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Las mejoras educativas se concentran en los más ricos

"Entrando al año electoral no es necesario ser pitoniso para vislumbrar que la educación seguirá a tope de la agenda pendiente."

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Educación
Educación.
Foto: Leonardo Mainé

La columna del 18/12/2023 me referí al efecto de los barrios en los resultados educativos, esto es, cómo el lugar donde la persona vive afecta sus decisiones educativas. Estrechamente ligado al efecto barrio, está el efecto ingreso del que trata esta columna. Ambas notas se basan en un trabajo reciente junto a Santiago Acerenza y Daniel Misail que se encuentra editado como nota técnica del BID bajo el título “Neighborhood impacts on human capital accumulation of adolescents and young adults in Montevideo” y es de libre acceso a través de la web. Nos basamos en los microdatos de las Encuestas Continuas de Hogares del INE para los años 1992 al 2019. Evitamos utilizar datos posteriores dadas las anomalías propias de la pandemia y los efectos retardados que se puedan haber generado.

Consideramos tendencias. En primer lugar, el promedio de años de educación formal aprobados entre los jóvenes entre 15 y 24 años pasó de estar debajo de 9,5 a inicio de los 90 a estar por arriba de 10,5 a fin de la segunda década de este siglo. En segundo lugar, para jóvenes entre 15 y 18 años la probabilidad de asistir o de haber culminado educación secundaria o UTU pasó del entorno del 70% a cerca del 85%.

La tercera variable que analizamos es el porcentaje de jóvenes entre 19 y 24 años que completaron secundaria o UTU. Encontramos aquí también una tendencia al alza desde cerca del 30% hasta más del 50%. La cuarta variable refiere a la probabilidad de asistir (o estar graduado) a estudios universitarios para jóvenes entre 19 y 24 años. También aquí hay una mejora desde alrededor del 25% a cerca del 40%.

La visión resumida de los cuatro indicadores apunta a una tendencia positiva. Esto contrasta con la percepción pública de un sistema educativo en crisis. Podría discutirse a que se debe esta aparente contradicción. Podría ser por problemas de calidad (sugeridos por las pruebas PISA) o rezago con relación a otros países de América Latina. Otra explicación potencial, y que deseo destacar en esta nota, es que las mejoras en la educación fueron desiguales entre los grupos sociales.

En lo que sigue me voy a referir a tres grupos. Los hogares que se encuentran en el 20% más pobre (primer quintil), los hogares que se encuentran en el 20% medio de la distribución de ingreso (tercer quintil) y los hogares con ingresos en el 20% superior (5° quintil).

Los resultados educativos están altamente correlacionados con los ingresos del hogar. Aunque durante el período estudiado ha habido progresos en todos los quintiles de ingresos, las mejoras en tres de las cuatro variables que estudiamos se concentran entre las familias de altos ingresos.

Según nuestras estimaciones, entre los más pobres el promedio de años de educación pasó de 7,6 a 8,4. Es decir, un incremento de 0,8 años. En cambio, para quienes se encuentran en los sectores medios o altos la mejora fue de 1,7 a 1,8 años. El nivel promedio del quintil 3 pasó de 9,3 a 11,1 y de los más ricos pasó de 10,8 a 12,5. Esto implica que la distancia entre los más ricos y los más pobres se amplió. En 1992 los más ricos tenían 3,2 años más educación que los más pobres. En el 2019 esta brecha era de 4,1 años.

Entre las familias del primer quintil de ingresos, acceder a estudios universitarios es un hecho poco común. En 1992, solo 5% asistía o era graduado universitario. Para 2019 este indicador solo aumentó 2 puntos porcentuales. En contraste, para el tercer quintil de ingresos los estudios universitarios aumentaron 17 puntos porcentuales y para los hogares de más altos ingresos creció del 45% al 69%.

Vamos a decirlo de nuevo. En 1992 un joven del quintil más rico tenía 45% de probabilidad de asistir a la universidad en comparación con un 5% de probabilidad que tenía un joven del quintil más pobre. En 2019 estas probabilidades pasaron a ser 69% y 7%. La brecha aumentó de 40 puntos porcentuales a 62 puntos porcentuales.

La finalización de la secundaria también es poco común para los adolescentes de los hogares de ingresos más bajos. Entre 1992 y 2019 solo aumentó del 15% al 16%. Para aquellos que viven en hogares en el tercer y quinto quintil de ingresos la mejora fue mucho mayor, del 35% al 57% y del 60% al 83% respectivamente. Como resultado, la brecha en la probabilidad de finalización de secundaria entre los más ricos y los más pobres pasó de 45 puntos porcentuales a 67 puntos porcentuales.

Solamente la matrícula en secundaria muestra un patrón diferente. Si bien está correlacionado positivamente con el ingreso, las mejoras en este indicador se concentran en los hogares de bajos ingresos. En 1992, solo el 49% de los que se encontraban en el quintil inferior de ingresos asistían, en contraste con el 76% de los del tercer quintil y el 91% de los del quintil superior. En 2019, las tasas de matrícula en secundaria del primer, tercer y quinto quintil eran del 73%, 89% y 97% respectivamente. Entre los 90 y 2019 la brecha entre los quintiles superior e inferior pasó de 42 puntos porcentuales a 24 puntos porcentuales.

Entrando en un 2024 electoral, no es necesario ser pitoniso para vislumbrar que la educación seguirá a tope de la agenda pendiente.

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