Los procesos de segregación residencial se agravan cuando los espacios urbanos de los pobres se convierten en bolsones de desesperanza, aislados de los circuitos principales de la sociedad, sostuvo el sociólogo Ruben Kaztman, director del Ipes de la Universidad Católica del Uruguay en diálogo con ECONOMIA & MERCADO. El entrevistado, junto con su colega Alejandro Retamoso, acaba de publicar un trabajo de investigación, como parte de las actividades del Programa de Investigación sobre Integración, Pobreza y Exclusión Social (Ipes), titulado "Segregación espacial, empleo y pobreza en Montevideo". A continuación se publica un resumen de la entrevista.
—¿Son los barrios de Montevideo cada vez más homogéneos en su composición social?
—Cuando se considera tanto el nivel educativo, las tasas de desempleo o las características ocupacionales de los residentes, los datos que conocemos muestran que en las últimas dos décadas se ha registrado una tendencia a una mayor homogeneidad en la composición social de los barrios de Montevideo. En las zonas con más desventajas, el aumento de la concentración de la pobreza responde básicamente a la resultante de tres movimientos: el empobrecimiento de los antiguos residentes, el desplazamiento hacia esas zonas de los hogares que fueron más afectados por la crisis del mundo del trabajo y la fuga de esos barrios de aquellos que tienen recursos para hacerlo y que tratan de evitar los problemas que surgen por lo general en lugares con altas densidades de carencias. Nuestra impresión es que lo que ha predominado en Montevideo en las dos últimas décadas fue el segundo de estos movimientos, bien ejemplificado en el notable crecimiento de los asentamientos irregulares.
—¿No ha existido desde siempre una tendencia de convergencia de las familias con escasos recursos a residir en los vecindarios más pobres de Montevideo?
—Si, es cierto que siempre ha habido esa tendencia. Sin embargo, en la comparación con otras ciudades de la región, Montevideo siempre se caracterizó por la presencia de dos tipos de barrios que tenían un peso relativo mucho mayor que en otras ciudades. Por un lado, los barrios populares heterogéneos, en los que pequeños comerciantes, talleristas, microempresarios industriales y distintos tipos de servicios convivían con trabajadores manuales de escasa calificación que se desempeñaban en distintos sectores. Por otro, los barrios con altas concentraciones obreras que se localizaban generalmente en las proximidades del lugar de trabajo. En este último caso, la homogeneidad social era bastante alta, pero había un factor que los diferenciaba con claridad de las experiencias recientes de vecindarios pobres: tanto en los barrios obreros como en los populares heterogéneos, los trabajadores tenían un vínculo fuerte, estable y protegido con el mercado laboral.
—¿Cuáles son las características más relevantes de la segregación residencial en Montevideo?
—En la actual segregación espacial se combinan dos características que a nuestro juicio son las más relevantes. Una es la concentración territorial de hogares en los que predominan personas cuyas calificaciones están por debajo de las que hoy día se requieren para obtener un "trabajo decente" y cuyas esperanzas de mejorar las condiciones de vida de sus familias en base al propio esfuerzo se están apagando. La otra particularidad es un aumento de la segmentación en los servicios educativos, de salud, de seguridad, de transporte, etc., que potencia el impacto de la segregación espacial en el aislamiento social de los habitantes de esos vecindarios.
—¿Por qué se considera que la formación de barrios homogéneos es un fenómeno negativo cuando existe ese tipo de vecindarios en muchas ciudades con un buen nivel de convivencia social?
—Me parece conveniente aclarar que la segmentación espacial en sí misma no constituye necesariamente un problema social. Los miembros de comunidades étnicas pueden preferir vivir cerca unos de otros y ello incluso puede enriquecer la vida de una ciudad. En la medida que predominen valores pluralistas en lo cultural y haya una percepción compartida de que es bueno mantener nichos territoriales donde se cultivan y maduran productos culturales diversos, una situación de ese tipo puede ser beneficiosa y disfrutable para todos. Nueva York es quizás un buen ejemplo de este tipo de morfología urbana. Pero por segregación entendemos otra cosa. En primer lugar, los problemas se plantean cuando existen barreras para la entrada y salida de esos barrios, tanto en un extremo como en el otro, y hay una voluntad deliberada de mantener esas barreras, como en el caso de los condominios cerrados o en las zonas rojas de la ciudad en donde no se puede entrar o, si lo dejan entrar, tiene que pagar alguna forma de peaje. En segundo lugar, a diferencia del caso de las ciudades en las que se amalgaman culturas diferentes, las actuales concentraciones en los barrios pobres no son el resultado de la suma de comportamientos electivos.
—¿Cuándo surgen los problemas más graves con la segregación residencial?
