ENTREVISTA

La parte menos visible de la guerra entre EE.UU. y China

Más allá del tira y aplofe puramente comercial, se esconden intereses geopolíticos y en especial del liderazgo tecnológico, que hoy Estados Unidos está lejos de tener.  

Andrea Renda - Experto de la UE sobre gobernanza, regulación e Inteligencia Artificial. Foto: Francisco Flores
Andrea Renda - Experto de la UE sobre gobernanza, regulación e Inteligencia Artificial. Foto: Francisco Flores

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Detrás de una aparente guerra comercial entre Estados Unidos y China, existen otros intereses que también movilizan ese esquema de tensiones entre los dos gigantes. Las medidas tomadas por el gobierno de Donald Trump contra la tecnológica china Huawei están motivadas por la necesidad de disputar un liderazgo tecnológico que la primera potencia mundial ve cada vez más lejos. Para el italiano Andrea Renda, miembro del Grupo de alto nivel sobre los impactos económicos y sociales de la Unión Europea sobre inteligencia artificial (AI), el rezago de Estados Unidos en el desarrollo de tecnología 5G moviliza buena parte de los enfrentamientos, y el riesgo que se corre “es que esa batalla lleve a una carrera de competencia, duplicación de esfuerzos y recursos, sin nada de cooperación y mucho menos con un objetivo sostenible”. Renda estuvo en Montevideo días atrás, invitado por la Delegación de la Unión Europea en Uruguay. A continuación, un resumen de la entrevista.

—Usted destaca que estamos ante una oportunidad para el desarrollo sostenible, en materia de tecnología digital. ¿Cuál es el camino para ello?

—No precisamente el que se está siguiendo hoy. En este momento, hay países muy poderosos que lo están tomando como una cuestión geopolítica; mientras Estados Unidos y China están en plena competencia en el desarrollo de las tecnologías digitales, el peligro es que esto los lleve a desarrollar avances que compitan entre sí, no se persigan objetivos comunes, y en lugar de apuntar a un desarrollo sostenible tengamos un escalamiento de la tecnología para la competencia digital, la seguridad o la defensa. No debe ser ese el camino. Y en ese terreno, el papel de la Unión Europea es el liderazgo de los avances tecnológicos y la inteligencia digital con el objetivo de que sean algo beneficioso para la humanidad, y no como instrumentos en una disputa entre dos potencias. Y para ello necesitamos cooperación con todos los países que tienen un enfoque similar en términos de sostenibilidad y la necesidad de un desarrollo equilibrado, respetando las componentes sociales, económicas y medioambientales por igual.

—¿Cuáles son las cuestiones en juego en la guerra comercial entre Estados Unidos y China?

—Precisamente, no es una guerra solo comercial. Va bastante más allá de eso, lo que nos preocupa. Es muy difícil intentar modificar el rumbo de los acontecimientos en el corto plazo. Por ejemplo, la cuestión de Huawei, es una cuestión de política y proteccionismo. Estados Unidos se dio cuenta que en relación con el desarrollo de las redes 5G está retrasado, comparado con China y Europa, no han desarrollado esas tecnologías, siendo muy fuertes en cuanto a plataformas digitales, pero en cuanto a la conectividad de redes, están claramente rezagados.

—¿Qué significa ese rezago?

—En este momento, a nivel global, en relación a 5G, tenemos un grupo de patentes que se tienen que juntar para hacer posible su mayor desarrollo. De esa tecnología, los chinos tienen alrededor de la tercera parte; los europeos (Nokia y Ericsson) aproximadamente un 25%; los coreanos (LG y Samsung) más o menos otro 25%. ¿Dónde está Estados Unidos? Cuando se dieron cuenta que estaban muy lejos en ese terreno, la cuestión devino en un asunto político, de soberanía digital y le añadió una tensión extra a este desarrollo coordinado. El riesgo es que, a partir de esos movimientos, en tres o cuatro partes distintas del mundo se desarrolle tecnología en forma descoordinada, cada uno por su lado, duplicando esfuerzos y recursos, en direcciones que quizás ni siquiera sean las más importantes pensando en un desarrollo sostenible. Estamos acabando con el planeta, pero trabajamos en seguridad en 5G, en lugar de hacerlo en cómo mejorar e incrementar la presencia de sensores en el campo para provecho de la agricultura o la gestión del agua, por ejemplo.

—¿Adónde nos lleva el conflicto con Huawei?

—Google anuncia que no dará el soporte técnico a Android para los teléfonos Huawei. Ante esto, la compañía china está desarrollando su propio sistema operativo. Técnicamente, deberíamos decir que lo más eficiente es la complementariedad de las empresas que existen y no la duplicación de los recursos. Absolutamente innecesario. La tensión de la soberanía digital, que es lo que ha movido a Estados Unidos en las últimas decisiones que tomó, está llevando a que los desarrollos comiencen a darse en silos, un gran problema para la eficiencia y la rapidez con que desarrollamos la tecnología.

En uno de los organismos de estandarización internacional, llamado IEEE, decidieron excluir a Huawei de sus grupos de trabajo. Esto es como una Guerra Fría. O peor. En aquel momento, los científicos rusos y estadunidenses mantuvieron igualmente un grado de colaboración. Si ahora vamos a la fragmentación de los esfuerzos técnicos, nos va a terminar generando muchos problemas e insisto, no vamos a aprovechar las bondades del desarrollo tecnológico en aquellas cosas que nos faciliten la calidad de vida y el respeto a la naturaleza.

—¿De qué forma se pueden contrarrestar esos efectos nocivos de esta “guerra”?

