar en la misma magnitud que la reducción de la jornada. Esto siempre que la empresa no contratara más personal, no reorganizara sus procesos ni invirtiera en tecnología.

Los datos muestran que el trabajador uruguayo promedio no está hoy en una jornada de 48 horas. Según el INE, en 2025 el promedio de horas habituales trabajadas fue de 37,3 horas semanales.

Sin embargo, ese promedio esconde diferencias importantes. Al desagregar por sector, se observa una alta dispersión: Transporte y Almacenamiento lidera con 44,1 horas habituales promedio, seguido por actividades del sector primario (Producción agropecuaria, forestación y pesca, y Minería) con 43,9 horas. En el otro extremo, los sectores con menos horas son las Actividades de los hogares como empleadores y la enseñanza.

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Una eventual reducción a 40 horas no sería un recorte uniforme. Para algunos trabajadores implicaría una reducción considerable; para otros, el cambio sería menor o inexistente. La misma norma puede ser uniforme en su redacción y profundamente heterogénea en sus consecuencias económicas.

Esto importa porque las actividades no tienen las mismas posibilidades de adaptación. No es lo mismo reorganizar una jornada en una empresa de transporte que en una actividad profesional, ni sustituir horas mediante nuevos turnos en una fábrica que hacerlo en un servicio de atención directa.

¿Qué opciones tienen las empresas para sustituir las horas que desaparecen?

Una empresa que debe producir con menos horas tiene varios caminos: puede producir más por hora, reduciendo tiempos muertos y mejorando la gestión; puede sustituir trabajo por capital mediante automatización o nuevas tecnologías; o puede sustituir horas por trabajadores, contratando más personal o creando nuevos turnos.

Pero también puede no compensar completamente la reducción: producir menos, aceptar menores márgenes o trasladar parte del aumento de costos a los precios.

Menos horas pueden ser más productivas

El argumento de la productividad es importante porque no todas las horas de trabajo rinden igual. Jornadas muy largas pueden generar fatiga, errores y accidentes. A su vez, existe evidencia de rendimientos marginales decrecientes, es decir, a partir de cierto umbral una hora adicional de trabajo aporta menos producción que las anteriores. Entonces, reducir una jornada excesivamente larga puede aumentar la productividad de las horas restantes.

Es posible obtener un proxy de la productividad del trabajo a través de la “productividad aparente”[1], calculada como el cociente del PIB en precios constantes sobre la cantidad de ocupados durante el año.

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Tal como se puede observar en el gráfico anterior, la productividad aparente ha presentado un comportamiento estable durante los últimos años, encontrándose en valores similares a los observados en 2018. Este estancamiento podría dificultar la absorción de los costos asociados a una reducción de la jornada laboral, aunque también es posible que dicha reducción opere como un incentivo para mejorar la eficiencia; el resultado dependerá en última instancia de las causas subyacentes del estancamiento y de las características de cada sector.

La experiencia internacional ofrece ejemplos al respecto, con resultados mixtos. En Islandia (2015-2019), pruebas en el sector público mostraron mantenimiento de productividad con jornadas de 35-36 horas; en el Reino Unido (2022), la mayoría de 61 empresas mantuvo la producción; en Francia (2000), la reducción a 35 horas tuvo resultados mixtos.

Pero conviene no exagerar la conclusión. Que la productividad por hora pueda aumentar cuando se reducen jornadas largas no significa que vaya a aumentar en la misma magnitud que la reducción. La evidencia internacional confirma que el efecto depende de las características de las empresas, la organización del trabajo y el punto de partida de cada sector.

El ajuste también puede ser tecnológico

Aquí aparece una segunda vía de adaptación. Productividad no significa necesariamente trabajar más rápido; muchas veces significa necesitar menos trabajo para producir lo mismo.

Reducir las horas eleva el costo de cada hora de trabajo, lo que puede modificar las decisiones de inversión. Tareas que antes no justificaban automatización pueden volverse candidatas; procesos pueden ser rediseñados.

En consonancia con lo anterior, y según los resultados del Comité de Expertos del MEF, la productividad total de los factores (capital y trabajo) se mantendrá estable en el tiempo, sin registrar incrementos significativos, tal como se puede observar a continuación.

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Ahora bien, esto no permite afirmar que una reducción de jornada vaya a provocar despidos masivos. Lo que sí puede ocurrir es una aceleración de decisiones de inversión que antes no eran rentables.

Por otro lado, lo que la productividad no compense tendrá que absorberse de alguna manera: por la empresa, mediante menores márgenes; por el consumidor, mediante mayores precios; por el empleo o la inversión, mediante una menor demanda de trabajo o de capital; o por la propia producción, si parte de la actividad deja de ser rentable.

El margen para cada ajuste depende del sector. Una empresa exportadora tiene menos capacidad para trasladar un aumento de costos a precios que un servicio que enfrenta poca competencia externa.

Por eso no existe una única consecuencia económica de reducir la jornada. La misma ley puede traducirse en más inversión, más empleo en otra, mayores precios en una tercera y menor producción en una cuarta.

Asimismo, el diseño del mecanismo es fundamental. Gradualidad, distribución de horas y negociación colectiva pueden dar tiempo a las empresas para reorganizar turnos, invertir y adaptar procesos.

Uruguay ya tiene experiencia institucional en este terreno. Un informe reciente de la OIT[2] analiza 20 acuerdos de Consejos de Salarios y convenios colectivos que incluyen mecanismos de reducción y redistribución de jornada, organización de turnos y otros aspectos del tiempo de trabajo.

Eso no demuestra que la negociación colectiva sea necesariamente superior a una ley ni que las reducciones de jornada sean gratuitas. Pero sí muestra que la discusión sobre la reducción no empieza desde cero.

Una reducción de jornada no es gratis. Exige adaptaciones que no todas las empresas pueden realizar con la misma facilidad ni en los mismos plazos. Pero tampoco es una medida imposible de implementar: la experiencia internacional y la propia trayectoria uruguaya en negociación colectiva demuestran que existen mecanismos para gestionar la transición. Lo que no existe es una solución única.

- Juan Carlos Oehler y Sofía Pereira. Consultoría Económica de Grant Thornton Uruguay y Paraguay.

[1] Veiga, L., Madalena, S., Fratocchi, V., & Harguindeguy, S. (2023). Más y mejor trabajo. IEEM Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo; Pharos, Academia Nacional de Economía; Centro de Estudios para el Desarrollo.
[2] Iglesias, L., Panizza, C., & Zubillaga, I. (2025). Análisis de experiencias en la negociación colectiva del tiempo de trabajo en Uruguay (Informes Técnicos OIT Cono Sur No. 54). Organización Internacional del Trabajo. https://doi.org/10.54394/EGWR0773

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