—Los problemas se agravan cuando van acompañados, como en la actualidad, por una crisis del mundo del trabajo, que afecta principalmente a los pobres porque son los menos calificados. Dicha crisis va acompañada por un proceso de segmentación creciente de los servicios básicos que hace que desaparezcan los lugares posibles de encuentro entre niños, adolescentes, jóvenes y adultos de las distintas clases, ya sea la escuela, el hospital, el transporte colectivo, los lugares de esparcimiento de los adolescentes y jóvenes, las calles y, en general, los ámbitos públicos. En otras palabras, los procesos de segregación residencial se agravan cuando los espacios urbanos de los pobres se convierten en bolsones de desesperanza, aislados de los circuitos principales de la sociedad.
Desempleo
—¿Se puede decir que hay una concentración territorial del desempleo?
—Efectivamente, hemos elaborado estimaciones de las tasas de desempleo que nos permiten comparar las tasas de desempleo en los barrios más deprimidos de Montevideo con las de otras zonas y todo parece indicar una creciente concentración en los primeros, no sólo de los problemas asociados a la falta de trabajo, sino también de aquellos que se vinculan con la inestabilidad y la precariedad laboral. Esta asociación entre territorio y empleo podría entenderse simplemente como el resultado de que, en un mercado inmobiliario que funciona sin subsidios, los que tienen más problemas de empleo se irán localizando en los terrenos más baratos o en aquellos que pueden ocupar con poco riesgo de que los expulsen. Nadie duda que esto es así. Nuestros estudios sugieren, sin embargo, que una vez instalados en los barrios con altas densidades de carencias el mismo hecho de habitar allí crea obstáculos adicionales en la relación de los residentes con el mercado laboral.
—¿Qué efectos tiene la segregación espacial en el acceso al mercado laboral?
—Se puede afirmar que, en las grandes ciudades de la región, el estudio de los mecanismos que relacionan las características de un vecindario con aquellos hábitos, expectativas y comportamientos de sus residentes que tienen incidencia en sus relaciones con el mundo del trabajo todavía está en pañales. Pero algunos de esos mecanismos resultan fácilmente observables como, por ejemplo, en el transporte, ya que la mayoría de los asentamientos irregulares están situados en la periferia de la ciudad. Si partimos del supuesto que gran parte de las pocas oportunidades abiertas a personas con bajas calificaciones se encuentran en el sector de servicios personales y que la demanda por esos servicios se concentra en los barrios con una población de ingresos altos, podemos concluir que para los pobres el aumento de la segregación espacial entre las clases tiene importantes implicaciones en tiempo y en dinero. Incluso en aquellos mercados sectoriales de empleo, como la construcción, donde es usual que los que ofrecen su mano de obra se presenten en los lugares de trabajo, la misma búsqueda de empleo puede tener costos difíciles de afrontar.
—¿Qué representa vivir en un barrio marginal para una persona que busca empleo?
—Un segundo factor que relaciona la segregación residencial con el empleo se deriva del hecho que cuanto más homogéneamente pobre es un barrio, menor es la frecuencia de personas que pueden proporcionar información y contactos útiles para la obtención de empleos. Otro factor sin duda muy importante, y cuyos efectos ya han tenido eco en los medios de comunicación de Montevideo, es el estigma que suele asociarse a la residencia en zonas con alta densidad de precariedades y en las que, al menos a los ojos de los de afuera, proliferan los "malos hábitos". Es sabido que muchos empleadores utilizan el dato sobre el lugar de residencia de los postulantes a un trabajo como un criterio importante para aceptarlos o rechazarlos, con independencia de sus méritos.
—¿Qué oportunidades laborales pueden generarse en un típico asentamiento irregular?
—En los viejos barrios populares montevideanos, los muchachos tenían la posibilidad de emplearse como dependientes de un comercio, como aprendices en un taller o como ayudantes en una microempresa de servicios. Las visitas y los estudios realizados en los asentamientos de Montevideo muestran que en esos barrios esas oportunidades son mínimas. No es que no haya emprendimientos económicos allí instalados, sino que los escasos que existen no operan como fuentes de empleo extra familiares. Estos viven al día, con un capital insignificante y empleando una mano de obra estrictamente familiar. Una de las implicaciones de esta situación es que, a diferencia de lo que ocurre en los barrios heterogéneos o con una mayoría de residentes con trabajos estables y protegidos, la formación de redes primarias entre vecinos se ve privada del estímulo que opera cuando esas redes sirven para facilitar el acceso de los jóvenes a las primeras experiencias de trabajo.
—¿Cómo afecta la inseguridad que existe en los barrios marginales al vecino que cuenta o procura tener un empleo formal?