—Tres países, Canadá, Japón y Francia hicieron la propuesta de crear un panel intergubernamental sobre inteligencia artificial, con un formato similar a como opera el panel sobre cambio climático que ya produce evidencia científica muy importante para la adopción de políticas. El tema central de ese panel es el debate internacional sobre el buen uso de la inteligencia artificial, pero dicha propuesta, que se va a discutir en este mes de agosto en el G7, encuentra una fuerte resistencia de dos países en todo el mundo: casualmente, China y Estados Unidos. Hay que superar las trabas que estos dos gigantes ponen a los procesos de desarrollo colaborativo que otros muchos países impulsan, caso Unión Europea, si no estamos en problemas. Esa es “la verdadera guerra”.

—La cuestión ética del uso de IA y Big Data parece estar en el centro del debate…

—Cierto. Pero es un terreno en el que estamos improvisando todavía. En estos momentos trabajo en un grupo de expertos que asesora a la Unión Europea en directrices éticas para la inteligencia artificial. Pero no es fácil, porque eso necesita de una gobernanza nueva e instituciones también nuevas, porque los algoritmos no son buenos ni malos en sí mismo, sino que todo depende de los datos que se le dan, de la manera que se los entrena y de lo que se pretende después. Un algoritmo puede reproducir y elaborar información requerida, por ejemplo, para definir una orientación del empleo, pero si le damos información parcial, o la representación de una determinada comunidad ya está de por sí distorsionada, puede terminar dirigiendo la selección de personas con un sesgo poco conveniente; por ejemplo, solamente hombres. Este ejemplo demuestra que las responsabilidades sobre determinados campos de acción no pueden dejarse exclusivamente en manos de la inteligencia artificial, y la forma en que las instituciones operen sobre esos aspectos tiene que ser decisiva.

La nueva presidenta de la UE, Úrsula von der Leyen anunció que en los primeros días de su administración que se inicia en setiembre, adoptará dos iniciativas muy importantes. Una de ellas es precisamente sobre las consecuencias humanas y éticas de la inteligencia artificial. Hemos propuesta en un reciente documento que se establezca un mecanismo institucional, para que lo que llamamos “inteligencia artificial viable” se transforme no solo en un objetivo ideal, pero también en ordenanzas que se deben de cumplir por parte de las empresas de Internet y del mundo digital. Se obliga a las empresas a adoptar una serie de iniciativas que permitan reducir los riesgos y los impactos negativos sobre los usuarios y la sociedad en general.

—Lo que están en plena revisión es la consideración de Internet= libertad…

—Todos saludamos la llegada de Internet como una representación de la verdadera libertad, casi de la anarquía. Bueno, en este momento no hay nada de eso en Internet. El Parlamento europeo, cuando discutía sobre la neutralidad de la red, resolvió que debíamos monitorear la red 24 horas al día, los 24 días a la semana, para asegurar que en realidad haya libertades para todos. Esto no es ya anarquía, sino todo lo contrario, el Big Brother. No parece ser tampoco la solución.

Y el uso discriminatorio de la información es otra cuestión que preocupa: si eres hombre, blanco y de unos 40 años, tienes un 60% más de posibilidades de que Google oriente hacia ti la posibilidad de un buen empleo, frente a otros colectivos. Si eres mujer y afro, las posibilidades en Estados Unidos, por ejemplo, son sensiblemente menores. Con los avisos dirigidos con esos sesgos, llegamos a una situación que se define como “filter bubble” donde cada persona se ve replicada por los mensajes que le llegan en Internet. Eso conduce a una polarización de la sociedad, algo muy perverso ante lo que los Estados y las instituciones que velan por una sociedad más justa no deben mantenerse al margen. No estamos más globalizados como nos parece, sino más tribalizados.

—La necesidad de una mayor regulación ya surge como un imperativo…

—Sin dudas, el poder de las grandes plataformas que gobiernan el mundo de Internet es tan grande, que necesita regulación. En primer lugar, ya entró en vigor en la UE el reglamento general de la protección de datos personales hace un año; la época de los datos libres terminó, cada usuario debe ser dueño de su información personal. Recién comenzamos hace un año a avanzar en esa línea, por un camino extremadamente difícil.

—¿Qué poder punitivo pueden tener los Estados?

—Hay una sola manera de marcar terreno en ese sentido. Dejemos de lado estrategias más románticas, ideales. La nuestra es esta: Europa tiene el mercado interior más rico del planeta, 500 millones de personas con un promedio de poder adquisitivo relativo bastante alto, con recursos y disponibilidad de consumo de servicios avanzados. La única posibilidad es vincular el acceso a este mercado al cumplimiento de determinadas reglas éticas. Rigurosas condiciones de acceso.

—¿Cómo se hace valer estas directrices ante empresas que operan sin una referencia territorial?

—Por lo pronto, en cuanto a la protección de datos personales, desde 2018 cuada empresa, no importa dónde esté ubicada su sede, si tiene datos europeos está sujeta a la aplicación de las normas de la UE. Y para ello necesitamos cooperación entre países.
Hoy, 12% de los datos personales de todo el mundo están grabados y conservados en Estados Unidos. Y un 30% de ellos se estima que son datos de europeos. Como no parece haber buen ambiente para la cooperación, la UE trabaja en lo que denomina soberanía digital, que es ni más ni menos que las bases de datos de ciudadanos del bloque deben estar geográficamente dentro de él. Si Microsoft, por ejemplo, quiere operar en Europa, debe establecer su servidor para la información de ciudadanos europeos, en este continente. China está haciendo lo mismo, al influjo de la normativa que desarrolló Europa.

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