La estrategia oficial es ganar tiempo

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Economía & mercado

Desde que comenzó 2011, la pelea entre los distintos sectores de la sociedad para mejorar los ingresos en un contexto inflacionario, va cobrando intensidad.

A pesar de ello, la Presidenta argentina, Cristina Kirchner, a su manera, eligió hablar de "dispersión, distorsión y aprovechamiento" para darle tinte político a lo que está pasando con los precios: suben con prisa y sin pausa. Parecería ser que uno de los tantos estigmas que tendrá Argentina el año que acaba de iniciarse es que todo se politizará.

Más allá del descrédito de las estadísticas oficiales de precios, el aumento de los alimentos no resiste discusión. No sólo la carne subió 60% o el pollo 58%, los servicios (con excepción de luz, gas y transporte en el área metropolitana) como alquileres, expensas, colegios, prepagas tuvieron, en todos los casos, alzas compatibles con el ritmo inflacionario de 20/25% real, que se va consolidando como aumento promedio anual, transformando de esta manera a Argentina en uno de los países con mayor inflación en el mundo.

El contexto también va definiendo la táctica oficial de ganar tiempo hasta después de las elecciones de octubre y tratar de barrer bajo la alfombra algunos de los desequilibrios económicos que van surgiendo.

La lluvia trajo alguna tranquilidad para la producción de soja y maíz y, además, los precios de esos productos subieron en el mercado internacional. El año agrícola se proyecta bueno y el gobierno ya saca cuenta del dinero que recaudará por las retenciones a las exportaciones y de los dólares que entrarán al Banco Central. Con esa plata apostará a tener quieto al dólar y ganar las pulseadas cambiarias que puedan ir llegando a medida que se acerque el fin de año. Pero no cabe duda que la tensión entre el campo y el gobierno continuará, porque las políticas oficiales garantizan tener en estado de crispación permanente a la dirigencia rural: persecución a empresas con el argumento del trabajo esclavo, prohibiciones para exportar, acuerdos espúreos entre molinería, cerealeras y gobierno para pagarle menos a los productores de trigo, etc.

Es obvio que la ecuación de inflación de 20/25% y dólar subiendo 5% no durará para siempre. Argentina tiene demasiada experiencia acerca de la insostenibilidad de estas políticas, varias veces llevadas a cabo por distintos gobiernos en el pasado. Sin embargo, no se prevén explosiones este año. Y es más, muy probablemente el que gane las elecciones en octubre de 2011, inicialmente hará las menores olas posibles con el tema cambiario, a sabiendas de lo complicado que es lidiar con este tema en un país con pasado hiperinflacionario como el nuestro.

En este sentido, es importante remarcar que Argentina de los últimos años fue encontrando la forma de conseguir dólares, pero aún no la de retenerlos. El año pasado, a pesar de la recuperación y de haber dejado atrás la caída de 2009, la salida de capitales llegó a US$ 11.000 millones. El ritmo de salida de capitales se redujo, pero con excepción de 2005 con el canje de la deuda, la fuga de divisas se constituyó en un denominador común infranqueable que ha impedido crecer mucho más todavía y que genera dudas hacia el mediano plazo de la performance macro de la economía. Si en medio de una bonanza internacional como la que se vive hoy, la fuga de capitales de Argentina no baja de 2,5% del PIB ¿a cuánto llegará el día que Estados Unidos suba la tasa de interés?

La solución para ese problema, que sería tener políticas económicas más razonables y menos reñidas contra el sentido común, se posterga. Políticas como las que se aplican en Uruguay, en Chile, en Brasil, todos países limítrofes, hermanos nuestros y por si fuera poco todos miembros del Mercosur. Pero lamentablemente todo indica que, de intentarse un cambio, sería el de tratar de evitar que se note la irracionalidad de nuestras políticas, sin encarar un ataque a las causas que generan el permanente drenaje de divisas. Es absurdo que un país de ingresos medios como Argentina esté ahorrando para darle crédito al resto del mundo. Pero por acá todo es posible, aún hasta que Guillermo Moreno, Secretario de Comercio Interior, sea un funcionario de altísimo rango del gobierno de Cristina Kirchner al cual nadie puede tocar, so pena de sufrir el escarnio público.