—Debido a la delincuencia, a la droga y al progresivo avance de un tipo de sociabilidad violenta, muchos de los asentamientos muestran una clara ruptura en los patrones de convivencia entre los vecinos. La inseguridad congela recursos de los hogares. En lugar de volcarlos al trabajo remunerado, los vecinos se ven forzados a asignarlos al cuidado de las casas que no pueden dejar solas o al cuidado de los niños a los que perciben como expuestos a toda suerte de peligros. El temor también limita las ocupaciones a las que se puede acceder, dado que determinadas actividades son evitadas porque exigen regresar a los hogares en horas que los residentes consideran peligrosas.
Desafiliación social
—¿Cómo se explica entonces que, a pesar de todo ese entorno negativo, un sector considerable de la población mantenga la disciplina del trabajo en esos vecindarios?
—Las características de los vecindarios con altas concentraciones de pobreza que inciden sobre la relación que establecen sus residentes con el mundo del trabajo no se agotan en los aspectos objetivos que mencioné. Hay también aspectos subjetivos sumamente importantes. El reconocimiento de esas subjetividades ayuda a entender por qué ante escenarios similares de demanda a algunas personas les va mejor que a otras de la misma edad y calificación, en lo que hace a conseguir un trabajo, a mantenerlo e incluso a prosperar en ese trabajo. Esos éxitos y esos fracasos tienen que ver con la incorporación de hábitos, expectativas y disciplinas, con el desarrollo de las motivaciones apropiadas, así como con la fortaleza de las convicciones en cuanto a que para alcanzar logros en la vida hay que ser persistente en la inversión de esfuerzos y dedicación al trabajo.
—¿Cómo puede incidir el barrio en el desarrollo de motivaciones apropiadas?
—La composición social de un vecindario tiene mucho que ver con la formación de esos contenidos mentales. Por un lado, la predisposición al trabajo será mayor cuanto mayor sea la importancia que a ello les den las personas de su entorno, quienes pueden operar como modelos de rol convencionales, es decir, personas que a través de trabajos estables alcanzan condiciones dignas de vida. Obviamente, en esa predisposición también puede incidir, pero en sentido opuesto, la presencia de modelos de rol no convencionales; esto es, de personas que alcanzan éxitos económicos a través de actividades ilegales, como el tráfico de drogas, el contrabando o la delincuencia, o de personas que logran sobrevivir con vínculos esporádicos con el trabajo, ya sea porque apelan a distintas instancias de solidaridad, y/o logran maximizar el aprovechamiento de subsidios públicos, y/o les resulta posible eludir el pago de los bienes (por ejemplo, el terreno) o servicios públicos (por ejemplo, el agua y la electricidad) que utilizan. En definitiva, de lo que se trata es si el patrón normativo que prevalece en un vecindario promueve el desarrollo de una cultura del trabajo, o lo debilita, ya sea porque desalienta la búsqueda de empleo o porque reduce la significación económica de su mantenimiento. En este sentido, cada vecindario pobre puede ser concebido como un contexto en el que entran en pugna por lo menos tres fuerzas: los que resisten la desafiliación a la sociedad global y persisten en el respeto a las vías convencionales para alcanzar condiciones de vida dignas; los que sin esperanzas en alcanzar esa meta a través del trabajo "tiraron la esponja" y tratan de sobrevivir como pueden; y finalmente, los que renuncian a las vías convencionales, pero no a las metas, y buscan alcanzarlas a través de vías innovadoras, incluyendo entre ellas las no legales. El punto que hacemos en el documento es que los actuales procesos de segregación residencial junto con la creciente fragilidad de los vínculos de los menos calificados con el mercado laboral, favorece que el fiel de la balanza en esa pugna, subyacente en cualquier barrio pobre, se incline hacia los dos últimos grupos, y debilite la posición de los que resisten la desafiliación.
—¿Cuáles pueden ser las consecuencias para la ciudad si se acentúan las tendencias hacia la concentración territorial de las personas con vínculos débiles con el mercado de trabajo?
—Si las personas que tienen problemas de inserción en los nuevos mercados de trabajo se siguen concentrando en ciertas áreas de la ciudad y si, como suponemos, esa concentración realimenta sus problemas de empleo, estaríamos en presencia de procesos que, de no ser frenados a tiempo y de manera efectiva, inevitablemente van a seguir ampliando las fracturas y las desigualdades en la sociedad montevideana. Cualquier política dirigida a mejorar la salud del tejido social de la ciudad debería desactivar esta relación perversa entre territorio y trabajo.
—¿Qué se puede hacer para evitar o reducir los efectos negativos de los procesos de segregación residencial sobre las posibilidades de empleo de los trabajadores menos calificados?