¿Tan difícil es tener una Dilma Rousseff en Argentina? La flamante presidenta de Brasil anunció este mismo mes un recorte del gasto público de US$ 30.000 millones. Dijo que lo hará sin afectar los fondos destinados a planes sociales, y con el objetivo de ponerle un freno a la inflación, que en Brasil es de... 5,9% anual. Evidentemente algunos políticos después de ganar elecciones encaran soluciones de fondo para problemas importantes, en vez de ocultarlos como hacen las autoridades argentinas.

Por ejemplo, el apriete oficial a las consultoras privadas que calculan la inflación es un ejemplo de cómo fustigar las consecuencias de las políticas oficiales a favor del aumento sistemático de los precios sin ir al fondo de un problema (descontrol fiscal, demandas de salarios desmedidas, emisión monetaria récord y cierre de la economía a la competencia importada para proteger a "sectores sensibles"), que está en el segundo lugar entre las preocupaciones de la gente luego de la inseguridad. No habría que descartar que los votos que el oficialismo kirchnerista argentino gane con el fuerte crecimiento de la economía en 2011, sean perdidos a manos de la tasa de inflación, casi récord mundial que sus políticas causan.

Del mismo modo, ante el fuerte aumento de las importaciones, se presiona a los empresarios para que no compren fuera de Argentina, por más conflictos comerciales que se generen y además se frenan los productos en la Aduana, impidiéndoles su ingreso al territorio, a pesar de que la mayoría de la mercadería parada ya esté paga por los sufridos consumidores argentinos. Claro, debe razonar el gobierno de Cristina Kirchner, las importaciones congeladas en la Aduana son de oligarcas que no consumen los productos que fabrican los empresarios nacionales y jamás nos votarían a nosotros de todas maneras, pero mucho menos después de algo tan absurdo como impedir el ingreso al país de mercadería ya pagada previamente.

La idea es ir ganando tiempo para llegar a octubre.

En lo que sí el gobierno tiene apuro es en definir una pauta de aumento salarial. El deseo oficial sería un alza promedio de menos de 25% y definida el mes que viene. El objetivo no es fácil de alcanzar. Ya varios gremios adelantaron no estar dispuestas a escuchar menos del 30%. Encima, el jefe de la CGT -que en otros tiempos actuó como un dique de contención- ahora, que no parece en condiciones de ganarse más enemigos, dice que los aumentos deben fijarse de acuerdo a la realidad de cada rama de actividad.

Pero el sindicalismo mira la historia reciente. El índice de salarios promedio subió 22% el año pasado, llegando a 25% para los trabajadores en blanco. Con esa base, en un año electoral y los pronósticos de inflación existentes, se entiende por qué el gobierno quiere cerrar rápido las negociaciones. Aunque por otro lado, por más que las paritarias terminen pronto, si en el segundo semestre la inflación llegara a acelerarse y dada la proximidad de las elecciones, la Casa Rosada, mal que le pese, tendría que abrir negociaciones salariales otra vez.

La economía y la inflación van a paso rápido, el rumbo no es el adecuado pero todavía las "insostenibilidades" -presión impositiva del primer mundo con déficit fiscal y con servicios públicos del África Subsahariana, tasa de inflación en dólares del 20% anual- del programa no van a emerger. Las tasas de interés en el mundo siguen extremadamente bajas (aunque subiendo) y la demanda de alimentos (clave para el ingreso nacional de la Argentina) sigue firme. De todas maneras, al programa económico que tenemos, hay que seguir mirándolo con cuatro ojos y más en un año electoral.

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