—Si bien las intervenciones pueden ir dirigidas a uno u otro elemento de esta ecuación, hay poca duda que lo más importante es la creación de oportunidades de empleo. La generación de empleo es la forma más eficaz de reducir la vulnerabilidad a la pobreza y a la exclusión social. Recordemos que el trabajo tiene implicaciones tanto sobre la riqueza de las naciones como sobre el bienestar y la integración social de sus ciudadanos, como vía insustituible para alcanzar un lugar en la sociedad, para construir identidades y sentimientos de pertenencia y reconocimiento social. Es muy posible que demandas de empleo lo suficientemente intensas puedan neutralizar los mecanismos que mencioné anteriormente, devolviendo a los que las perdieron —y generando entre los que nunca la tuvieron— mayores esperanzas con respecto a que sus condiciones de vida mejorarán como resultado de su propio esfuerzo. A su vez, lo que parece seguro es que las señales positivas de empleo tienen incidencia clara en la pugna que se da en cada barrio pobre por definir el contenido de los patrones que regulan la convivencia entre los vecinos, en la medida que apuntala la posición de los que resisten la desafiliación de la sociedad y debilita la posición de los desalentados y rebeldes.
Asentamientos irregulares
—¿Existen más factores negativos en los actuales asentamientos irregulares que en los "cantegriles" que se iniciaron a mediados del siglo XX?
—Sin duda. La mayor parte de la población de los "cantegriles" provenía del Interior atraída por las oportunidades de mejoramiento en las condiciones de vida que ofrecía la capital, mientras que la mayoría de los residentes de los asentamientos irregulares son expulsados de la ciudad. En otras palabras, mientras los movimientos de migración interna enfrentaron un contexto general de crecimiento y expansión del Estado, los segundos se dieron en un contexto de estancamiento y de movilidad descendente.
Medidas para reforzar los vínculos de los barrios pobres con el mercado laboral
—¿Qué es lo que se puede hacer con respecto a la segregación residencial de los pobres?
—Las intervenciones para reducir esa segregación pueden plantearse metas diversas: revertir los procesos, por ejemplo, procurando encontrar formas que permitan el traslado de familias de la periferia a zonas formalizadas de la ciudad; tratar que la segregación no se agudice con políticas demográficas que ayuden a las familias de esas zonas a ajustar el número de hijos a la reproducción deseada; prevenir los procesos de segregación espacial, desactivándolos antes que se desencadenen. También se puede utilizar la información disponible sobre los mecanismos a través de los cuales se manifiestan los efectos malignos de la segregación territorial de los pobres, para intentar desactivarlos.
El primer tipo de intervención es difícil y costoso y puede considerarse entre las áreas duras de la política social. El segundo tipo es posible, especialmente a través de intervenciones intensas de transmisión de información y educación sobre el control del embarazo. Las intervenciones del tercer tipo son aparentemente las más plausibles porque, por un lado, cuentan con la información ya existente con respecto a los altos costos sociales de la concentración territorial de hogares con altas carencias y, por otro, no deben enfrentar las resistencias que se van generando en el resto de la sociedad capitalina en contra de las poblaciones que residen en las zonas peligrosas.
—¿Cómo se podrían desactivar los mecanismos que en los barrios marginados debilitan los vínculos con el mercado de trabajo?
—De acuerdo con el enfoque como el que exploramos en nuestra investigación, es muy probable que, aunque inicialmente aparezca alejada del mercado de trabajo, toda iniciativa que refuerce la capacidad de los vecinos para controlar sus espacios públicos tenga réditos positivos con respecto al mejoramiento del mercado laboral. El logro de un tono de sociabilidad en el que impere la confianza entre los vecinos puede ayudar mucho a revitalizar la convivencia y generar un ambiente adecuado para descongelar recursos de los hogares y estimular emprendimientos económicos y sociales que no prosperan en un ambiente de inseguridad.
Independientemente de su relación con la inseguridad, los costos de transporte tienen una incidencia directa no sólo sobre las posibilidades de los jóvenes de acumular recursos humanos, sino sobre la búsqueda de empleo y la posibilidad de mantenerlo. Quizás deba explorarse la conveniencia de subsidiar las empresas de transporte que atiendan las áreas donde se concentran los hogares con fuertes carencias.
Los estigmas que llevan a algunos empresarios a rechazar a trabajadores por el lugar de residencia son sin duda muy difíciles de neutralizar y, en el mejor de los casos, ello ocurrirá de manera muy lenta. Lo que hay que evitar es que se formen. Cuando ya están instalados habrá que publicitar fuertemente cualquier logro en materia de seguridad que mejore la imagen del barrio en el resto de la sociedad.
En cuanto a la generación de oportunidades laborales dentro de los mismos vecindarios segregados, las iniciativas de apoyo a microemprendimientos o el manejo de exenciones que faciliten la instalación de empresas en las zonas, deberán ser paralelas a las intervenciones que procuran "pacificar el territorio", de modo que los avances hacia una y otra meta se refuercen mutuamente.